Rehacer el mañana

El cierre de las descomunales puertas metálicas a la espalda, se le antojó como el término de su estancia en el infierno. Y no sólo por los cinco años que había pasado en la cárcel. En realidad, sentía que desde el momento en que conociera a Fada en aquel bar, había dado un paso para adentrarse en el limbo, y de ahí, el transcurso de los acontecimientos, le había llevado hasta dar con sus huesos en un gris averno de dos por tres metros cuadrados.
Le había dicho a Nala, en una de sus tantas cartas, que efectivamente la cárcel cambiaba a las personas. Y había sido sincero. El lento goteo de los días, vacíos de contenido, el abuso físico al que había sido sometido al principio y el agotamiento sicológico producido por una actividad cerebral incesante, mientras recordaba una y otra vez cómo había sucedido todo, le había llevado ha realizarse muchas preguntas. Preguntas, algunas de ellas aún sin respuesta.
-¡Zucca! –exclamó Nala a unos metros de él, mientras le esperaba junto al coche.
Se tomó unos instantes para mirarla, para beber de lo que le había sido negado durante un quinquenio. Seguía tal y como la recordaba, tal y como la había visto por última vez: vestida con aquellos tejanos desgastados, el jersey rojo holgado que tanto le gustaba y que dotaba a la piel de su rostro de un aspecto marmóreo, y sus zapatillas deportivas. Llevaba el cabello suelto, sin duda en honor a él y finas guedejas jugueteaban a esquivar el viento.
El paisaje tras ella era desolador. Nada de valles verdes o hermosos lugares idílicos, sólo la alta muralla coronada por rejas terminadas en punta y el yermo descampado que rodeaba a la edificación sombreado por las densas nubes que amenazaban tormenta. Por alguna razón, acudió a su mente la idea de correr hacia ella, tomarla en volandas y huir a toda prisa. Su pequeña ninfa, su Nala, no merecía estar allí, ni siquiera cerca de aquel lugar de soledad y desosiego.
No obstante, se obligó a caminar despacio. Saboreando, a medida que se acercaba, cada nuevo detalle del sonriente semblante de la mujer que aseguraba seguir amándole, tratando de decidir qué le diría o qué haría, e imaginando la respuesta de ella. Pero cuando llegó hasta el coche, no sucedió nada. ¿Qué había esperado? ¿Un apasionado abrazo? ¿Un beso quizá?
¡Por el amor de Dios! ¿A quién quería engañar? Había pasado demasiado tiempo, demasiados años manteniendo una aséptica relación epistolar.
-¿Nos vamos? –fue lo único que consiguió salir de entre sus resecos labios.
-Claro –su femenina voz denotó cierta indecisión que no llegó a sus acciones. Sin más, rodeó el coche y abrió la puerta del conductor para sentarse frente al volante.
Siempre había admirado la voluntad que ponía Nala en cualquier cosa que hacía, incluso en los pequeños detalles.
-¿Estás bien? –inquirió una vez se acomodó en el asiento contiguo y dejaba la bolsa con sus objetos personales en los traseros.
-Debería ser yo quién te hiciera esa pregunta –Zucca buscó en sus ojos color caramelo la más leve insinuación de resentimiento. No la encontró y con un suspiro, parte de la dureza de su alma comenzó a disiparse.
-Sólo quiero alejarme de aquí.
-De acuerdo.
El silencio se instaló entre ellos durante todo el viaje, amenizado únicamente por el monótono rugido del motor al cambiar las marchas.
Durante los últimos días, Zucca había imaginado aquella escena de mil formas diferentes, pero paradójicamente ninguna se había acercado a la realidad. Tampoco le sorprendía. Así había pasado la mayor parte de su existencia, imaginando lo que viviría en lugar de aprender a vivir.
Sin saber de qué parte de su cuerpo había salido la orden, su mirada oscura voló hasta posarse en el horizonte. Las nubes comenzaban a remitir barridas por el viento y un tenue rayo de luz logró abrirse paso entre ellas. Tenía que cambiar. Debía llevar a cabo todo cuando se había propuesto y era primordial comenzar lo antes posible. Decidió que lo haría en cuanto abandonaran el automóvil. Con más esperanza que seguridad, observó disimuladamente a Nala. Ella también merecía a ese hombre excepcional en el que se había propuesto convertirse.
Encontraron aparcamiento sin demasiados problemas, el pequeño apartamento estaba situado en la periferia y allí no sufrían escasez de ese tipo. De otros muchos sí.
El barrio seguía sumergido en aquel ambiente eternamente sucio y gris. Las calles, algunas todavía sin asfaltar, se enlodaban rápidamente en el primer cuarto de hora de lluvia. Los dueños de los pocos comercios de la zona, hacía tiempo que cesaron en incrementar los gastos arreglando los destrozos que cada nuevo día encontraban en los rótulos que los identificaban. Las papeleras, gendarmes ennegrecidos por el humo que desprende la goma al quemarse, se mantenían en su lugar por causa y efecto de la fortuna. Firmas de líneas irregulares mancillaban las paredes que en ese momento eran solo el eco lejano de lo que pretendieron ser cuando fueron erigidas.
-Voy a sacarte de aquí –prometió antes de traspasar el umbral y adentrarse en el negro hueco de la escalera que subía hasta el habitáculo de dos habitaciones que Nala llamaba hogar.
-Lo mismo dijiste hace mucho tiempo.
-No, no fue lo mismo, ahora te digo la verdad.
-¿Quieres decir que antes mentías?
-No. Simplemente ni yo mismo era consciente de…
-¿De qué? -le animó enfrentándole por un segundo, como retándole a que terminara aquella frase.
-El pasado ha dejado de importarme -Nala aceptó la respuesta sólo después de contrastarla con la mirada masculina, para despúes, continuar el ascenso.
Llegaron ante la puerta pintada de un verde esperanza que jamás había surtido efecto. Después de rebuscar en su bolso, Nala introdujo la llave en la cerradura pero no la giró.
-Creo que antes de entrar debería advertirte que… -le dijo volteando el rostro.
-Tranquila, pocas cosas me sorprenden ya.
-Esto sí lo hará –concluyó volviendo a encarar la entrada.
Las cortinas que siempre habían permanecido cerradas durante el tiempo en que había compartido con ella aquel piso, ahora le recibieron descorridas, dejando entrar la luz para que bañara la reducida sala. Un televisor de quince pulgadas estaba encendido y las risas y voces nasales de personajes animados llegó hasta ellos. Frente al aparato y sentado junto a una jovencita salpicada con las evidentes señales de la pubertad, un niño moreno de cabello ensortijado, permanecía atento a la pantalla.
La joven se levantó y recibió a Nala con una sonrisa.
-Se ha portado muy bien.
-Gracias Beth.
-No hay de qué –dijo antes de marcharse.
Nala se acomodó junto al benjamín y pasó sus brazos alrededor de él.
-Hola corazón mío.
-Hola mamá.
El corazón de Zucca se revolucionó al instante, marcando un ritmo tan acelerado que sintió rugir la sangre corriendo por sus venas. Nala tenía un hijo.
-Ven Tomas, quiero que conozcas a alguien –le dijo tomándole la mano.
Cualquier otro niño hubiera protestado al ser privado de su entretenimiento aunque solo hubiera sido por un segundo, pero Tomas ni siquiera compuso un mohín. Acompañó a su madre hasta ser colocado frente a Zucca y le miró con interés.
-¿Quién eres? –preguntó.
-Zucca. ¿Y tú?
-Tomas.
-¿Son divertidos? –quiso saber aludiendo a los dibujos que había estado viendo.
-No está mal –se encogió de hombros. Sus ojos se movieron hasta la bolsa que aún portaba colgada al hombro- ¿Has estado de viaje?
-Podríamos decir que sí –Un largo viaje fuera de sí mismo.
-¿Y vas a marcharte otra vez?
-No.
-¿En qué trabajas?
-No tengo trabajo, aún.
-¿Y qué quieres ser?
-¿Qué te gustaría ser a ti?
Tomás volvió a encogerse de hombros antes de contestar: -Bombero. Lucas dice que es mejor ser médico para salvar a la gente, pero los bomberos también lo hacen ¿a que sí?
-Sí. ¿Quién es Lucas?
-Mi amigo del cole. Es más pequeño que yo y no se entera mucho de las cosas.
-¿Cuántos años tienes tú?
-Pronto cumpliré cinco.
Sólo entonces los interrogantes ojos de Zucca se incrustaron en los dos estanques de chocolate derretido de Nala, sintiéndose incapaz de formular la pregunta de viva voz.
Ella asintió y por fin el mazo que martilleaba en su corazón, terminó su concierto con un último y sonoro impacto.
-¿Por qué nunca lo mencionaste? –quiso saber mientras borraba con su pulgar una fugitiva lágrima.
-Porque hubiera sido otro castigo para ti.
Zucca comprendió y la amó más por ello.
-Voy a sacaros de aquí –y supo, en lo más profundo de su espíritu que lo conseguiría.
Le había sido otorgada una nueva oportunidad, no la malgastaría esta vez. Creería en sí mismo. Aprendería a vivir. Ningún escollo sería lo suficientemente grande como para apartarle del camino. Ofrecería a Nala y Tomas una vida limpia, lejos de la pesadilla que había tomado presa en su pasado tornándolo en grasiento y negro aceite resbaladizo. Se convertiría en el pilar sobre el que ellos pudieran confiar y apoyarse, para construir un nuevo futuro, juntos. Y selló aquel pacto consigo mismo, besándola suavemente en los labios.

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