Zhöe, la venganza

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La negrura se cernía ya sobre la tierra y sentí como mi cuerpo, aletargado durante las horas diurnas volvía a la vida, o más bien a la especie de vida que conocía desde hacía tantos siglos.
Primero abrí los ojos, distinguí, aún en la oscuridad, el fino revestimiento de seda roja, que cubría cada uno de los lados del cubículo donde descansaba habitualmente. Poco a poco, cada una de mis terminaciones nerviosas fue activándose por aquella corriente sobrenatural que animaba todos mis órganos.

Por pura costumbre, moví primero los dedos de las manos. Las largas uñas rasgaron suavemente la tela produciendo un agradable sonido. Después las muñecas, los brazos, las piernas, y por último, giré la cabeza a un lado y a otro. Noté un suave y reconfortante crujido en mis cervicales.

Antes de mover la pesada losa de hormigón que me cubría, sondeé los alrededores con la intención de detectar cualquier peligro que acechara.

Aunque mi morada se haya sobre un gran acantilado, y el hecho de detectar a cualquier otro ser es muy difícil y requiere de mucha concentración; yo lo hice sin problema alguno gracias al poder y la fuerza que me han proporcionado tantos años de existencia y algo de herencia por parte de mi madre mortal. Allí nunca ocurría nada, pero la experiencia me ha enseñado que jamás debo jugar
con el azar ni aceptar las cosas por hechas o sabidas.

Toda la zona estaba despejada, a excepción de Clair, mi ama de llaves. Mantiene en orden mi casa cuando yo no puedo hacerlo, y por lo visto, había decidido que ya era hora de volver a su propio hogar. Es una mujer entrada en años, seria, servicial y que jamás hace preguntas, una cualidad muy valiosa para alguien que, como yo, no tengo deseos de responder ninguna. Realiza su trabajo
religiosamente, muy bien retribuido por cierto, y vuelve con su familia cada anochecer.

Salí de mi lecho.

La poca iluminación del sótano era suficiente para mí. En la penumbra distinguí claramente los escalones tallados en la roca que ascendían en espiral hacia una de las habitaciones de la casa. Una habitación meramente decorativa al principio, pero que desde hace poco uso para guardar mi ropa.

Clair tiene prohibido el paso allí. Por supuesto, ella cuenta con toda mi confianza pero una cosa es ser confiada y otra muy distinta ser idiota. Subí poco a poco y de forma normal por las escaleras hasta la puerta que da acceso a esa habitación.

Sí, tengo muchísimo poder, pero la verdad es que también tengo tan asumido el papel de hacerme pasar por una simple humana, que sólo recurro a mi fuerza cuando es necesario. También tengo la costumbre de dormir desnuda, cualquier tipo de tejido que impida sentir en mi piel el suave tacto de la seda que recubre mi cubículo me molesta en exceso; así que me dirigí directamente hacia el armario para tomar alguna prenda y cubrir mi cuerpo.

Cuento ya con casi ocho siglos desde que fui Abrazada, y digo casi porque hasta el 2031 no los cumpliré. Pero bien pensado, ¿qué son veintisiete años comparados con los setecientos setenta y tres que llevo de existencia inmortal? Mi apariencia es, como desde entonces, la de una mujer de unos veinticinco años, aunque en realidad sean treinta, morena, delgada, alta y de aspecto
agradable. Apariencia que por otra parte me ha sido de gran ayuda en muchas ocasiones. Aunque en el momento en el que fui abrazada no era este precisamente el aspecto que presentaba.

Perdónenme que no me haya presentado como es debido. Mi nombre original es Zhöe, aunque en varios círculos se me conoce por el sobrenombre de Fénix, y nací a la vida en el verano de 1201.
Mi existencia, hasta que alcancé la edad de treinta años, fue como la de cualquier mujer de la clase trabajadora en la que ahora llamamos edad media. Mi madre era una sirvienta de una casa noble del territorio y yo como su única hija también me debía al señorío de las tierras.

Hasta bien cumplidos los ocho años no supe a ciencia cierta quién era mi padre. Mi madre me lo reveló una noche de invierno en la que se refugió del frío y la tristeza, calentando su sangre con una botella de licor. No es que fuera una alcohólica desde luego. Aquella fría y lluviosa noche, había llegado calada hasta los huesos a la choza que llamábamos casa, muy afectada por la perdida de una mujer durante el parto que asistía. Había hecho todo lo posible por mantenerla viva, había recurrido a todos sus conocimientos de hiervas y pócimas para que el terrible final no llegara, pero como ella misma dijo cuando llegó: “Cuando Dios requiere un alma o se la puede sujetar por los pies”.

Me confesó entonces que aquel bebé que también nació muerto era mi hermanastro. No me sorprendió oír aquello, pues era sabido entre toda hembra que el señor de la casa tenía cierta debilidad por el libertinaje desenfrenado, y ciertas tendencias sadomasoquistas que sembraban el terror entre toda mujer viviente. Aquel individuo jamás se había casado, aunque pensándolo fríamente, ¿qué mujer en su sano juicio iba a soportar aquello? Así entendí que mi padre era aquel tirano hijo de una zorra, que después de abusar de mi madre en varias ocasiones, la había sometido a horribles y dolorosas vejaciones, obteniendo como resultado, que no pudiera volver a concebir.

Gracias a los conocimientos sobre hierbas que poseía y un gran control sobre su propio cuerpo pudo recuperarse físicamente. Pero su mente jamás sanó del todo. Recuerdo que en mi inocencia infantil, siempre había pensado que no había tenido hermanos porque no tenía padre, incluso hubo un tiempo en el que jugaba con uno imaginario. Pero al revelárseme aquella verdad, juré internamente y por lo más sagrado que me vengaría por todo el daño que aquel maldito monstruo había infringido. Decisión que por otra parte, y en cierto modo, me llevó a lo que ahora soy.

***
Pero olvidemos el pasado por un momento y regresemos a la actualidad. Como supongo ya habrán adivinado mi condición por mis palabras no me queda más que confirmarlo. Soy un vampiro hembra; una inmortal, una no muerta que se alimenta de sangre humana, una condenada a vagar eternamente.

Para mí no existe la vida diurna, sólo existo de noche. Cuando ésta llega, despierto de mi letargo y comienza para mí la actividad; mi profesión. Trabajo que muchos como yo no entienden, y que otros temen, pero que para mi, es el motivo de mi existencia. Vivo para ello, e incluso puedo decir, que ha habido veces en que también lo he gozado.

Entre mis muchas costumbres se encuentra una que disfruto particularmente, y que practico diariamente durante el invierno. Siempre lo hago, incluso aquella noche en la que debía realizar el encargo para el que me habían contratado.

Después de elegir cuidadosamente la ropa que me pondría y depositarla sobre la cama que jamás usaba, abrí la ventana del dormitorio de par en par y dejé que mi cuerpo sintiera la humedad y el frío cortante de la brisa nocturna. El cielo totalmente cubierto por densas nubes anunciaba una tormenta inminente. El travieso aire jugó graciosamente con mi tupido cabello, enredándose entre
los largos rizos que lo conforman. Mi piel, que debido a mi condición inmortal es prácticamente insensible y sólo reacciona ante sensaciones extremas, se erizó y de mis labios escapó un murmullo, eco de un placer físico lejano que desde hacía tanto siglos no podía sentir. Después me vestí poco a poco, cubriendo mi cuerpo con cada una de las piezas de piel negra que había elegido, un corpiño con mangas, un pantalón, las botas y mi gabardina. No necesitamos la obligación de la ducha como los humanos, nuestra piel es sobrenatural, no sudamos, y cualquier resto de suciedad se desprende de ella sin dejar rastro alguno.

Dirigí mis pasos, una vez totalmente ataviada, hasta el salón principal de mi casa, todo estaba como debía estar, limpia y ordenada. Clair sabía hacer su trabajo a la perfección, debía recordar que en pocos días cumpliría treinta años de servicio en mi hogar y tenía pensado hacerle algún regalo como agradecimiento a su lealtad.

Tomé del elaborado jarrón de cristal de roca, que adornaba una pequeña mesita auxiliar, una de las rosas negras que reproducían artificialmente sólo para mí, y después de aspirar su aroma, que llegó dulce y delicado a mis fosas nasales, la guardé suavemente en uno de los bolsillos de mi gabardina.
Encaminé mis pasos hasta la chimenea y accioné el mecanismo que abría paso a una sala pequeña. Aunque entre mis muchos poderes se encuentra la habilidad de desaparecer y aparecer a voluntad, requiere un gran esfuerzo y pérdida de energía, que en el caso de moverme por mi propia morada la encuentro innecesaria.

En esa pequeña sala es donde guardo entre otras armas, a mis dos eternas acompañantes. Mis espadas. No demasiado largas, gemelas y afiladísimas, son capaces de traspasar limpiamente músculos y huesos, ya sean mortales o inmortales.

Pulsé el botón disimulado en la empuñadura y las hojas desaparecieron dentro, del igualmente, algo más largo mango, para poder ser ocultadas convenientemente entre mi atuendo.

De vuelta al salón principal, revisé todos y cada uno de los hechizos de protección lanzados por mí sobre las puertas y ventanas de mi hogar para evitar sorpresas indeseadas. Reforcé con nuevos conjuros de atadura paredes y techo, para evitar cualquier intento de penetrar por esos lugares, y salí al exterior.

La tormenta ya había comenzado mojando todo el terreno, volviendo brillante los pavimentos y haciendo que el frío se torne más insufrible para los humanos. También poseo la virtud de alterar el clima, a veces incluso cuando el nivel de excitación que he alcanzado es muy alto, lo he hecho sin apenas darme cuenta adaptándolo a mi estado de ánimo, mas aquella noche la lluvia, era totalmente genuina.

Mi memoria voló de nuevo a otros tiempos en los que cada una de las gotas que mojaba mi cuerpo, acompañó el dolor y el sufrimiento por la pérdida de la persona que más he amado en toda mi existencia.

***
Pasados diez años desde la noche en que se me desveló mi origen, pasé uno de los peores baches de mi vida mortal.

Con mis propias manos tuve que cavar durante horas en la fría y encharcada tierra, bajo una terrible tormenta que parecía desatada desde el mismísimo infierno, para enterrar a mi pobre madre que se había consumido por un cáncer, enfermedad que entonces no se conocía como tal.
Los múltiples desgarrones de piel y heridas que llevé en las manos durante bastante tiempo, los cuales hasta mi nacimiento a la no-vida aún portaban sus cicatrices, eran la prueba del dolor y el sufrimiento con el que luche aquella noche en la que el agua de la tormenta y las lágrimas de mi llanto, se unieron en sonora comunión dando el último adiós a la dulce mujer que me había traído a este mundo.

Como quiera que muchos morían relativamente jóvenes debido a las condiciones en las que vivíamos y a la precaria alimentación, la muerte de mi madre pasó casi desapercibida para la gran mayoría de los sirvientes de la casa, y ni que decir tiene que para todos los nobles habitantes de ella.

Gracias a que mi querida madre, que en vida, había conseguido mantener el secreto de mi concepción y como cualquier niña (pues no aparentaba la edad real que tenía), no era objeto de la atención de los señores, una vez muerta y enterrada decidí que ya nada me quedaba por hacer allí, hasta que llegara el tiempo de cumplir mi venganza. Así que tomando lo que creí conveniente desaparecí por espacio de doce años de los terrenos del gran señor feudal.

Durante ese tiempo y muy lejos de las tierras que me vieron nacer, serví para diferentes señores como curandera gracias a todo lo que había aprendido de mi progenitora, y añadiendo yo misma más conocimiento sobre el cuerpo humano y sus órganos internos, realizando investigaciones, totalmente secretas y privadas, con cadáveres que iba encontrando en mis viajes.
Fueron años tranquilos y sosegados donde yo ofrecía mis servicios y conocimientos a cambio de un techo y alimento.

Pero un día decidí que ya había transcurrido el tiempo necesario y que debía regresar para hacer justicia. Fue entonces, cuando volví al feudo propiedad del desgraciado que era mi padre.
Todo estaba igual que cuando había marchado, nada había cambiado en absoluto, incluso la pequeña choza donde habíamos vivido mi madre y yo, aún se mantenía en pie aunque abandonada.
Opté por instalarme allí, así que dejé el pequeño hatillo que portaba y me dirigí hacia la casa para ofrecer mis servicios de la forma en que se me necesitara. Durante el trayecto, y mientras cruzaba el soleado patio, observé que prácticamente todos los sirvientes eran nuevos, pocos quedaban de los que conocí. La mayoría habían muerto durante esos doce años y los que habían quedado eran los hijos que habían decidido seguir sirviendo al mismo señor al que habían servido sus padres. Ya saben, “más vale malo conocido…”

Muchos repararon en mí, debido a mi figura, pero precisamente gracias a lo que había cambiado mi cuerpo y mi rostro al madurar, ninguno me reconoció. Y gracias a eso también, conseguí ser admitida como camarera y ayudante de la cocinera. El trabajo era duro y agotador, pero nada me detendría en el camino de acabar con la vida de aquel que había arruinado la de tantas mujeres inocentes, entre ellas, la de mi madre y por ende la mía.

La ocasión para iniciar mi plan se presentó una tarde.

La cocinera, una señora mayor de la que cada una de sus arrugas hablaba de trabajo y privaciones, me informó sin demasiadas ceremonias de que el trabajo aumentaría, ya que los señores preparaban la bienvenida de otro señor feudal que atravesaba el territorio en su viaje.

Era sabido en cualquier feudo que la llegada de otro señor, junto con sus asistentes, suponía una gran revolución y aumento de obligaciones entre los sirvientes durante los días que se alojaran en la casa. Esos días eran una especie de fiesta sin fin hasta que los viajeros decidían marcharse. Se comía y se bebía en grandes cantidades, y se realizaban actividades como la caza por diversión, actividad que normalmente sólo se llevaba a cabo para el sustento.

La vieja cocinera y yo estuvimos muy ocupadas preparando abundantes alimentos con los que los señores agasajarían a los recién llegados. Durante tres días antes de dicha llegada, trabajamos duramente en los fogones preparando todo tipo de carnes y postres que harían las delicias de los comensales. Después, mi cometido en la cocina terminaría para formar parte de las camareras que
se encargarían de que ninguna copa quedara vacía.

Los visitantes llegaron a la siguiente noche y comenzó la fiesta.

El gran recibidor de la mansión había sido transformado en un gran salón para dar cabida a todos los presentes y visitantes. Largas mesas de madera desgastada y enormes sillas de alto respaldo, fueron colocadas para las comilonas que seguirían al recibimiento. De las rocosas y austeras paredes colgaban, entre los soportes para las velas que iluminaban la estancia, sendos estandartes y
bellos tapices de colores brillantes bordados por las damas, que daban un toque de color al lugar. El suelo terroso, había sido cubierto por nuevas esterillas de palma secas y habían sido perfumadas intercalando hojas de menta para la ocasión. Enseguida, todo aquel esplendor fue olvidado por habitantes y recién llegados, y se dedicaron a devorar, sin miramiento alguno, la comida que había
sido elaborada y dispuesta en las mesas.

Durante una hora, y mientras daban buena cuenta de la comida, permanecí de pie a un lado del salón apoyada en la pared y sosteniendo una jarra de vino, a la espera de que alguien pudiera necesitar que su copa fuera llenada de nuevo. Pasado ese tiempo, se hizo patente que era necesaria mi intervención, y comencé a pasearme por las mesas para realizar mi cometido.
Los personajes importantes, así como los invitados, estaban sentados en la mesa principal, y pasados unos minutos allí me dirigí, arreglando mi pronunciado escote, con la intención de buscar la oportunidad de darme a conocer y sobretodo de apelar al deseo de aquel al que yo había jurado matar. Poco hizo falta para que aquellos pequeños y viciosos ojos recayeran en mi presencia e
hiciera un ademán para requerir mis servicios como camarera.
-¡Mujer! –me llamó-. Rellena mi copa, estoy sediento.

Sin más dilación me acerqué a la silla que ocupaba y vertí el vino dentro de la copa situada junto a su plato, mientras le dedicaba una gran y fingida sonrisa, a la cual, él respondió con unafuerte palmada de su grasienta mano, en mi trasero. El contundente golpe amenazó con derramar el líquido que estaba sirviendo, y divertido, acompañó un nuevo manotazo con una grosera risotada.
Una vez cumplida la demanda, volví a mi lugar al lado de la pared.
La fiesta duró toda la noche por lo que cuando el día despuntó, todos los presentes se retiraron a dormir para volver a estar presentables y descansados la noche siguiente y continuar con la celebración.

La segunda noche llevaba todas las trazas de ser exactamente igual que la primera. En un par de ocasiones tuve la oportunidad de acercarme hasta la mesa principal y recibí la palmada de rigor en el trasero.

En la tercera noche, y según se comentaba, la última de aquella interminable fiesta pues al siguiente anochecer los invitados reanudarían su viaje, volví a acercarme a aquella mesa para rellenar la copa del señor, y con la audacia que da la desesperación por conseguir el propósito deseado, apoye suavemente mi trasero sobre el regazo de éste.

-Eres una buena chica ¿verdad? –escuché que me decía al oído, empapando con su asquerosa baba

el cabello que me caía a ambos lados del rostro.
Reprimiendo las arcadas que me producía su contacto asentí
-Esta noche tendrás la oportunidad de demostrármelo personalmente, te reclamaré –dijo.

Por fin lo había conseguido. El mal rato había merecido la pena y me levanté de sus rodillas con renovadas energías y buenas expectativas.

Cuando ya me retiraba de nuevo a mi puesto de guardia, alguien más de los presentes en la mesa principal requirió mis servicios como camarera.

Levanté los ojos hacia la persona en cuestión. Era el invitado de honor, el señor feudal visitante. Era un tipo extraño. Pese a que la tez blanquecina que comenzaba a estar en boga por aquel tiempo, no era normal que un propietario de tierras acostumbrado a salir a guerrear, fuera poseedor de una piel tan desprovista de color y tan sumamente tersa. No obstante, como era de tierras distantes y frías, supuse que el sol no debía de tener demasiada presencia por sus terrenos. Pese a todo esto por lo que destacaba, reconocí que hasta entonces no había reparado en él, mas lo achaqué a que había estado totalmente concentrada en aquél que era mi punto de mira.

Me acerqué a la silla que ocupaba, muy cerca de la de mi señor, y me incliné para servirle.

-Sé lo que te propones hacer –Oí que me susurraba.- Puedo leerlo en tu mente como en un libro abierto.

Ante aquel comentario mi corazón se desbocó completamente. Mi ritmo cardiaco amenazaba con reventarme las venas y sentí el palpitar dentro de mi cabeza como campanas de alarma. Terminé de llenar la copa, y me disponía a retirarme cuando una mano fuerte y espantosamente dura, como una garra metálica helada, me sujetó por el brazo y me obligó a volver a inclinarme para seguir escuchando lo que tenía que decir.

-Hazlo. No voy a impedírtelo, pero has de saber que una vez logres tu propósito, tu alma quedará condenada para el resto de la eternidad. Yo mismo me encargaré de que así sea.
Después de decir aquello me soltó y pude volver a mi lugar, cerca de la dura y fría pared, pero esta vez con el corazón en un puño. Sus palabras, pronunciadas con aquella voz demasiado calma para la sentencia que acaba de dictar, resonaban una y otra vez dentro de mi cabeza hasta que perdieron todo el sentido.

Como una reacción normal, mi cerebro buscó una respuesta corriente a aquellas cortas frases, y conseguí convencerme a mi misma que aquel hombre, debía ser uno de tantos locos religiosos católicos, que predicaban la palabra de Dios a los cuatro vientos sin ser curas. Ya había visto a varios de ellos, desde que el Papa Gregorio IX, hacía pocos meses hubiera fundado algo que llamaban Inquisición. Aquellos hombres embebidos de una soberbia que sobrepasaba límites, se creían algo así como los elegidos o señalados por Dios para expulsar los demonios de la Tierra.

Muchos hombres he conocido así desde que existo. Uno de ellos mi propio sire, aunque he de decir que en él, dicha soberbia está más que justificada.

***

Para todos aquellos que no conozcan la jerga que utilizo para referirme a todo nuestro mundo, aclararé que el sire, es el vampiro creador, esto quiere decir que mi sire, es aquel vampiro que me dio esta nueva vida y este nuevo e inmenso poder, mediante lo que llamamos el Abrazo. Soy su chiquilla, y como tal, le debo respeto y obediencia.

Con él precisamente era con quién debía reunirme esa lluviosa noche cuando salí de mi casa en el acantilado. Caminé bajo la lluvia hasta mi coche y después de acomodarme en él, lo puse en marcha.

¡Ahhhhhhhh! Los coches. Arte en movimiento. Uno de los más maravillosos inventos del ser humano y quizá el más mortífero. Particularmente me encantan los más potentes y veloces. Disfruto sintiendo la potencia de un buen motor en la vibración del volante, es sencillamente exquisito.
Poseo varios modelos pero entre ellos, uno que me agrada especialmente; el Bugatti Veyron. Un potente deportivo negro y azul cobalto, con motor central y tracción a las cuatro ruedas, un propulsor de dieciséis cilindros y una capacidad de ocho litros, sobrealimentado con cuatro turbocompresores, es decir, una máquina con mil y un caballos de potencia y una maravilla del diseño aerodinámico. Tanto es así, que necesita de un prominente alerón trasero para mantenerlo pegado al suelo. Simplemente perfecto e insultantemente caro. ¿Pero que es la existencia si uno no se rodea de estas caprichosas comodidades?

Conduje rápidamente por el deslizante pavimento en dirección a la mansión donde debía reunirme con él. No tardé demasiado en llegar y cuando, después de aparcado mi automóvil, entré en la gran casa era la hora convenida.

Uno de sus ghouls o sirvientes humanos, me acompañó hasta el despacho donde solía recibirme. Sin mediar ni una palabra, el hombre, una vez cumplido su cometido desapareció, dejándome en el despacho vacío. Me acerqué hasta el cómodo sillón de piel situado frente a su mesa, y allí me senté a esperarlo.

-¿Una copa? –preguntó materializándose detrás de mí, aunque me fue imposible detectarlo hasta que habló.
-Jamás digo que no a un buen trago de sangre fresca.

Demasiado rápido para el ojo humano, mi sire sirvió ambas copas para después ocupar su sillón frente a mí. Tomé la mía y probé el exquisito elixir que nos mantiene vivos, dejando que corriera lentamente por mi garganta y notando como infundía calor a mi cuerpo.

Desde luego, beber nuestro único alimento de una copa, no proporciona el intenso placer que hacerlo directamente de una palpitante y caliente vena humana mediante el acto que nosotros llamamos el Beso. Podría decir que es semejante a lo que los humanos sentís cuando hacéis el amor, como un orgasmo de los sentidos que vivifica cada una de las terminaciones nerviosas del cerebro y que se extiende a cada fibra del cuerpo.

-Quiero hacerte saber que tu último trabajo fue sencillamente perfecto, aunque naturalmente no esperaba menos de ti.

Me pareció impropio decir nada ante semejante halago, así que simplemente asentí ligeramente, con un movimiento suave y elegante.

-Para el caso que ahora nos ocupa –continuó-, tan sólo informarte que encontrarás al objetivo en el
bar que acostumbra frecuentar, el “Deseo oscuro”, en la zona sur.

Me sonaba muchísimo aquel nombre, seguramente había pasado frente a la entrada en muchísimas ocasiones, si como decía mi sire, se encontraba en aquella zona. Intenté visualizarlo recurriendo a mi memoria fotográfica. No, no, jajaja, os aclaro que no es ninguna disciplina vampírica. Siempre poseí esa cualidad, incluso cuando estaba viva.
-¿No es propiedad de Víctor Gold? –pregunté.
-En efecto, así es.
De un nuevo trago terminé mi copa y la dejé sobre la mesa del escritorio.
Me levanté del sillón, y me despedí de mi sire con un gesto de cabeza, gesto al que él respondió de
igual forma.

***
Soy alguien que no toma sus decisiones a la ligera. Cuando acepto un encargo lo realizo sin más.

No me paro a pensar en las consecuencias, pues he dado mi palabra de que así lo haría. De la misma forma que cuando decidí que mi padre debía morir por mi mano, me sentí en la necesidad de llevar a cabo mi venganza sin conjeturar sobre mi futuro. Aunque sí recuerdo que durante los largos minutos que pasé en aquella pared, después de escuchar las frías, cortantes y alarmantes palabras de una posible sentencia de condena eterna, dudé por un instante si merecía la pena hacerlo o no. Pero lo tení decidido desde hacía tanto tiempo que se había convertido en mi meta, en mi objetivo primordial. Lo había estado preparando y planeando durante tantos años, que no era posible echarse atrás.

Poco a poco y a medida que avanzaba la mañana para dejar atrás los excesos nocturnos, los invitados se fueron retirando para descansar. Yo sabía que en breves momentos alguien acudiría para hacerme saber que el señor me requería en su alcoba. Así que me dirigí a la cocina para tomar una copa de leche tibia y la redoma que había ocultado convenientemente.

Justo cuando acababa de verter en la templada leche, la pócima que había preparado combinando una serie de hierbas, que, como el láudano, sólo conseguirían atontar los sentidos y atrofiar los reflejos de cualquier mortal, una de las sirvientas personales del gran señor, asomó la cabeza para avisarme.

Busqué entre los pliegues de mis ropas la finísima y larga aguja que había prendido en ellas, y el afilado cuchillo que también ocultaba, acto que para aquella mujer, que me miraba de forma extraña, pareció un simple gesto de nerviosismo. Cuando palpé ambos objetos, sonreí tímidamente, tomé la copa y seguí contrita a la sirvienta.

En aquel momento, y mientras subía los peldaños que me llevarían a mi objetivo, sentí por primera vez la sed de sangre. Me sentí extrañamente excitada ante la inminente acción que pretendía realizar.

***

Aunque desde luego, no fue exactamente lo mismo que ahora claro. Cuando a un vampiro le asalta la sed de sangre, es como si toda su conciencia escapara al control, la Bestia Interior se apodera de nosotros, convirtiéndonos en puros depredadores que no descansan, hasta que esa sed es saciada. Es completamente imposible pensar racionalmente cuando esa necesidad se apodera de tu mente. Yo lo
sé perfectamente, la experiencia de muchos años en mi haber así lo confirma, y como no me gusta dejar absolutamente nada al azar, procuro alimentarme debidamente antes de llevar a cabo cualquier acción que requiera un estricto control de mi poder. Así, antes de ir a visitar el local de Víctor Gold, decidí buscar una presa que me satisficiera dicha necesidad, antes incluso de sentirla.
La zona sur, era concurrida por el tipo de calaña que yo ajusticiaba. Aparqué mi coche junto a la estación. En el caso de que fuera necesaria otra vía de escape que no fuera mi propio transporte, me sería más fácil huir si la tenía cerca.

Caminé despacio, adentrándome poco a poco en uno de los barrios más conflictivos de aquella zona. Ni siquiera la policía tenía las suficientes agallas para entrar allí, tal era el nivel de delincuencia que existía. También, y debido a ello, era el lugar donde más dinero sucio se movía. Allí podías encontrar desde prostitutas que ponían a la venta su cuerpo durante unas horas a un módico precio, hasta altos ejecutivos que realizaban sus más oscuros y secretos negocios con la familia mafiosa que en ese momento fuera más importante.

La tormenta que en un principio fuera fuerte, había reducido su flujo a una fina y débil llovizna que humedecía el ambiente e impedía una visibilidad clara, consiguiendo que el barrio pareciera aún más tétrico.

Una vez dentro del laberinto de calles que formaban aquella barriada, no me fue difícil localizar a un grupo de varios especimenes, alimentos en potencia, que reunieran lo necesario para ajustarse al modelo de escoria humana que solía consumir. Elegí a uno de ellos, el que parecía ser el jefecillo del grupo, y caminé en su dirección, despacio y de forma sensual, para captar su atención.

-¡Vaya hembra! –gritó uno de ellos.
-¡Ven morena que te voy a enseñar una flor! –escupió otro.
-Pero que descarados sois, no sabéis piropear como es debido –espetó a sus compañeros-. San
Miguel ha debido dejarse la puerta del cielo abierta porque se le ha escapado un ángel –dijo en mi dirección el que me interesaba.

Me paré a medio camino y le miré directamente a los ojos haciéndole una señal para que me siguiera. Éste, atónito, miró a sus compañeros que le animaban a acercarse a mí con frases groseras y mal sonantes. Me llevé las yemas de los dedos a los labios, y le lancé un beso para animarle a que olvidara a sus compañeros y viniera conmigo. Un beso que sería la promesa de algo mejor.
Por fin pareció convencerse y abandonó al resto en la esquina donde estaban reunidos para comenzar a caminar hacia mí, girándose de vez en cuando hacia sus acompañantes, y pavoneándose por su conquista. Yo también emprendí la marcha en dirección a uno de tantos callejones desprovistos de iluminación directa para que me siguiera, susurrando un conjuro de olvido e implantándolo en los, hasta aquel momento, compañeros de mi futura víctima.
Aquel humano no debía mirarme de cerca o con demasiada luz, ya que de otro modo, corría el riesgo de que notara algo fuera de lo normal en mí, e intentara huir privándome así de un riego de sangre tranquilo. No es lo mismo beberla a tu ritmo que al ritmo en el que sale despedida por la herida de mis colmillos.

***

Como ya he comentado en otras ocasiones, me gusta saber que tengo el control sobre cualquier cosa que se vea relacionada directamente con lo que planeo hacer. Por eso, aquella mañana que subía los escalones detrás de la sirvienta de mi padre, lo hice con una mano pegada al muslo donde había sujetado el afilado cuchillo, mientras con la otra, portaba la copa con el brebaje preparado.
Debía evitar por todos los medios que el nudo se aflojara con le movimiento de mis piernas y cayera al suelo.

Por fin llegamos a la puerta que nos separaba de su alcoba. Antes de penetrar en ella, la sirvienta que me había guiado hasta allí, volvió a mirarme de forma extraña. Aunque algo maltratada por el duro trabajo, pude advertir que no debía ser mucho mayor que yo.
No dijo ni una sola palabra, sólo me miraba, clavando sus impertinentes en mí de una forma inusitada. Sin más, volvió a girarse para encarar la puerta y dando unos golpes en ella para anunciar nuestra presencia. Abrió después de recibir el beneplácito desde dentro y se retiró.
Con la copa entre las manos, respiré hondo, haciendo desaparecer cualquier atisbo de duda o nerviosismo que hubiera podido albergar, y caminé despacio cerrando la puerta tras de mí.
-Adelante, adelante, no seas tímida –comentó la voz del hombre-. Te estaba esperando.

Por fin lo localicé.

Ataviado con una especie de gorro y una larga túnica blanca que se usaba como prenda para dormir,
se encontraba ya entre los pliegues de las sábanas del tálamo. Durante mucho tiempo esa imagen
me ha hecho reír pues lo he comparado mentalmente con lo que ahora llamáis payasos.

Mientras caminaba hacia allí, aproveché para echar un vistazo a mi alrededor. Era una habitación
austera y fría, como el resto de las estancias de la casa, sólo una cama de madera tallada con dosel,
un arcón a sus pies y un gran sillón también del mismo material, eran la decoración del lugar.

-Me he tomado la libertad de traerle algo tibio, que estoy segura, le encantará.
-¿De verdad? –preguntó él sin interés-, ¿y que es?
-Entre los sirvientes es conocido como un revitalizador –mentí captando su interés por fin-. Es muy
agradable al paladar, y muy famoso entre sus afrodisíacas cualidades.
-Sin duda tendré que probarlo –dijo alzando sus gordos y asquerosos brazos hacia mí para que le
alcanzara la copa.
-Debe tomarlo todo –dije apoyándome a su lado y ayudándole en el proceso para asegurarme que
así procedía- sino corre el peligro que de no produzca el efecto deseado.
Terminó de beber todo el contenido de un sólo trago y yo sonreí satisfecha.
-Bien y ahora pequeña, ven conmigo, te enseñaré formas del gozo, que jamás antes has conocido
con varón alguno.
-Tranquilo mi señor –comenté mientras me deshacía de su pegajoso abrazo y me levantaba de la
cama para caminar sensualmente alrededor de ella-. Tenemos tiempo. Antes quiero mostrarle el
cuerpo que va a disfrutar.
-Eres una zorra muy complaciente ¿verdad? –escupió insidioso-. No me equivoqué contigo.

Alcé los brazos para esconder las manos tras mi espeso cabello, despacio y de forma atractiva dejé que volviera a resbalar entre mis dedos, paseándolos después por mi garganta, hasta el pronunciado escote de mis ropajes donde descansaba el nudo que sujetaba los cordones del cierre de mi corpiño. Mientras realizaba este ejercicio noté como la vista de mi acompañante comenzaba a nublarse, pues realizaba guiños y giros extraños con los globos oculares intentando, supuse, enfocar la visión.

Tirando de uno de los extremos del fino cordel, deshice el nudo y la voluptuosidad de mis senos, hasta entonces aprisionados,hizo el resto abriéndolo por completo.
-¿Qué me has dado mujer? –susurró desde la cama mi desgraciado padre-. Me siento febril, apenas puedo verte- comentó dejándose caer pesadamente sobre la blanca superficie.
-Tranquilo mi señor –repetí viendo que por fin el brebaje había realizado su trabajo completamente-. Es pasajero, dentro de muy poco tu malestar pasará a la historia.

Me acerqué sólo entonces a la cama para comprobar que realmente se encontraba en una especie de trance, aunque consciente de todo lo que ocurría, su cuerpo no podía realizar acción física alguna.
Debía darme prisa pues el efecto de la droga no era muy duradero. Las hierbas que había utilizado eran absorbidas por el cuerpo con mucha rapidez y si no llevaba a cabo mi propósito enseguida, saldría del estado en que se encontraba y clamaría venganza.
Corté varias tiras de tela de la misma sábana que lo cubría y até sus extremidades a las columnas de madera que sujetaban el dosel, tirando fuertemente para comprobar que el nudo era lo suficientemente resistente. De un ágil salto me encaramé encima de él, sentándome a horcajadas sobre su gordo vientre, amordazándolo con otro pedazo de tela y busqué entre los faldones de mis ropas la aguja que había prendido, extrayéndola.

Supongo que os preguntaréis qué me proponía hacer con una pequeña aguja a un hombre de sus proporciones. Os sorprenderíais de lo que es capaz de hacer una fina astilla de madera clavada en el lugar idóneo.

Durante uno de mis viajes, siempre atenta a cualquier cuerpo hallado en el camino que me sirviera para mis investigaciones, encontré un día un hermoso joven tirado inmóvil cerca del camino.Junto a su mano derecha reposaba un arco, así que supuse, que pertenecía a algún grupo de caza. Me acerqué cautelosa, y después de verificar que su cuerpo no reaccionabaabsolutamente a nada, me arrodillé a su lado. A simple vista el hombre parecía muerto, su cuerpo estaba completamente desprovisto de fuerza en los músculos y no emitía sonido alguno.

Busqué la herida que le había causado la muerte sin encontrar ningún mal hasta que observé detenidamente su rostro. Justo en el lagrimal de su ojo izquierdo hallé clavada una fina astilla que procedí a retirar. Sólo entonces percibí, un ligero movimiento de sus ojos que declaraba que aún vivía. Acerqué mi oído a su pecho y escuché el latir de su corazón. De alguna forma, aquella astilla se había clavado en un sitio que impedía al muchacho volver a moverse, estaba vivo pero completamente paralizado.

Increíble pensareis, pero totalmente cierto. Encendí una pequeña hoguera y una vez comenzó a arder alegremente, quemé algunas hojas todavía verdes con la intención de que el humo producido alertara a sus compañeros y seguí mi camino.
Armada con aquella aguja y aquel conocimiento, procedí a reproducir dicho accidente en el cuerpo de mi victima.

Le miré a los ojos que había mantenido abiertos y advertí que el efecto de la pócima comenzaba a remitir. Sus brazos comenzaban a responder a sus demandas con urgencia, intentaba gritar pero la mordaza, fuertemente anudada le impedía articular palabra alguna. El sudor le cubría la frente, sin duda por la proximidad del peligro y la locura que leía en mi rostro.

Con más rapidez que cautela, sujeté la cabeza de aquel mal nacido, e inserté la aguja en el lugar indicado. Sonreí al comprobar que los brazos volvieron a caer lánguidos sobre la suave superficie de la cama. Como que mi experiencia no me había proporcionado el saber de cuánto tiempo era necesario para que aquella parálisis fuera irreversible sin retirar la aguja, decidí dejarla allí, mientras seguía con mi plan. Acomodé bajo su inmunda cabeza uno de los cojines para que tuviera una amplia visión de todo cuanto acontecería.

-Sé que puedes oírme hijo de puta –le espeté retirándole la mordaza pues estaba segura que de no podría delatarme-, quiero que sepas que ha llegado la hora que de pagues por todo el mal que has hecho. Ha llegado la hora de que padezcas en tus propias carnes la maldad de tus actos pasados. Ha llegado tu hora, maldito cabrón. Y voy a disfrutar sabiendo que serás consciente de cada instante de horror.

Aunque ningún músculo reaccionó a mis palabras, pude leer en sus ojos que había comprendido cada una de las frases que había dicho y que el terror se adueñaba de él por la incertidumbre de lo que iba a ocurrir. Disfrutando de cada instante de mi venganza, introduje la mano bajo mis faldas y extraje el cuchillo que había guardado hasta aquel momento, y con una sonrisa satisfecha en mis labios se lo mostré, mientras acariciaba la hoja amorosamente.

Poco a poco reculé hasta sentarme sobre sus rodillas, no sin antes alzarle el camisón que portaba hasta descubrir sus desagradables partes íntimas.

-Creo que esta asquerosa parte de tu cuerpo ya no te será necesaria.

Y acto seguido, ayudada del afiladísimo cuchillo, procedí a seccionarle el pene de un ágil corte.

Como un cerdo cuando le clavan el cuchillo en el cuello, la sangre comenzó a manar de forma interrumpida y en grandes cantidades, manchando de rojo intenso y viscoso todo lo que encontraba a su paso. Todo al rededor de mis piernas estaba teñido por el color de su líquido vital, que seguía fluyendo vigorosamente de la herida, como un manantial eterno.

En mis delirios de locura la hilaridad hizo presa de mí y con el cuchillo aún en mi mano derecha, y el sexo de mi padre en la otra como si de un trofeo se tratara, comencé a reír escandalosa y placenteramente, alzando los brazos al cielo. Gocé con cada una de las gotas que surtían de su cuerpo, y mermaban su fuerza y su vida.

***

Aunque no es comparable, es muy parecido a lo que siento cuando me alimento. Son unos minutos de placer inconmensurable e inenarrable. Aunque como os he comentado antes, es muy parecido a lo que los mortales sentís durante el acto amatorio es mucho más intenso. Y ese placer, por supuesto es intensificado si en el momento justo se sabe acelerar el corazón de la victima de forma adecuada.

Mi joven conquista por ejemplo. Aquel engreído que había decidido aprovechar la ocasión en el
callejón de la zona sur al que yo lo guiaba lentamente.
Cuando elegí el rincón indicado, fuera de la vista de curiosos, apoyé mi espalda contra la mojada y helada pared, y esperé a que llegara a mi encuentro con la promesa de un gozo indescriptible en mi mirada. Me miró y repitió su piropo.
-Como he dicho, un ángel escapado del cielo.
Entrelacé mis dedos en su nuca en un abrazo mortal y con mi lengua le acaricié ávidamente los labios.
-Siento contradecirte amor mío –dije sonriéndole-, pero más bien soy, un demonio salido del
infierno –aclaré mostrándole mis voraces colmillos.

La sangre de aquel dispuesto joven que había elegido como mi victima, me proporcionó un banquete dulce y maravillosamente placentero. La suave piel de su garganta remitió bajo la fuerza de mi mordedura como mantequilla caliente, y la sangre llenó mi boca con la presión deseada.
Jamás sentiréis orgasmo mejor ni más intenso que cuando se injiere sangre humana, cuando te alimentas de su energía, de su poder, de la esencia misma de la vida.
Extraída toda la sangre y una vez mi cuerpo estuvo completamente satisfecho, dejé caer el cascarón vacío y sin vida de aquel mortal, que chocó contra el suelo con un ruido sordo. Relamí perezosamente mis labios para limpiar cualquier gota de sangre que hubiera podido quedar, y comencé a caminar alejándome del lugar para dirigirme hacia el local de Víctor y por tanto al encuentro de mi objetivo.

Al salir de nuevo del oscuro callejón, la pandilla de amigotes del humano que me había servido como alimento, aún se hallaban asentados en el mismo sitio, y de nuevo, fui diana de sus groseras palabras que ignoré por completo.

En mi nocturno paseo y como es natural por aquellas calles, fui testigo de muchos sucios negocios y alguna que otra pelea que sin duda acabaría con la vida de alguien. ¿Veis? No hace falta ser vampiro para ser asesino. No debéis juzgarme por ello, al menos puedo decir en mi defensa que la mitad de mis víctimas son puro alimento, digamos que… mato por necesidad. No como los humanos con sus guerras y sus ocultas y no tan legales razones para ellas. La otra mitad, es debido a mi trabajo. Como ya os he comentado había aceptado un encargo, tenía que liquidar a un nomuerto, es decir, a otro de mi propia especie.
Por lo general no acepto contratos que signifique la muerte de un humano, pero no os engañéis, no es que me importéis, simplemente creo que vosotros solos os valéis para eso perfectamente ¿verdad?

Enseguida distinguí el centelleante letrero de “El Deseo Oscuro”, lugar donde mi sire me había informado que podría encontrar a mi objetivo. Aquel barrio era prolífico en locales de ese estilo.
Espacios que antes habían servido como almacenes, más tarde habían sido comprados y redecorados para convertirlos en centros de ocio. Muchos de aquellos lugares, adquiridos por vampiros y llamados por ellos mismos “bares de sangre”, eran estupendas tapaderas para los trapicheos de bandas de condenados que se dedicaban a la extorsión y al lucrativo negocio de las drogas.

Una larga cola de humanos, vestidos con ropajes oscuros y maquillados intentando dar a su rostro un aspecto antinatural, esperaban a que el guardia de la entrada, un vampiro enorme con un tridente tatuado en el cuello, les diera paso. Cuando llegué a su altura, éste me miro, y reconociendo en mí a otro de su misma especie, me dio paso inmediatamente con el consecuente estallido de frustración de los mortales que esperaban su turno.

Nada más entrar, percibí la energía de varios vampiros mezclados entre los humanos que danzaban como enloquecidos al compás de una música atronadora.

Me uní al gentío intentando no llamar demasiado la atención. La experiencia me ha enseñado a que
cuando se va a cometer un asesinato, o cuando se ha cometido ya, más vale permanecer silenciosa.
Aprender de mi error, me costó muchísimo sufrimiento.

***

Como recordareis, por lo que os he contado de mi pasado en vida, cuando me hallaba en plena realización de mi venganza e inmersa en mi locura, se apoderó de mí la necesidad incontrolable de reír mientras observaba como la vida de mi padre se apagaba. Carcajadas y pequeños gritos de victoria emergían de mi garganta mientras estaba allí sentada sobre las piernas de mi odiado progenitor moribundo, con los brazos alzados sujetando en las manos un cuchillo y su sexo como trofeos. Me sentía feliz, pletórica de alegría, embebida por una emoción febril. Había logrado mi propósito, y esa fue mi forma inconsciente de expresarlo. Mal momento para ello.

Alertados por aquella algarabía, a los pocos minutos acudieron varios sirvientes a la puerta de la alcoba donde me hallaba. Alzando la voz para hacerse oír tras ella, preguntaban a su señor si se encontraba bien.

-¡Marchaos perros inmundos! –les grité furiosa por haberme interrumpido-. ¡Vuestro señor no
necesita ayuda! ¡Marchaos! –repetí llena de ira.

Pero naturalmente al ver que su señor no les contestaba y sólo escuchaban mis insultos y gritos; no siguieron mi consejo, abrieron la puerta y entraron atropelladamente. El panorama que recibieron al entrar les impactó tanto que se hizo un silencio sepulcral en la estancia. Tan sólo miraban boquiabiertos y llenos de espanto la terrorífica escena que tenían ante ellos. Pasaron pocos segundos hasta que la sirvienta, que me había compañado a la habitación en la que entonces estaba, apareció.

-¡Lo ha matado ella! –gritó-. ¡Es una bruja! ¡Apresadla!
Envalentonados por las palabras de la mujer que gritaba animándoles ha realizar la acción para la
gloria de Dios, el resto de los presentes se abalanzaron sobre mi, desarmándome.
Mordí, arañé, me retorcí, pellizqué, pataleé, los amenacé, hice todo lo posible por deshacerme de
aquellas manos que me sujetaban y que intentaban sacarme de allí impidiendo terminar mi trabajo.
Pero todo fue en vano.
Me lanzaron contra el suelo violentamente, y allí, fui sujetada por varios hombres mientras otros
me ataban y amordazaban con tiras de ropa similares a las que yo había utilizado con mi padre.
Algunas mujeres se acercaron a la cama donde yacía el cuerpo inmóvil de mi victima para intentar
parar el flujo de sangre y reanimarlo. No puede ver si lo consiguieron, ya que inmediatamente me
cargaron y sacaron de la estancia, para recluirme en una celda a la espera de mi juicio y sentencia.
Como quiera que una de las primeras actuaciones públicas del cristianismo como religión oficial
del imperio romano, consistió en exigir al emperador Constantino que persiguiese a los paganos, es
decir, que los perseguidos se volvieron perseguidores, y que la obsesión por la unanimidad es
propia de los que se saben en posesión de la verdad sea de la índole que sea; el hecho de que esa
unanimidad fuera contraria al espíritu humano y, por consiguiente, imposible en la práctica, no
amedrentó a quienes estaban dispuestos a abolir la realidad en aras de sus dogmas o teorías. La
Inquisición y sus múltiples formas de actuación se extendió y se estableció por toda Europa con la
rapidez de una chispa de fuego corriendo por múltiples mechas conectadas a mortíferas bombas,
tras una de las cuales me encontraba yo en aquel momento.
Aunque no fue de dominio público hasta después de pasados veinte años, sus horribles y
deleznables prácticas de tortura para sonsacar inducidas confesiones, os puedo asegurar que fueron
realizadas desde el principio. La historia ahora habla sobre juicios. ¡Ja! Me río yo esos juicios. En
mi caso no existió ese trámite meramente burocrático y pensado para la tranquilidad mental de unos
pocos.
¿Cuanto dolor creéis que puede soportar un ser humano? Y cuando digo dolor no me refiero al
dolor de algo perdido, o de sentimientos, sino de dolor físico, un dolor indescriptible que recorre
todo tu cuerpo y que te impide pensar racionalmente. Un dolor que traspasa todo tu ser, desgarrando
hasta el último ápice de cordura que posees.
Durante la única y escasa comida que se me permitió mientras esperaba al inquisidor que sería mi
juez y jurado, me drogaron y pasé de celda a celda sin apenas notarlo.
Desperté con el cuerpo ya dolorido por el golpe contra el suelo y el forcejeo de mi captura. Cuando
mi cabeza recuperó la lucidez y pude enfocar la visión no reconocí nada de lo que me rodeaba.
Estaba anclada de muñecas y tobillos a gruesas cadenas, encogida sobre mi misma. Tirada en el
suelo de tierra. Desnuda. Me dolía la espalda terriblemente y no sabía cuanto tiempo había estado
allí tirada, pero el fríoy la humedad, ya me había calado hasta los huesos. Pasaron varios minutos
todavía hasta que escuché los pasos de alguien que se acercaba.
-¿Ya has despertado hija? –preguntó una voz que pretendía ser dulce.
-¿Donde estoy? ¿Cuanto tiempo llevo aquí? ¿Quién es usted? ¿Qué van a hacer conmigo?
-Demasiadas preguntas para alguien que no merece respuestas ¿no crees?-suspiró-. Pero aún así las
contestaré. Estás en los sótanos de la Casa de Dios desde hace varias horas, yo soy el padre
Damián. Soy el encargado de que confieses y aceptes la redención de tu alma inmortal.
-¿De que confiese? ¿Y que es lo que he de confesar? ¿Mis pecados? –reí-. Son muchos, padre. No
me importa decirlo, de hecho…, supongo que ya está enterado de lo que hice, así que no veo la
razón para tener que explicarlo.
-Bien hija, veo que eres una persona sensata, lástima que el demonio que anida en ti te posea de la
forma que lo hace. Has sido acusada de brujería, por lo tanto y en nombre de Dios, te ruego que
confieses y todo será mucho más fácil para ti.
-¿Brujería? –y en aquel momento recordé la acusación de aquella mujer-. ¡Ah sí! Ya recuerdo. No
padre, no soy una bruja y jamás lo he sido. Sólo he hecho justicia.
-Sólo Dios tiene potestad para administrarla hija mía.
-Bien padre, haga lo que crea necesario, pero no me redimiré de mis actos.
Con esto comenzaron los azotes.
Nunca vi el tipo de artilugio que utilizó para ello, pero recuerdo que los primeros apenas los sentí,
mas cuando perdí la cuenta de los que llevaba, éstos se habían convertido en garras de acero que
laceraban y abrían mi piel haciéndola sangrar. El dolor era insoportable. Cuando notaba que mi
cuerpo se rendía al cansancio y amenazaba con perder la conciencia, un cubo de agua helada me la
devolvía inmediatamente.
Jamás me permitió cerrar los ojos, no dormí. No sé exactamente cuanto tiempo estuve en aquella
posición privada de movimiento, mis extremidades ya casi no me respondían. Tenía que hacer mis
necesidades de aquella forma, como si fuera un animal maltratado, privada del sueño, y recibiendo
latigazos que no permitían que las heridas curasen.
Cuando el padre Damián se marchaba aparecía otro que lo sustituía.

Debieron pasar varios días cuando cambiaron de estrategia e intercalaban los latigazos con
caminatas que debían durar horas, ya que producían horrorosas llagas en las plantas de mis pies. Ya
no era dueña de mí, me convirtieron en una especie de muñeca de trapo desprovista de
pensamiento, ni siquiera el terrible dolor conseguía hacerme reaccionar. Pero seguí en mi
determinación de no darles la satisfacción de escuchar una confesión que no era verdadera.

***

Como ya os he comentado, soy de las que aprenden de sus errores, así que una vez dentro de “El Deseo Oscuro” no tenía intención de cometer ninguno. Aunque la suerte es caprichosa y esa noche quiso además ser esquiva.

Mientras me abría paso entre la marea de individuos que danzaban frenéticamente, buscando el centro del local para poner en práctica una disciplina que me permite localizar a poderosos vampiros, siempre y cuando se encuentren a una distancia apropiada, quiso la Diosa Fortuna que me encontrara con alguien conocido.

-¡Vaya, vaya, pero si es la mismísima Fénix!
-Speed –le saludé cerrando mi mente a una posible invasión e intentando seguir mi camino. Conocía a Speed por su negocio. Entre vosotros los humanos también hay quién se dedica a este tipo de cosas. Gracias a su potencial leyendo mentes tanto humanas como de nuestra especie, hacía su fortuna vendiendo información al mejor postor y había realizado algún que otro servicio a mi sire.

-Dime ¿qué haces tú por aquí? Es extraño verte por bares de sangre. De hecho, ahora que lo pienso,
jamás te he visto en ninguno –comentó reteniéndome.
-Me aburría –respondí evasiva notando como intentaba averiguar la verdad.
-Claro, y decidiste salir a buscar diversión –me siguió la mentira-. ¡A tu edad Fénix y buscando
nuevos horizontes!
-Nunca es tarde si la dicha es buena –contesté-, así que si me permites continuaré con mi propósito
de pasarlo bien –continué echando un duro vistazo al brazo con el que me sujetaba.
-Claro –contestó soltándome rápidamente y advirtiendo mi enfado- sólo quería saludarte.
-Bien, ya lo has hecho.
Seguí mi camino sin volver la cabeza atrás para mirarle, pero mantuve una estrecha vigilancia
mental que me permitió saber que Speed se marchaba algo frustrado por no haber conseguido la
información que ansiaba.
Buscando la posición adecuada, abrí mi mente como si de un sónar se tratara, para recibir cualquier perturbación que me indicara donde se hallaba mi objetivo. Los humanos presentes, seguían en su danza, totalmente ignorantes de cuando acaecía, inmersos en la taladrante música que los rodeaba.

Pasados escasos minutos recibí la onda mental de McBrown, mi víctima. Un estúpido que había traicionado a su gente, un clan con el que mi sire mantenía relaciones comerciales muy lucrativas.
El individuo en cuestión, había revelado información secreta a integrantes de mi propio clan en detrimento del suyo propio con la finalidad de recibir mejor tajada en los beneficios. Gracias a los contactos que mi sire tenía repartidos en ambos bandos, se supo al momento, e informó al jefe amigo de la finalización de dichas negociaciones. Las acusaciones fueron muy duras por el intento de engaño, pero finalmente consiguieron llegar a un arreglo beneficioso para ambos y también a la resolución de aplicar justicia a McBrown.

Justicia. Qué palabra más absurda. En realidad ¿qué es la justicia? Se supone que es la forma de castigar al que ha hecho algún mal. Pero ¿visto desde qué punto? Si lo miramos desde el punto de vista del que ha recibido el daño, lógicamente lo verá de una forma completamente diferente que si lo miramos desde el punto de vista del que lo ha aplicado. En cualquier caso, la justicia que me aplicaron a mi misma, pierde el sentido de la propia definición de la palabra.
***
Después de ser torturada de forma horrenda, mi cuerpo y mi mente se negaban a seguir existiendo. Sí, deseaba que aquello terminara, deseaba morir. Así que cuando volvieron ha ofrecerme la posibilidad de confesar mi condición de Bruja, asentí sabiendo de antemano lo que significaba.

-Bien hija mía, has hecho lo correcto –dijo el padre Damián-. Has confesado y ese es el primer paso para la salvación de tu alma corrupta. Esta noche, el fuego sanador terminará el trabajo.

Esas fueron las últimas palabras que oí antes de caer en la inconsciencia. No soñé. Mi cerebro se negaba a reproducir cualquier imagen que pudiera hacerme olvidar los últimos días.

Cuando desperté, fue para encontrarme atada en un alto poste de madera sobre una tarima rodeada de leña y hojas secas que alimentarían el fuego que comenzaban a preparar.
La plaza donde iba a ser quemada viva, estaba llena de personas que acudían para presenciar el
acto. Los curas encargados de ejecutar la sentencia, andaban de un lado a otro acarreando más
material para añadir al ya colocado a mis pies.
-¡Malditos todos! –grité intentando reunir las fuerzas necesarias para soltarme, mas mi cuerpo ajado por los maltratos sufridos, apenas tenía energías para mantenerme en pie. Si no hubiera sido por las ligaduras que me sostenían pegada al mástil creo ni tan siquiera hubiera podido andar-. ¡Marchaos!

¡Fuera!
Recibí improperios y asquerosos esputos como respuesta. Mientras, los sacerdotes terminaban ya su
trabajo y con la orden de proceder, comenzaron a prender la hoguera, armados con antorchas desde
diferentes puntos y animados por los vítores de los espectadores.
A medida que la pira era pasto de las llamas, el calor que desprendía me hacía sudar profusamente.
El humo maltrataba mis ojos, haciéndome llorar por el escozor y sintiendo ya en mis pestañas la
quemazón.

Apenas podía respirar. Boqueaba instintivamente buscando el oxigeno que necesitaba y que paradójicamente alimentaba el fuego que acabaría con esa necesidad. Pasaron varios minutos hasta que las lenguas de fuego llegaron a quemar las esquinas de la pequeña tarima.
Así veía llegar el final de mi vida. Pensé en todo lo que me había llevado hasta allí y en ningún momento apareció en mi mente retracto alguno. Pensé en las mujeres que habían sufrido tanto por la mano de aquel despreciable ser que había sido mi padre, pero en especial, pensé en mi amada madre. La mujer que lo había hecho todo por mí. La mujer que había conseguido dar a luz a una hija sin ayuda de nadie y que casi muere desangrada por las heridas interiores de sus órganos reproductores. La que se había cargado sobre sus espaldas el vergonzante secreto de la concepción de aquella hija. La que con trabajo duro y mucha pericia había conseguido mantenerme oculta sin que me faltara de nada. La mujer que había muerto sin que nadie, excepto su propia hija, la llorara o la echara en falta.

Las llamas ya llegaban a lamerme los pies y el principio de mis piernas, el dolor era atroz y el calor sofocante. Quise concentrarme en aquellos pensamientos mientras el fuego seguía subiendo y subiendo, quemando los escasos ropajes con los que habían cubierto mi cuerpo y abrasando mi piel.

Cuando lo pienso aún puedo sentir en mi el calor abrasador y lacerante de aquellas llamas. Aquella fue la forma en que se me aplicó la justicia, que ellos llamaban divina. Aún sigo preguntándome que hay de divino en el fuego, sobretodo ahora, teniendo en cuenta que es una de las pocas cosas que puede matarme definitivamente. Aunque para alguien como yo, que existe conviviendo con la muerte continuamente, y administrándola entre los que la merecen, haya adquirido incluso más importancia de la que pueda tener para algún otro condenado, que hastiado de esta media vida, busque en él el descanso eterno.

***

Pero no os equivoquéis los hay también, que como McBrown huyen despavoridos en cuando huelen la posibilidad de un encuentro que pueda finalizar con la destrucción de su despreciable existencia. Tanto es así, que en cuanto advirtió mi presencia se escabulló del local por una de las puertas traseras.

Inmediatamente me puse en movimiento, apartando de mi camino mortales e inmortales que
entorpecían mi avance. Podía haberme lanzado en un salto bestial y aterrizar directamente en la
puerta por la que McBrown había salido, pero eso habría alertado al personal y no es lo que deseaba
bajo ningún concepto. Además, no tenía modo alguno de escapar de mí y, por lo tanto, de su
destino.

Salí al exterior, aunque la lluvia había cesado, el cielo permanecía completamente saturado de
negras y cargadas nubes. Un helado viento levantó los faldones de mi gabardina y jugó con mi
melena, trayendo consigo el olor del miedo que exudaba mi objetivo. Error fatal que le costaría la
vida. Cualquier animal por mínima inteligencia que tenga, sabe que jamás debe correr contra la
corriente de aire cuando intenta escapar de su predador.

Me lancé sin pensar en su búsqueda, corriendo a una velocidad que para vosotros es imposible de
concebir. De un salto me subí al tejado de un bajo edificio, unos tres pisos aproximadamente, la
altura suficiente para visualizarlo en su alocada e infructuosa carrera por eludirme. Aún con el
viento en contra, me desplacé con toda la rapidez que mi poder me permitía sobre los tejados,
saltando de uno a otro con facilidad, y dando rápido alcance a mi víctima que se sobresaltó al
verme aterrizar frente a él.
-¡Fénix!
Un gran relámpago cruzó el nocturno cielo iluminándolo y seguidamente su compañero
inseparable, el trueno, hizo patente el anuncio de la prometida e inminente tormenta.
***
La misma clase de tormenta que se desató en el pasado mientras mi cuerpo se retorcía entre las
llamas de aquella enorme pira que pretendía ser mi tumba, aunque he de decir que hoy en día, dudo
muchísimo que la de aquella noche fuera de origen genuino. Inmensas y abundantes gotas de lluvia
comenzaron a caer haciendo que tanto sacerdotes como espectadores corrieran en busca de refugio.
En mi cuerpo fueron recibidas para sumarse al dolor de las horribles quemaduras que ya ocupaban
toda la extensión de mi piel. La lluvia se convirtió en un torrente de agua que parecía un nuevo
diluvio universal y que fue apagando progresivamente el fuego que me rodeaba.
Fue entonces cuando mi mente ya no pudo soportarlo más y me envolvió nuevamente en la
agradable negrura de la inconsciencia.
-Te lo advertí mi dulce niña -escuché en mi oído cuando recuperé el sentido.

Entre la telaraña de confusión que todavía reinaba en mi, pude reconocer aquella susurrante y fría
voz. Un helor de miedo me recorrió las entrañas, sin saber si era producido por el frío aire de la
noche, o por el contacto de los brazos que me rodeaban sujetándome y produciéndome un dolor
sobrehumano.

-¡Tú! –acerté a decir cuando reconocí al señor feudal que había visitado a mi padre durante las
últimas noches antes de mi venganza. El mismo al que mientras le servía vino, me había sujetado
por el brazo para sentenciar un acto aún no realizado y que sólo existía en mi cerebro-. ¿Por qué no
me has dejado morir?

Sonoras carcajadas exentas de un humor verdadero emergieron de su garganta.

-La muerte es demasiado benevolente para alguien que como nosotros hemos gozado con el placer
de la venganza –dijo-. Ahora es el momento de pagar por ello.
Y sin decir nada más, acercó su boca a mi cuello y clavó sus colmillos fuertemente. Se alimentó de
mi sangre. Sentí, con un placer indescriptible casi sexual, como mi vida escapaba por aquellas
pequeñas heridas, y cuando mi corazón daba de nuevo la bienvenida al final de mi vida, éste se
retiró lanzando un gemido de placer.
Llevándose su propia muñeca a la boca, se mordió, levantando parte de la blanquecina piel y
sangrando profusamente la llevó a mis labios.
-Bebe –me ordenó.

Yo sólo quería morir, no deseaba más que ser abandonada a la lujuria de la muerte, llevara mi alma
donde la llevara, no me importaba, únicamente deseaba el descanso de mi cuerpo mortal.
-¡Bebe! –volvió a exclamar apretando su muñeca dolorosamente contra mi boca.
Varias gotas de aquel dulce y templado licor de la vida, rodaron hasta mi interior, encendiendo mi
lengua con su calor y prometiéndome un placer como el que jamás hubiera sentido.
Enseguida necesité más. Me sentía sedienta, ávida de aquella sangre poderosa que me devolvía la vida y la fuerza. Bebí de él, me alimenté de su sangre inmortal como si aquel fuera el único y grandioso objetivo de todo lo que había ocurrido. Hasta que de un fuerte tirón, retiró su brazo de mi.

-Ya es suficiente –dijo mirándome fijamente y leyendo en mí la idea que se formaba en mi cerebro-.
No, no te equivoques, no te he dado la vida. Lo que ahora corre por tus venas ni siquiera se le asemeja. Ahora eres una condenada –comentó a la vez que retiraba de mi sus penetrantes y brillantes ojos- una no-muerta. Un vampiro, sentenciada a vivir únicamente cuando el sol se oculta y a alimentarte de sangre humana.

Le escuché, debatiéndome entre el llanto y la alegría, y peleando con la sed que arreciaba mi cuerpo, una sed como jamás antes había sentido, una sed que encendía todos mis sentidos en busca de una presa para alimentarme olvidando todo raciocinio.
-Sí yo también siento tu necesidad –dijo-. Ven, es tiempo de que te alimentes y cures tus heridas.
Así nací a la no-vida. No se me permitió decidir, no se me brindó la oportunidad de ver un último amanecer, nada absolutamente parecido a las escenas romanticotas que aparecen en las películas que conocéis.

Durante años mi sire se encargó de enseñarme todo cuanto necesitaba para convertirme en lo que ahora soy. Mataba a todo aquel que con sus actos pusiera en entre dicho el honor del clan o que hiciera algo contra él. Me convertí en la mano de la justicia de mi nueva familia.

***
Con el tiempo y la sangre de muchos mortales, volví a recuperar la imagen de mi cuerpo sin las heridas y quemaduras que había sufrido. De ahí nació el sobrenombre con el que se me conoce y por el que muchos me temen; Fénix, el animal que renace de sus cenizas.
Así es como McBrown me llamó, y como muchos lo han hecho antes que él, cuando me vio a un par de metros de donde se había parado sorprendido por mi salto.
-¿Escapando McBrown? –pregunté irónicamente y con una media sonrisa.
-Tan sólo buscaba un lugar alejado del gentío… –comentó mientras reunía el coraje suficiente para
enfrentarse a lo inevitable-, para matarte.
-¿Y crees que este está lo suficientemente alejado? –pregunté riendo ante lo pretencioso de su
aseveración.
-Así lo creo, después de todo tus gritos no durarán demasiado –dijo mientras sacaba de su largo abrigo gris, su arma; un largo sable, con una hoja larga y fina que brilló en la oscuridad.
-Veo que vas bien armado, y valor no te falta por el momento… Veremos cuanto dura –celebré mientras yo misma sacaba mis armas gemelas-. Espero que nuestro encuentro sea todo lo divertido que promete.

-Desde luego para mí lo será, sobre todo si piensas defenderte con sólo dos empuñaduras –dijo
lanzándose contra mí y comenzando así la batalla.

-Craso error amigo mío –dije mientras activaba el mecanismo que dejaba salir las hojas de mis
propios sables y paraba el lance mortal que McBrown intentaba asestar a dos centímetros escasos
de cuello.

Sorprendido por la aparición de ambas afiladas y mortales hojas, reculó de un gran salto y colocó su
arma frente a sí mismo en posición defensiva.
-Eso está mejor –dije avanzando de nuevo hacia él despacio.
-Podemos hablarlo Fénix, no tenemos por qué luchar, puedo pagarte bien y lo olvidamos. Sabes que
poseo mucho dinero, podría hacerte muy rica.
-Ya lo soy McBrown, no necesito tu dinero –sonreí divertida ante el giro que había tomado su
disposición a la pelea.
-Dime entonces qué quieres, qué puedo ofrecerte.
-¿Quieres decir que mantendrías lo aquí dicho de darme lo ofrecido después de dejarte marchar? –
jugué con él.
-Por supuesto, soy un hombre de palabra.

Sin poder evitarlo rompí a reír. -Eres un estúpido McBrown, ni eres hombre ni tienes palabra, sólo eres un desgraciado vampiro que no ha sabido jugar como es debido. La avaricia te pudo y los pecados se pagan caros. Sabes a qué he venido y nada de lo que digas o hagas conseguirá cambiar tu destino.

Como para confirmar mis palabras un nuevo y sonoro trueno estalló sobre nosotros.
McBrown arrancó de nuevo en dirección a mi encuentro y yo hice lo propio. La pelea fue entretenida. Aquel condenado era extremadamente diestro con el sable, pero su única arma no tenía nada que hacer frente a mis dos letales compañeras y mis siglos de experiencia como asesina.

Como en una antigua danza mortal en la que ingeniosos pasos llevan a los bailarines hacia adelante y hacia atrás, varias veces intentó conseguir que brotara sangre de mi cuerpo y otras tantas fue detenido en el intento, recibiendo cortes como castigo a su osadía. Pero animado por la fuerza que da el deseo de sobrevivir, volvía a la carga para hacerse con la victoria.

Durante un instante de forcejeo en el que el filo de su sable quedó atrapado entre los míos en forma de tijera, opté por poner fin a aquella pérdida de tiempo y energía. Levanté una pierna, y con la ayuda de mi rodilla, asesté un fuerte golpe a la base de su empuñadura haciendo que las manos de mi contrincante soltarán su arma,y que el sable volaran hacia arriba. Momento que aproveché para cerrar la hermosa y reluciente uve que formaban mis espadas, separando la cabeza de McBrown de su cuerpo, que cayó allí mismo todavía convulsionándose por las últimas órdenes nerviosas que su cerebro había enviado antes de verse separado de éste.

Volví a apretar el botón que escondía el fino metal de mis armas en su empuñadura y las guardé entre mis ropajes, más tarde las limpiaría, como siempre hacía para volver a guardarlas en su lugar a la espera de volver a ser utilizadas.
-Te has defendido bien… pero no lo suficiente –le dije al cuerpo sin vida.

Metí mi mano en el bolsillo de mi gabardina en busca de la rosa negra que allí había depositado y con un beso la dejé caer sobre él. Él sol de la mañana haría el resto.

Terminado el trabajo que me habían encomendado y yo había aceptado, volví sobre mis pasos en busca del coche que había dejado aparcado cerca de la estación.
La lluvia que seguía en su empeño de hacerse notar, me acompañó en el camino, limpiando todo posible rastro de sangre que pudiera haber quedado en mi ropa.
Caminé despacio pues ya nada quedaba por hacer en la escasa hora que le quedaba de vida a la noche, tan sólo refugiarme en mi hogar hasta que el maldito sol desapareciera de nuevo.

***

Así es la vida de una condenada. La vida de una no muerta, de un vampiro. Mi vida… si es que se puede llamar así.

De cualquier modo os aconsejo que disfrutéis de lo que os queda de la vuestra, vivid atesorando cada momento, pues nunca se sabe si alguna vez podemos encontrarnos cuando la oscuridad se hace dueña de la tierra dando la bienvenida a todos vuestro miedos y pesadillas… o a mí.

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