Lágrimas negras

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(RELATO CORTO RELACIONADO CON LA SAGA LICOS)

<<Dejó caer el cuerpo rendido sobre el sillón. No le quedaban fuerzas ni ánimo para hacer nada más que refugiarse en su pena, su dolor y su vergüenza. Ya había empleado demasiadas noches devanándose los sesos, tratando de saber si había hecho lo correcto. Si el dar crédito a las palabras de sus más allegados, en el cuidado del resto de la manada, había sido lo mejor. Demasiadas noches, pensando posibles caminos alternativos al que tomó, y sus correspondientes consecuencias. Demasiadas noches, repitiéndose a sí mismo que aquella decisión, la que había tomado justamente un año atrás, había sido la mejor para la mayoría. ¿Pero en qué situación le dejaba a él? Como Alfa, no había podido hacer otra cosa. Y a aquellas alturas, un año después, aún no era capaz de mirar a Erinia a los ojos.
Erinia.
La había visto crecer y convertirse en una bellísima mujer. Una hembra por la que muchos hubieran dado todo lo que tenían en el mundo. Incluido él mismo.
Había reído y compartido con ella momentos que siempre atesoraría. Con ella, podía permanecer en silencio y decir todo sin mediar palabra. Podía perderse en su mirada lánguida por toda la eternidad, sin pensar un sólo segundo que estaba desperdiciando el tiempo. Podía maravillarse, una y otra vez, admirando su sonrisa, la misma que animaba su interior, su vida, su alma y toda su existencia. Con ella había aprendido lo que era amar. ¡Maldito fuera el destino! ¡Y maldito también él por lo que hizo!
Una y otra vez, la misma imagen se repetía en su mente, como un film de bajo presupuesto, ajado y envejecido.
La noche, azotada por un fuerte vendaval, y el mismo cielo que ahora reinaba, habían sido testigos de lo ocurrido.
El aire, se arremolinaba en su largo cabello negro, consiguiendo que éste fustigara su rostro y le entorpeciera el avance, como si de aquella forma, el mismísimo destino quisiera retrasar lo inevitable. La linde del bosque, donde unos metros más allá, se encontraba la población más cercana, se le antojó como el borde del precipicio en el que estaba a punto de trastabillar. Encontró a Saur en el lugar donde le dijeron que estaría. Hasta el momento en que sus ojos se posaron sobre él, había ido diciéndose a sí mismo que no podía ser verdad, que aquel joven Híbrido no había estado jugando con dos barajas.
Su manada se lo había dado todo, le había proporcionado a él, y a su hermana Erinia, una vida llena de comodidades, y verle reunido con aquellos cazadores, confirmando así, las acusaciones que sus licos de confianza habían vertido sobre él, era lo último que hubiese deseado presenciar. Pero los hechos no admitían excusas.
Esperó hasta que los cazadores desaparecieron y él comenzaba a regresar a su hogar para advertirle de su presencia.
-¿Por qué Saur?
-¡Vael! –lo saludó con una nerviosa sonrisa-. ¿Cuánto llevas ahí?
-El suficiente para ver cómo traicionas a la manada –ni siquiera tuvo la decencia de negarlo-. ¿Por qué lo haces? ¿Acaso no has recibido todo aquello que un hombre anhela? ¿No se te ha proporcionado todo cuanto deseabas?
El hermoso rostro de Saur cambió por completo. En pocos segundos, los rasgos aniñados fueron borrados y machacados por otra expresión que gritaba a los cuatro vientos su verdadero carácter. Vael sorprendido ante la ira que reflejaban sus ojos, dio un paso atrás inconscientemente.
-¿Y qué hay de una vida normal? –exclamó-. ¡Desde el momento en que nos llevasteis con los tuyos, nos privasteis de una vida normal! ¡No nos preguntasteis que queríamos, si deseábamos esto o no!
-Erais Híbridos. Dos Híbridos huérfanos. Hubierais muerto de no ser por nosotros –trató de hacerle comprender.
-¿Y si no hubiera sido así? ¿Y si hubiéramos podido salir adelante? Pero no. Vuestra prepotencia es tan grande que ni siquiera nos otorgasteis el beneficio de la duda. No nos dejasteis elegir.
-¡Podéis elegir! Tanto tú como Erinia, podéis elegir el camino que queráis tomar: seguir siendo humanos o la transformación completa, y lo sabes.
-¿Y qué tipo de vida podemos tener si elegimos seguir siendo humanos? ¿La misma que hemos llevado hasta ahora? ¿Rodeados de licos por todas partes? ¿No pudiendo relacionarnos con el resto del mundo, por vuestro miedo infinito a ser descubiertos?
-¡Conoces las reglas Saur! ¡Yo mismo te las enseñé!
-¡Desde luego que las conozco! Y por eso, porque tengo ese conocimiento, he tenido que hacerlo.
-¡Por todos los dioses! ¿Qué has hecho?
El traidor clavo los ojos en el suelo, como si buscara eludir la respuesta.
-¡Saur! –le agarró por los hombros y lo zarandeó hasta que éste le miró. Sus ojos desprendían un desdén y un odio como sólo había visto entre los Infectados.
-Solucionar el problema –anunció con convicción-. La mejor forma de acabar con un problema es atacar su raíz, erradicar lo que lo produce, así que eso es lo que he hecho.
Vael sintió como la energía que animaba a la bestia se extendía con velocidad, y la sed de venganza y sangre se adueñaba de todo su ser. Saur también notó como los ojos de su mentor, antes de un delicado azul, cambiaban el tono para tornarse del color del mar embravecido.
Lo sujetó por las solapas de su abrigo y consiguió elevarlo un palmo por encima del suelo.
-No me das miedo Vael. ¡Adelante! ¡Transfórmate! ¡Mátame si es tu deseo! Pero eso no impedirá que se produzca lo que ya está en marcha. Todos moriréis. ¡Todos!
La frialdad que mostraba Saur frente a su muerte inminente, consiguió que el raciocinio imperara en Vael, y éste pudiera controlarse. Soltando a su presa, le miró de nuevo con ojos humanos, tratado de escudriñar en su interior, intentando vislumbrar hasta que punto la locura había hecho mella en aquel joven, al que hasta hacía muy poco, había querido como su propio hijo.
-Márchate Saur. Vete. No te quiero ver en la manada. Lárgate, y trata de vivir esa vida que tanto deseas y por la que estas dispuesto incluso a matar inocentes –le dijo antes de girar sobre sus talones y comenzar a caminar. Tenía que advertir a todos antes de que ocurriera la catástrofe.
Sólo había avanzado unos pasos, cuando sintió como el frío acero se clavaba en su espalda, a la altura de su corazón, peligrosamente cerca. El dolor le atravesó, nublándole el sentido por completo y dejando el paso libre al animal que lucharía por su vida hasta el último aliento.
Sus huesos comenzaron a crujir mientras cambiaban su forma, las rodillas invirtieron el ángulo, y las piernas desarrollaron una musculatura sobrenatural, destrozando a su paso el tejido que las cubría. El torso, se ensanchó y las costillas se hicieron evidentes bajo la piel. Los largos y hermosos dedos fueron reemplazados por mortales garras afiladas, y el bello rostro del hombre, aquel al que su hermana se había referido en varias ocasiones como el de un querubín maldito, se deformó por completo para pasar a mostrar las terribles fauces de una gran bestia negra.
Con un veloz movimiento e ignorando por completo la herida infringida, el monstruo en el que se había convertido Vael, lanzó un certero zarpazo que envió a su agresor tres metros hacia atrás, haciéndolo impactar fuertemente contra el tronco de un árbol, y produciendo un sonido que le heló la sangre. Como la cáscara de una nuez al romperse.
Sólo entonces, su parte humana pareció reaccionar y tomar el control de sus acciones. Se acercó al cuerpo inerte del muchacho, buscando nerviosamente una señal que le indicara que aún vivía. Un reguero de sangre procedente de la parte posterior de su cabeza comenzó a dibujar un oscuro e intrincado diseño, uniéndose con otros que aparecieron un segundo después.
La angustia comenzó a formar un gran nudo en la garganta de Vael y sus zarpas de lobo comenzaron a temblar, mientras su cuerpo volvía a adoptar la forma humana.
-Saur, ¿puedes oírme? –intentó-. ¡Saur!
Arrodillado a su lado, ni siquiera sintió en su piel desnuda el intenso y cortante frío de la noche invernal. Su mente, completamente anulada, no era capaz de asimilar un simple pensamiento y sentía como su alma se rompía en mil pedazos.
Había matado a Saur.
Y con él, había perdido el poco respeto que sentía por sí mismo.
Después de aquello, su existencia jamás volvió a ser la misma, probablemente porque, ni siquiera él mismo lo era. Aquella fatídica noche lo había cambiado todo.
Seguía siendo el Alfa, el líder de la manada, después de haber combatido con la horda de cazadores que Saur había enviado, y con los pequeños grupos que aún seguían apareciendo, ninguno de los licos puso impedimento alguno en que siguiera ostentando el puesto.
Vael, dejó el sillón sobre el que se había desplomado, caminó despacio hasta donde las cortinas seguían con su extraño y rítmico baile, para sujetarlas y salir al exterior.
Aquella noche, hacía un año, había sellado por completo la posibilidad de una vida diferente, de una vida acompañado de Erinia.
Quizá de ella había sido la idea, de que precisamente esa noche, fuera la elegida para celebrar la ceremonia que uniría las dos almas con las que había nacido, para fundirlas, y así convertirse en una de ellos finalmente.
Según marcaba la tradición, él debía estar presente, y Dios sabía que era una prueba por la que hubiera vendido su alma para no tener que enfrentarla.
Jamás nadie se había atrevido a llamarlo cobarde. Y realmente jamás lo había sido, pero con ella, todo cambiaba. Con ella todo se complicaba hasta el punto de hacerlo insoportable.
Apoyado en la balaustrada, dejó vagar sus ojos sobre las tierras que se extendía frente a él. Desde allí, podía ver la entrada de la cueva donde, con toda seguridad, se encontraba toda la manada reunida para ser partícipes del grandioso evento.
-¿Qué demonios estás haciendo ahí? –le habló Zoltan desde abajo-. Vamos, deberías estar presente, y lo sabes.
-Lo siento pero no puedo, no esta vez. El Consejo lo comprenderá.
-Por supuesto que el Consejo lo comprenderá pero, ¿y Erinia? ¿Lo comprenderá ella?
-Ella mejor que nadie.
-Vael, ¿hasta cuando te culparás por la muerte de Saur? Ese perro lo merecía, y además, fue un accidente.
-Eso lo dices porque no estabas presente, te aseguro que mi otro lado sabía perfectamente lo que hacía.
-Sabes tan bien como yo, que hay momentos en los que el instinto de supervivencia es demasiado fuerte como para controlar a la bestia. Ni aún con el amuleto puede hacerse. Deja ya de atormentante.
-No puedo, Zoltan. No hoy.
-Eres tan tozudo como ella.
-Ve tú viejo amigo, asegúrate de que todo se realiza correctamente. Confío en ti.
Zoltan le saludó con un ademán, y desapareció en la oscuridad. Le hubiera gustado decirle, que también se llevara con él, una parte de su corazón para ofrecérselo a Erinia como ofrenda a su nueva vida, pero ella nunca lo hubiera aceptado. Jamás le perdonaría la muerte de su hermano.
De nuevo la insoportable soledad le atravesó como un puñal candente. Pero debía acostumbrarse. Debía aceptar que siempre sería así, por toda su existencia, hasta que la muerte se apiadara de él y lo enviara de cabeza al infierno.
Mientras tanto, viviría recordando los buenos momentos que había pasado con ella. Tiempos en los que nada importaba, sólo ellos dos.
Erinia junto a él en aquel remanso del río, donde la luna fue testigo de su entrega. Donde, dejando de lado cualquier otro pensamiento, sus mentes sólo eran capaces de pensar en el otro, y sus almas únicamente anhelaban unirse. Donde cualquier medio de medir el tiempo quedó inútil e inservible, porque sólo el rítmico latir de sus corazones marcó su paso. Donde su dulce timidez aún la hacía más hermosa.>>

En este punto, el narrador clavó sus ojos en su esposa, con una promesa prendida en ellos. Ésta, atenta a la historia, y absorta en las dulces sensaciones que siempre le producía la voz de su amado, le devolvió el gesto con una sonrisa cómplice.

<<Trató de cubrirse, pero los ojos de Vael ya había caído en el pecado mortal de mirarla, y se negaban a tener en cuenta nada más. Su cuerpo había reaccionado al instante, deseándola, preguntándose cómo sería recoger con sus labios, cada una de las pequeñas y líquidas piedras preciosas. Ardiendo en su interior por la necesidad de tocarla, de acariciar cada una de aquellas deliciosas curvas. De hacerla suya, para siempre.
Durante varios minutos no ocurrió nada más, el mundo se paró por completo mientras se miraban, absortos el uno en el otro, con los ojos trabados en medio del camino que los separaba.
Intentó hablar, hacerle saber cuanto sentía, lo que estaba sufriendo, pero de sus labios sólo escapó un jadeo, el murmullo ininteligible de su tormento.
-Vael.
Erinia pronunció su nombre y fue su perdición. Aquellas cuatro letras fueron el único hechizo necesario para romper por completo su inmovilidad, ya no pudo contenerse y avanzó hasta ella.
Rememoró el sabor de sus labios y el suave tacto de su piel. Cómo la luz de la luna incidía en todo su cuerpo, haciéndola parecer a sus ojos, como una diosa reverenciada en los albores de los tiempos. Recordó cómo la había abrazado, y cómo ella dejó a un lado toda prudencia y vergüenza virginal para entregarse por completo.
Hicieron el amor apasionadamente, una y otra vez hasta que la claridad del día los encontró abrazados y satisfechos, doloridos pero rebosantes de felicidad.
Lágrimas de dolor y ansiedad, resbalaron por sus mejillas al revivir todo lo sucedido. El amor encontrado yperdido. Ahora convertido en un rencor que los corroía por dentro. Dos almas gemelas que habían sido unidas para después separarlas bestialmente y que ahora, se pudrían en la oscuridad de la incomprensión más absoluta.
-Erinia… -suspiró apesadumbrado, mientras se dejaba vencer por la culpa y hundía la cabeza entre los hombros.
No supo cuanto tiempo estuvo allí, apoyado en la pétrea y fría balaustrada, tampoco importaba, sólo sería un retazo más de su vida, que quedaría olvidado, entre muchos más que estaban por venir.
-¡Alerta! ¡Cazadores!
Vael abrió los ojos para clavarlos en uno de los vigilantes del perímetro que avanzaba veloz hacia él.
Dejando de lado cualquier otro pensamiento, adoptó la forma de la bestia sin pensarlo dos veces y sin ningún esfuerzo saltó por encima del pequeño murete. En un parpadeo ya se encontraba en tierra y frente al joven iniciado, quien reconociéndolo al instante, y con los ojos muy abiertos, comenzó a explicarse atropelladamente; sin aliento.
-Cazadores. Muchos, decenas de ellos.
-¿Dónde? –le urgió tomándolo por los hombros.
-Aparecieron de la nada. Están atacando por todas partes.
-¿Y qué hay de la cueva?
-También allí.
Fue lo único que Vael necesitó saber. Dejó al muchacho sin decir nada más y se lanzó hacia el lugar con el corazón en un puño. Erinia estaba en peligro.
El bosque ardía. El resplandor del fuego le permitió seguir la trayectoria que habían realizado los cazadores, y ésta, llevaba a varios puntos del asentamiento de la manada, pero a él sólo le importaba uno de ellos.
Cualquier grito que llegaba a sus oídos, le sonaba como el último lanzado por ella. Cualquier cuerpo destrozado que encontraba en su camino, atormentaba su mente por unos instantes, hasta que reconocía los rasgos de otros. Mil veces vió morir a Erinia y mil veces más, sus sentidos desmentían la terrible visión. Sus poderosas patas tragaban metros y metros de terreno, pero aún así, parecía no llegar nunca a su destino, que en su alocada desesperación, parecía estar paradójicamente cada vez más lejos.
-¡Vael! –Lo llamó Zoltan-. Los alrededores de la cueva son un infierno. Las llamas lo están consumiendo todo.
-¿Y Erinia?
-Lo siento. No la he visto.
-Necesito saber que está a salvo.
-Allí no queda nada, sólo muerte por todas partes. No vayas.
Pero Vael, ya no le escuchaba. En su mente, sólo un pensamiento imperaba. Saber que había sido de su amada. Qué había sido de Erinia.
Cuando llegó a la entrada, la violencia de las llamas, reducían a cenizas todo lo que encontraba a su paso. Cubriéndose los ojos un instante mientras retrocedía, trató de averiguar, si tras la cortina de vivaces llamas anaranjadas podría encontrarla.
-¡Erinia! –la llamó.
Nada. Sólo el silencio dio respuesta a la llamada. Sus ojos se movían nerviosamente, con vida propia, buscando cualquier indicio que pudiera mostrarle el camino a seguir para dar con ella. Cualquier cosa, por mínima que fuera, le serviría.
La búsqueda visual tampoco dio resultado. Sentía como el corazón le martilleaba en el pecho. Su mente se resistía a encontrar un final satisfactorio, y le torturaba continuamente con imágenes en las que Erinia aparecía muerta, con el pecho destrozado, destruida su persona por completo.
-¡No! –exclamo para sí.
Girando sobre sí mismo, inició su carrera de vuelta. A lo lejos podía distinguir más llamas y algo de movimiento. En aquel punto se estaba desarrollando una batalla.
Se lanzó a toda velocidad, con la esperanza de encontrarla, de que alguno de sus licos hubiera tomado la determinación de protegerla.
Un grupo numeroso de cazadores luchaban contra varios de los suyos, aún estando éstos en desventaja numérica, su poder y su fuerza conseguían mantenerlos a raya y los hacía retroceder hacia el bosque de nuevo.
Uno de los integrantes de los luchadores se acercó a él.
-¿Has visto a Erinia?
-No Vael, lo siento. No he visto ni el más mínimo rastro de ella.
-¿Dónde empezó esto?
-En los alrededores de la cueva. Al principio eran muchísimos, varias decenas. Ahora ya no quedan tantos. Este grupo de aquí, y otro más pequeño en el lado opuesto al asentamiento. –Al oír que había otro ataque en un punto diferente su esperanza de que Erinia pudiera estar allí se avivó.
-¿Has estado allí?
-Sí, de allí vengo. Zoltan me envió.
De nuevo la desesperación. Si había estado allí, y no había visto a Erinia, probablemente es que ella hubiera tomado otro camino distinto.
No sabía que hacer, adonde dirigirse, a quién preguntar. Todo su ser ansiaba encontrarla, saberla sana y salva, pero su cerebro se negaba a encontrar una vía, una solución.
Una idea comenzó a surgir, primero como una tenue luz que va adquiriendo brillo e intensidad a medida que iba creyendo en ella.
Al inicio de todo aquello, Erinia se encontraba en la cueva realizando el rito de unión de almas, por lo que ella ahora se había transformado en un licántropo. Si la celebración se había completado con éxito, algo que esperaba en lo más profundo de su corazón, reconocería su llamada nada más oírla.
Con las fuerzas y el deseo nuevamente renovados, corrió como si su misma vida le fuera en ello, hasta alcanzar la almena de vigilancia. De dos potentes saltos se encaramó a ella, y levantando el rostro hacia la luna, aulló desesperadamente.
Inmediatamente después puso todos sus sentidos en captar cualquier respuesta, agudizó el oído como sólo los de su especie podían hacer, y olisqueó el aire tratando de encontrar en él, el mínimo aroma que pudiera traerle. Pero el viento sólo le transportó la batalla que aún se libraba bajo sus pies.>>

-¡Guau! Papi, pobre Vael ¿y Erinia le contestó? –preguntó su pequeña hija quién, sentada en la alfombra junto al hogar, picoteaba de la bandeja de dulces y se afanaba con el juego de construcciones, con el que Koram le había obsequiado.
-No me interrumpas Citlalli. ¿Quieres saber el final?
-Claro.
-Pues sigue escuchando en silencio.
-Lo siento, sigue por favor.
La pequeña, retiró un mechón de su pelo hacia atrás, y volvió a centrarse en su tarea. No sin antes compartir con su joven benefactor, y cómplice en sus travesuras, una mirada triunfadora que decía a las claras, que sabía del malestar que la interrupción produciría a su padre, incluso antes de haberlo hecho.
Koram le sonrió divertido.
Lucan se aclaró la garganta, y continuó.

<<Esta vez, junto con el sonido de la lucha, el aire trajo consigo un aullido de dolor y Vael, sin pensarlo dos veces, saltó de la torreta, hacia el lugar donde se había originado.
Ráfagas de blanquecino aliento surgían de sus fauces y flotaban unos segundos a su lado, acompañando su carrera. La garganta y el pecho le ardían.
Se introdujo en el bosque y ayudándose de sus garras, apartó la maleza que le impedía seguir adelante. Varias ramas hirieron su cuerpo consiguiendo arrancar gotas de sangre. Su corazón bombeaba alocadamente, y sentía sus latidos en cada fibra de su ser. Los potentes músculos temblaban sensiblemente, por el sobreesfuerzo y la necesidad de llegar lo antes posible hasta su objetivo, a la vez que un terrible pensamiento, le acompañaba en cada zancada.
Aunque se negaba a aceptarlo, había reconocido la nota de absoluto horror en la respuesta de Erinia. Sin cesar en su avance, volvió a llamarla, esperando, deseando, que no fuera demasiado tarde para ellos.
Comenzaba a amanecer, y el cielo ya mostraba los primeros tintes dorados, que aclaraban el manto negro de la noche cerrada.
-Vael…
Ella había susurrado su nombre.
El ritmo en sus venas se aceleró aún más hasta inflamarlas por la presión. Sentía el pulso en sus sienes, y apunto de estallar todo su cuerpo.
En un pequeño claro rodeado de altos árboles, y espesos arbustos, la encontró, tirada en el húmedo suelo que embarraba el delicado vestido de encajes que había elegido para la ceremonia. Muerta, como una muñeca rota y olvidada.
Sus piernas, en un ángulo extraño, mostraban heridas sangrantes. Su rostro, aún hermoso, estaba surcado por lágrimas que habían abierto blanquecinas sendas en la fina capa de suciedad que lo cubría. Su cabello, enmarañado entre hojas y pequeños guijarros. Y su pecho abominablemente desgarrado, horadado hasta dejar ver sus entrañas.
En ese momento Vael perdió todo sentido de la realidad. Notó como si le hubieran arrancado los pocos resquicios del alma humana que le quedaban de un letal y desalmado zarpazo.
Cayó de rodillas frente a ella. Como una marioneta, sorprendida en plena ejecución de movimientos, a la que hubieran cortado los hilos, se derrumbó a sus pies, abrazándola desesperado.
Ella había susurrado su nombre con las últimas energías que su cuerpo le había otorgado.
-¡Saur! Donde quiera que estés, maldito seas por los siglos de los siglos. Tu ira y tu incomprensión, reza ahora en este claro, por siempre jamás, como la peste que pudre toda bondad –hundió su rostro en su regazo-. Perdóname mi amor. Perdóname.
El despiadado dolor ensartó su cuerpo, y alzando de nuevo su rostro hacia el ya dorado cielo, se clavó sus propias garras en el pecho, rugiendo hasta romperse la voz. Hundiéndose cada vez más en la completa locura.>>

-Aún hoy, los que habitan esas tierras cuentan que es posible ver a la pareja pasear por los bosques, cuando los primeros rayos de sol inician su andadura, acariciando las copas de los árboles. Abrazándose uno al otro, amándose en silencio –terminó.
Lucan observó el rostro de su esposa, quién con los ojos clavados en sus pies, parecía no querer salir del trance en el que el relato la había inmerso.
-¿Estas bien?
-Sí –le sonrió-. Estoy bien.
Lucan alzó sus manos hacia ella, y Manon aceptó el lugar que su esposo le ofreció junto a él. Sintió agradecida como éste le rodeaba cariñosamente con los brazos y dejó un suave beso en su mejilla.
-Ha sido un final un poco triste, papi. Que muriera Erinia no ha sido muy justo.
-El mundo no lo es, cachorrita.
-¿A quién le toca ahora? –preguntó Koram.
-Creo que a mi. Pero no sé si estaré a la altura. –Manon puso los ojos en blanco ante el reto.
-Gracias, Koram –dijo la niña, con un brillo especial en los ojos plateados como los de su progenitor, mientras aceptaba una nueva golosina.
-Citlalli, deja de comer porquerías. Ya has tenido suficientes por hoy, ¿no crees? –la regañó su madre.
-Esto de los cuentos de Halloween ha sido una gran idea –compartió Koram y dirigiéndose a la pequeña, añadió-. Jamás hubiera imaginado que tu papá fuera tan buen narrador.
-Hay muchas cosas que no sabes de mí. Entre ellas, lo que haré contigo si no dejas de ofrecer dulces a mi hija.
Manon rió a carcajadas. Adoraba las noches en las que la familia se reunía para compartir… cualquier cosa. Incluso las travesuras de su pequeña hija, con el apoyo incondicional que Koram siempre le prestaba.

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