Cuando la luna reina

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CAPITULO 1

El sol ya comenzaba a esconderse. Podía verlo desde su ventana, abierta de par en par, pues con la puesta del astro rey ya comenzaba a sentir los primeros síntomas. Calor. Un quemazón interno que no podía sofocar con nada. Volvió a observarlo. Enorme, de una redondez perfecta, anaranjado por los efectos ópticos, tiñendo el cielo de un tono violáceo.
Aunque aquellos primeros síntomas que sentía eran muy molestos había aprendido a lo largo de los años a no prestarles demasiada atención y soportarlos estoicamente, rindiéndose a lo inevitable. Ni él, ni su estatus, podían hacer nada por evitarlo.
Por un momento intentó recordar sus peripecias cuando los sufrió por primera vez, seguramente durante su adolescencia. Como siempre el sofoco interior, acompañado después y a medida que el blanco satélite ascendía, de dolor. Un dolor insoportable que le hacía doblarse en dos y gritar hasta notar la garganta seca e irritada. Lloraba. Maldecía una y otra vez, no pudiendo o no sabiendo relajar el cuerpo para evitar más sufrimiento. Aquello no podía estar ocurriendo.
Pero ocurría, pensó con una media sonrisa de ironía, ocurría cada vez que en el negro cielo nocturno reinaba la blanca y redonda señora. La luna llena. Durante las tres noches en las que su influencia era más notable.
De niño había oído contar historias sobre los hombres lobo que salían sedientos de carne humana en busca de sus presas. Aquellos cuentos habían conseguido que su piel se erizara por el miedo. Pero ahora sabía la verdad. Pensó con amargura. Sabía que aquellos cuentos no eran más que eso, cuentos. Historias inventadas para tapar una verdad aún mucho más difícil de aceptar para la elegante sociedad de aquella época. Tapaban con terror algo que no entendían.
El sol ya se había ocultado del todo. Pronto comenzaría la transformación y debía relajarse. Dejar que su naturaleza emergiera sin impedimento alguno. Ya se había preparado para ello y se había desprendido de toda ropa que cubriera su cuerpo. Sotana, camisa, pantalón y ropa interior fueron dobladas y dejadas pulcramente en el lado del armario que le correspondía. Encaminó sus pasos hacia un sillón y tomó asiento estirando las piernas y soltando un largo suspiro de resignación.
Durante los años que había durado su carrera de sacerdocio, mientras se encontraba interno en aquella gran y antigua universidad, rodeado de tantos compañeros, le había sido muy difícil llevar aquello en secreto y siempre que se acercaban las noches de luna se recluía en una celda, a la que él secretamente agregaba la coletilla “de castigo”. Pero ahora, debido a su “pequeño secreto” vivía solo, alejado de todo aquel que pudiera darse cuenta del trance por el que tenía que pasar cada mes.
Cerró los ojos dispuesto a recibir aquella abominación que sin duda le había impulsado durante toda su vida a tomar decisiones quizá equivocadas.
Un latigazo en su espalda le indicó que sus músculos comenzaban a ensancharse y a tomar horma dolorosamente. Los huesos se estiraron para darle una estatura muy diferente a la que realmente tenía. El bello de su pecho se debilitó y cayó al mismo tiempo que notaba como sus labios adquirían un nuevo grosor y los ojos, escondidos tras los párpados, le escocían. Su cabello comenzó a crecer hasta alcanzar los ahora anchos hombros. Todo ocurría como siempre, muy rápido si dejaba que ocurriera. Cuando se resistía a la transformación era más lenta y dolorosa. Abrió los ojos para mirarse. Ya sólo faltaba la última parte aunque la más difícil de superar. Su sexo.
Como hombre normal, su pene también tenía un tamaño que no podía considerarse extraordinario pero tampoco le creaba ningún complejo. Podía decirse que estaba en la media, ni mucho ni poco. Pero cuando los efectos lunares hacían su aparición y con ella la transformación de todo su ser, su miembro también sufría las consecuencias. Clavó las uñas en los reposa-brazos y volvió a cerrar los ojos con fuerza mientras apretaba los dientes, el calor que le abrasaba las entrañas ascendía y se extendía para concentrarse en aquel punto, haciendo que su miembro viril creciera hasta prácticamente alcanzar los veinticinco centímetros. Luego como si de una ráfaga de aire fresco se tratara, una sensación de libertad se adueñaba de su mente y nada más quedaba en ella que el deseo irrefrenable de otro ser. Uno al que el beatífico clero habría calificado de demonio.

Se acercó hasta el equipo estéreo y lo manipuló. Por los altavoces comenzó a sonar Danger del grupo heavy AC/DC, poderosos y agresivos acordes que concordaba a las mil maravillas con él.
Aquella nueva entidad que se adueñaba de James cada noche de luna llena, y que se hacía llamar Héctor, se dirigió hacia el espejo de cuerpo entero que había en el armario del dormitorio para admirarse con placer, asintiendo satisfactoriamente.

CAPITULO 2
Era un ser formidable, de un metro noventa y cinco centímetros de estatura y un cuerpo musculado, ancho y completamente formado, duro como una roca cubierto por una piel suave y bronceada. Un pecho amplio y unos abdominales marcados. Fuertes brazos y muslos apretados. El pelo largo y abundante, era tan negro que despedía reflejos azulados y hacían que sus ojos, de un verde esmeralda intenso, resaltaran aún más prestándole unos matices, que conseguían hacerle parecer el mismísimo diablo. Una nariz patricia era la presentación idónea para unos labios perfectamente definidos y apetecibles que se entreabrieron en una sonrisa lobuna dejando entrever unos blanquísimos y alineados dientes de los que sobresalía, casi imperceptiblemente los colmillos.

Tirando del pequeño pomo de la puerta, su imagen desapareció para dejar al aire las entrañas del armario. Eligió su atuendo con cuidado y esmero de la parte izquierda. Su ropa, en su gran mayoría negra, estaba pulcramente colocada. James y él utilizaban tallas muy diferentes, naturalmente, y ese era el motivo por el que no era recomendable mezclarlas. Prestó atención por un solo instante a la parte derecha, James debería aprender a vestirse mejor. Aunque fuera cura, todo varón debería cuidar su imagen, particularmente cuando se tiene tan cerca a tantas vírgenes, rió con ganas.

-Aparte de un buen físico, algo de lo que James carece –reflexionó en voz alta y riendo interiormente –Hola James, estás ahí? –se carcajeó- supongo que sí, debes estar en alguna parte ¿verdad? –preguntó al espejo con voz de falsete cuando al cerrar la puerta del armario volvió a mostrar su reflejo- sé que para ti soy un coñazo James, pero ¿qué le vamos a hacer? –hizo una mueca entornando los ojos- Al fin y al cabo, en cierto modo somos la misma persona. Soy… como tu parte oscura James. Tus deseos reprimidos y tus anhelos más ocultos –prosiguió con voz seductora acercándose más al espejo-. Deberías ser más abierto James, dejarte llevar, dar la espalda a esos conceptos arcaicos e hipócritas de la gente que te rodea. ¡Bah! Ricachones hablando de
humildad, menuda pandilla de imbéciles. ¿Quién sabe? Quizá así te librarías de mí, mientras tanto… –se retiró un paso- resignación hermano –concluyó girándose hacia la cama donde había dejado la ropa.

Un pantalón de piel que se ajustó a sus muslos y apretado trasero y una camiseta, también negra y de manga corta que más que esconder marcó aún más el fuerte tórax, complementado con unas botas del mismo color, era la vestimenta perfecta para esa noche. Se observó admirativamente de nuevo en el espejo.
-Perfecto.
La noche le saludó cuando apareció en el vano de la puerta y sonrió de nuevo de aquella forma que le hacía parecer un animal peligroso. Y ciertamente así era, incluso su forma de caminar recordaba a los felinos acechando una presa.
Sabía perfectamente hacia donde ir. La última luna llena se había quedado con ganas de visitar aquel lugar.
Sus ojos se cruzaron con una mujer joven que hasta ese momento caminaba con paso rápido y seguro pero que lo hacía sin quitarle la vista de encima.
-Perdón –sonrió atractivamente- ¿podría facilitarme la hora?
-D… desde luego –acertó a decir, pero seguía con la mirada clavada en aquellos ojos verdes.
-Gracias –sonrió de nuevo.
Sabía perfectamente el efecto que producía en el sexo femenino, todo él había sido creado bajo esas pautas. Sonrió internamente pues aunque debería estar acostumbrado a todo aquello, sencillamente no era así sino que le encantaba. Disfrutaba proporcionando placer y naturalmente obteniéndolo.
Tanto su físico como su naturaleza lo pedía a gritos. Vivía, existía y se alimentaba tan sólo de placer, placer físico, terrenal y completamente desinhibido. Y el sexo era la forma perfecta de obtener todo eso.

Después de unos segundos que parecieron horas la mujer cayó en la cuenta de que el desconocido esperaba la contestación.
-¡Oh perdón! –exclamó azorada y mirando precipitadamente la redonda esfera de su reloj de
pulsera- Las once, las once en punto.
-Gracias de nuevo. Es usted muy amable…. y hermosa, señora. –el piropo arrancó un ligero sonrojo en la mujer- Cualidades maravillosas, sin duda su pareja estará tremendamente agradecida al cielo por su compañía. –un nuevo sonrojo iluminó el rostro de la fémina esta vez acompañada de una sonrisa.
-Gracias, pero no tengo pareja así que puede llamarme Rose si quiere.
-¡Imposible! ¿no tiene pareja? No puede ser que tan bella dama esté sola. –dijo relamiéndose internamente- Eso hay que remediarlo inmediatamente. ¿Puedo invitarla a tomar una copa? – preguntó olvidándose por completo de sus planes.
La joven no acaba de creerse que un hombre tan increíblemente atractivo la estuviera invitando a acompañarlo y lo miraba embobada y sin contestar.
Rose era una mujer joven, aunque poseedora de una cara que podría calificarse como agraciada, a sus treinta años tan sólo había disfrutado de alguna que otra relación esporádica y no completamente placentera, suponía debido a que su físico algo rellenito no era lo que la moda marcaba y por lo tanto los hombres, por lo general, pasaban de ella. No es que se sintiera fea o gorda, sencillamente no usaba una talla barbie. Pero aquel desconocido la estaba invitando a una copa ¿qué hacer? ¿debería fiarse? ¿sería un loco depravado? No, no podría serlo con ese rostro y ese cuerpo de infarto. Seguro que aquel tipo tenía todas las mujeres que quisiera. ¿Qué se suponía que debía contestar? Después de todo no tenía prisa. Vivía sola, nadie la esperaba y una proposición
recibida de un espécimen así no se recibía todos los días. ¡Qué demonios!
-Claro. Estaría encantada de acompañarle. –contestó componiendo una de sus mejores sonrisas.
-Maravilloso. –dijo tomándole una mano- Mi nombre es Héctor.- Entre las suyas, la mano de la mujer, se veía pequeña y manejable. “Tierna” pensó. Se la llevó a los labios y le besó en los nudillos lentamente, dejando que ella notara el calor de su boca.

La piel de Rose se erizó con el contacto cálido que rezumaba erotismo y humedad. Su imaginación voló pensando en cómo debía ser recibir otro tipo de caricias de aquel individuo. Jamás había pensado que un simple beso en la mano pudiera trastornarla tanto. Rió en su interior al darse cuenta que había calificado aquel gesto de simple, ya que el adjetivo casto era imposible de aplicar.
-¿Así que Rose verdad?. –paladeó el nombre de su acompañante por aquella noche- Hermoso nombre para una hermosa mujer –comentó Héctor sonriendo de aquella forma que recordaba a un lobo- ¿Y a qué se dedica Rose? –preguntó rodeando sus hombros con uno de sus poderosos brazos.
-¡Oh! Por favor, no me trate de usted.
-Tan sólo si tú haces lo mismo. –terció mirándola directamente a los ojos.
-Por supuesto… Héctor. –respondió con una tímida sonrisa.
Héctor sonrió satisfecho. Atrapar a aquel ratoncito había sido más fácil de lo que había imaginado. Siguieron caminando hasta llegar a un bar, que solía frecuentar. La mesas estaban rodeadas por sillones incrustados en finas paredes que daban a cada una su espacio íntimo y reservado. Era un Café famoso por sus precios casi privativos, pero era el lugar perfecto para las intenciones de Héctor. Éste, solícito, dejó que Rose se acomodara primero, ofreciéndole paso. Maravillosa fórmula antigua y cortés que en la actualidad había dejado de realizarse, pero que era la forma perfecta de asegurarse que la mujer se sentara exactamente donde él quería. Después él mismo tomó asiento justo a su lado. Había elegido el sitio nada más entrar en el recinto, sentados de aquella forma no podían ser vistos por nadie.
Después de que el mismo Héctor fuera a recoger sus pedidos, charlaron de diferentes temas. Héctor era el que siempre hacía las preguntas y Rose las contestaba, era la manera de sacar información sin ofrecerla y Rose se sentía maravillosamente bien, el centro de atención.
-Así que eres soltera, vives sola y te dedicas prácticamente las veinticuatro horas del día a resolver asuntos ajenos. –comentó mientras pasaba un brazo sobre sus hombros como casualmente.
-Sí, prácticamente así es.
-¿Y que hay de las relaciones, podíamos llamarlas… sociales?
-¿A qué te refieres?
-No seas tímida Rose, -dijo poniendo los ojos en blanco- ya sabes a lo que me refiero. Me refiero a que eres una mujer muy atractiva. Aunque no tengas novio supongo que debes tener cierto… éxito entre los hombres, al menos todos aquellos que tengan ojos en la cara.
Rose tardó unos instantes en contestar. No le gustaba admitir delante de nadie que sus relaciones sociales, como él las llamaba, no eran precisamente de buena calidad y mucho menos de cantidad. Pero por alguna extraña razón, se sentía cómoda hablando con aquel tipo. Cómoda y atractiva. Lo miró de nuevo. Aquel hombre podía perder su tiempo con la mujer que le apeteciera en cualquier momento o situación de eso estaba segura, sin embargo, allí estaba, compartiendo mesa y tiempo con ella. Se sintió importante, atractiva y de alguna forma incluso deseada. Tenía una voz profunda y grave pero muy sugestiva, una voz que podía hechizar.
-La verdad es que no. No me parece que sea lo suficientemente atractiva como para atraer a nadie de esa forma.
-A mí me pareces muy atractiva. –dijo Héctor mientras jugueteaba con su pelo- Atractiva y deseable. Apetecible. –continuó mientras pasaba un dedo delicadamente por su cuello- Dime Rose ¿yo te parezco atractivo? –preguntó acercando su rostro al de ella y clavando sus verdes e inquisitivos ojos en los de la mujer. Rose podía oler su perfume, dulzón pero muy varonil y sintió como la cabeza le daba vueltas. Viendo que ésta tardaba en contestar prosiguió: -Me he dado cuenta como me miras Rose, sé que me deseas. No seas tímida. –dijo paseando su dedo índice por los labios de la joven. –No te reprimas Rose, tú no me conoces, yo apenas te conozco y probablemente jamás volveremos a vernos ¿qué sentido tiene ser tímidos Rose?
-Ninguno.
-Exactamente nena. Ninguno. –siguió paseando su dedo índice, acariciando levemente su mentón para después seguir por su cuello.
Rose estaba como en una nube. Si aquello era un sueño no quería despertar. Notaba como un remolino en su estómago, un remolino agradable y de ansiosa anticipación. Pequeños escalofríos le recorrían la piel y conseguían mantener sus pezones inflamados. ¡Dios mío! Tan solo le estaba tocando el cuello y ella estaba tan excitada que explotaría en cualquier momento.
Justo en ese instante Héctor se convenció de que estaba completamente a su merced y que había llegado la hora de jugar la carta definitiva. Se acercó lentamente, los escasos centímetros que los separaban fueron borrados poco a poco y posó sus ardientes labios sobre los de la mujer. Los rozó con los suyos propios con delicadeza y paciencia primero hasta que ésta, abandonada, cerró los ojos. Después poco a poco introdujo su lengua húmeda y caliente entre los labios de Rose, para acariciar con ella toda la extensión de su boca. Paladeó su interior lentamente para ir exigiendo más después. Utilizando la mano que aún mantenía en su nuca la apretó un poco más contra sí, consiguiendo la presión adecuada. La devoró por completo, bebiendo de ella el placer que ofrecía, entrelazando la lengua femenina con la suya, explorando y acariciando cada húmedo recoveco.
El remolino que sentía Rose en su interior acabó convirtiéndose en un torbellino y éste en un huracán. ¡Dios como besaba aquel desalmado! Jamás antes la habían besado así. ¿Que si le parecía atractivo? Aquel hombre era sencillamente letal. Con cada ataque de aquella agresiva lengua sentía como sus pezones se convertía en rocas, su piel cada vez más sensible respondía a cada leve roce, y su sexo se humedecía más y más mientras un agradable abandono se adueñaba de ella y debilitaba
los músculos de sus piernas.
Adivinando los pensamientos de la mujer, Héctor se apoderó de uno de sus pechos para martirizarlo en una caricia brutal pero muy placentera. Su boca abandonó los labios de la joven por un momento para dedicarse a mordisquear el lóbulo de su oreja.
-Eres hermosa Rose, tan hermosa que el mismo deseo se convierte en dolor –le susurró mientras
tomaba unas de sus manos y la colocaba entre sus piernas para que sintiera su excitación. -¿Lo ves
nena? Esto es por tí. Te deseo Rose y tú a mí, no puedes negármelo.
Aquel hombre estaba acabando con su cordura y para colmo por el bulto que notaba en la palma de su mano estaba tremendamente bien dotado. Desde luego que lo deseaba, en aquel momento su único pensamiento era conseguir apagar lo que Héctor no hacía más que encender. Ya no razonaba, su mente estaba ocupada totalmente por registrar cada una de las caricias de Héctor. Jamás había pensado que algo así pudiera pasarle a ella nunca. Jamás un hombre como aquel se había fijado en ella. Jamás antes, nadie la había besado de aquella forma, expresando sin palabras el deseo de su cuerpo. ¡Dios y lo hacía con maestría tal que no podía resistirse! Su cuerpo y su mente la traicionaban. Quería, no, más bien necesitaba que aquello siguiera hasta el final, sin pensar en las consecuencias, sin pensar en nada, solamente en el placer que obtenía. Sentirse viva, mujer y completamente deseada por una vez en su vida.
Héctor continuaba con sus caricias, besándola, manteniéndola en aquella vorágine de deseo, arrastrándola hasta el borde del abismo. Con la palma de su mano recorrió el muslo de la mujer, lentamente y en sentido ascendiente, por debajo de aquella formal falda negra que llevaba, hasta toparse con el pequeño encaje de unas braguitas. Coló sus investigadores dedos, y jugueteó con los suaves rizos de su sexo, incitándola a seguir más allá.
-Sí.
-¿Sí qué nena? Dímelo Rose. Quiero oírlo.
-Sí Hector, te deseo.
Entonces esos mismos dedos que hasta ese momento se había dedicado a enredarse entre el espeso bello, se cerraron en torno a la delicada prenda íntima como un gancho y de un tirón se las arrancó.
Rose dio un respingo ante la sorpresa y Héctor la recompensó con una de sus lobunas sonrisas para después lamerle los labios.
Rindiéndose ya por completo Rose entrelazó sus brazos alrededor del cuello de Héctor, hundiendo sus manos entre el espeso y sedoso cabello negro. De un empellón Héctor retiró un poco la mesa con los pies, y cogiendo a Rose por la cintura la colocó sobre sí a horcajadas. Ahora completamente abierta de piernas, Héctor tenía un mejor acceso a la calidez de Rose y la acarició dejando que sus jugos impregnaran sus dedos, recreándose en aquellos suaves pliegues que pedían a gritos ser
invadidos.
Rose gemía y cada gemido era absorbido por la sedienta boca de Héctor que seguía devorándola con avidez. La locura de la pasión desenfrenada se apoderó de ella cuando sintió los largos dedos de Héctor acariciándola tan íntimamente y con más rapidez que maestría desabotonó y bajó la cremallera de su pantalón, dejando al descubierto la rosada y brillante punta de su sexo erecto. Sin saber exactamente qué hacer lo tomó entre sus manos y lo acarició rítmicamente todo lo que la
abertura del pantalón permitía.
-Sí nena –susurraba Héctor contra su boca- así me gusta.
Héctor notó que Rose tenía el clítoris tan inflamado que casi podía sentirlo palpitar contra sus dedos y diabólicamente lo martirizó aún más, acariciándolo suavemente con pequeños toquecitos en el centro. Los fluidos de Rose le indicaron que estaba a punto de tener un orgasmo, aquella mujer no aguantaría mucho más así que tomándola por las nalgas la colocó sobre su duro tallo y dejó que fuera ella la que se empalara en él. Sintió la conocida presión alrededor de su verga, el calor del terciopelo rojo intenso que le rodeaba. Rose estaba totalmente concentrada en la nebulosa de placer
que le arrasaba los sentidos.
-¡Oh nena! Eres deliciosamente estrecha, apenas quepo dentro de tí.
Ayudada por una de las fuertes manos de Héctor, comenzó a moverse rítmicamente, arriba y abajo, sintiendo como poco a poco el sexo de Héctor se adentraba más y más en su interior. No se había equivocado aquel hombre era un superdotado. Notaba como la punta del sexo masculino llegaba hasta el final, acariciándola en toda su extensión, caliente y húmeda, quemándola con su dura exigencia. Con la otra mano, Héctor, se dedicaba a rodearle los pechos en una apretada caricia
mientras pellizcaba suavemente los doloridos pezones. Su placer ascendió aún más, notó los primeros espasmos en aquella caliente zona mientras un escalofrío eléctrico le recorría la columna y clavaba las uñas en los hombros de Héctor.
-Sí nena, canta para mí.
Comenzó a jadear por el imparable orgasmo que sentía, un placer increíble que jamás había gozado con ningún hombre. Recordó donde estaba y no le importó en absoluto. Estaba completamente ida, maravillosamente desinhibida. Sintió como Héctor abandonaba sus pechos para tomarla de nuevo por el cuello y acercarla a su hombro, aquel hombro fuerte y poderoso y no reprimió sus ganas de hincarle los dientes, mientras oía como Héctor llegaba a su propia crisis y la recompensaba con sus propios jadeos clavándole los dedos en las nalgas. Los espasmos de placer fueron intensos y
arrolladores aumentado por el conocimiento de que se encontraban en un lugar público. Le recorrió todo el cuerpo como una liberación de su alma dejando atrás todo recuerdo de relaciones pasadas
para quedar tan solo la placentera realidad del presente.
Después exhausta dejó caer la cabeza en el hueco del hombro de Héctor que sin ser visto por su
acompañante, sonreía satisfecho.
-Deberías estar prohibido Héctor.
CAPITULO 3
Despertó completamente desnudo sobre la blanquísima sábana de su habitación. Aturdido todavía y con el cuerpo completamente dolorido, James notó que sujetaba algo entre los dedos de su mano izquierda e intentó levantarla para averiguar qué era aquello. Con los ojos todavía medio entrecerrados intentó enfocar algo que reconoció por el tacto como un pedazo de tela. Cuando por fin sus sentidos se afinaron lo suficiente y pudo ver que lo que sujetaba era la parte de abajo de un
conjunto de ropa interior femenina, lo lanzó airado lo más lejos posible de él.
Aquello tenía que acabar o simplemente se volvería loco. No podía saber de forma alguna qué había o qué no había hecho durante las noches de luna llena cuando su alter ego se adueñaba de su cuerpo, de su alma y de su mente. Aunque de lo que no tenía duda era que aquel ser diabólico tenía especial predilección por el sexo. Incluso alguna vez mientras duraba la eucaristía dominical, un rostro femenino de entre sus feligresas le había hecho recordar como si de un rápido flash se tratara
alguna imagen no demasiado clara aunque innegablemente cargada de erotismo.
Aquellos cambios se habían comenzado a producir durante su adolescencia, por lo tanto no había nacido con ello. Por eso desde hacía ya varios meses había comenzado a investigar y aquella misma mañana recibiría en el correo la confirmación de sus investigaciones.
Dejó el lecho e intentó por todos los medios no mirar hacia el rincón donde había caído la pecaminosa prenda. Tomó del armario lo que necesitaba para cubrir pudorosamente el cuerpo desnudo y se encaminó al aseo para una rápida ducha.
Una vez aseado y correctamente vestido dedicó un tiempo para la oración con la intención de poder lavar también los pecados que su cuerpo deformado hubiera podido cometer. Tomó un ligero almuerzo compuesto básicamente de cereales y lácteos y bajó hasta el buzón para recoger el correo.
Mientras se encaminaba de nuevo hacia su pequeño apartamento pasó un sobre tas otro hasta encontrar el que esperaba.
Despegó pacientemente y con especial cuidado el lacre de cera roja con el santísimo sello y extrajo la nota. Leyó.
“Efectivamente y como sus investigaciones apuntaban, su verdadero nombre es Laster”.
Con una sonrisa de alivio y satisfacción se dirigió al teléfono para realizar la llamada que conseguiría darle acceso al conocimiento que le permitiría acabar con aquella aberración. Tras apartar a un lado un pedazo de recorte de un diario que no recordaba haber dejado allí, marcó el
número correspondiente.
Una nueva luna y de nuevo la vida. Permaneció aún sentado en el sillón donde James solía acomodarse para darle la bienvenida. Suspiró pensando en Rose, la mujer que había conquistado la noche anterior. Qué buena conquista había resultado ser. Reconoció que le había costado un poco llevarla a su terreno, que incluso hubo un momento en que pensó que rechazaría la oferta pero mereció la pena. Fue un gran descubrimiento hacer que se abriera a él de aquella forma, un descubrimiento tremendamente placentero. Rememoró cada una de aquellas curvas y la satisfacción que sintió cuando notó que Roce se abandonaba completamente a su orgasmo incluso en un sitio público. Aquel pensamiento le provocó una terrible erección y volvió a sonreír satisfecho. Su cuerpo era como una máquina perfectamente engrasada que respondía a cada leve síntoma de excitación sexual. Sí, había sido un buen encuentro. Una bella y sensual boca, unos pechos magníficamente llenos y duros coronados por hermosos pezones rosados y un sexo húmedo yhambriento, suave y caliente. Su miembro se endureció aún más con aquella alusión mental al
cuerpo de Rose, y sin pensarlo dos veces comenzó a infringirse rítmicas caricias que enseguida lo envolvieron en un aura de placer. Corrientes eléctricas comenzaron a recorrerle el cuerpo a la vez que aparecía en la brillante punta de su verga una gotita transparente que predecía el final. Pero él quería más. La masturbación era un arte que pocos dominaban. El placer total consistía en avanzar para luego retener. Relajó la presión que ejercía con su mano alrededor del satinado tallo y recogió
con el dedo pulgar aquella pequeña gotita. Lentamente, acariciando suavemente el rosado glande que respondió enviando placenteros espasmos que se enraizaron en su columna vertebral. Volvió a envolver el duro y atormentado miembro con su mano, fuertemente, ejerciendo la presión deseada, aquella que le recordaba a la estrecha cavidad de Rose y continuó acariciándose hasta que no pudo desoír las llamadas de autosatisfacción de su cuerpo. El placer era intenso pues nadie mejor que él para saber lo que deseaba en cada momento. Siguió con los movimientos, aumentándolos cuando notó que sus testículos comenzaban a encogerse y se corrió lanzando la cabeza hacia atrás. De su garganta emergió un rugido seguido de un ronco gemido a la vez que de su miembro fluía el
blanquecino líquido vital.
¿Que pecaba de orgullo? ¿Y qué importaba? Él estaba por encima de todo eso, después de todo no
era un ser corriente.
-Sí James, –habló de nuevo con su otro yo- así es. ¿Ves? hasta una mojigata puede llegar a
convertirse en una verdadera amante completamente desinhibida. ¡Que polvazo James! Aplícate el
cuento, Carpe Noctem.
Rió pues sabía que la otra mitad estaría retorciéndose de represión. Así era James, no tenía su sentido del placer, mejor dicho, sí lo tenía pero lo ocultaba, y reprimía sus impulsos tras una larga sotana negra. Aunque a decir verdad, para James, si lo intentara, no debía resultarle tan fácil como a él. James tampoco tenía el extraordinario físico que él poseía. Más bien, él poseía dicho físico en parte debido a los deseos de James. Así es como le gustaría ser, como se veía a sí mismo en algún rincón oscuro de su pensamiento. Se lo imaginó pensando precisamente en eso y santiguándose a la vez, y la imagen le hizo romper de nuevo en escandalosas carcajadas.
Se levantó descuidadamente del sofá y pequeñas gotas de semen cayeron al suelo, las miró sin prestarles demasiada atención y siguió su camino hasta la ducha. Que se encargara James, rió secretamente por el diabólico pensamiento.
-¿Verdad que lo harás? Desde luego que sí, eres patético. –se contestó a sí mismo completamente convencido.
Abrió el grifo y penetró bajo la calidez del agua. Dejó que ésta le regara completamente, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos, relajando sus potentes músculos, recreándose en otro de los placeres mundanos. El líquido creó alegres y acariciadores riachuelos por su cuerpo, dibujando su
contorno para converger en el negro bello que coronaba su sexo.
Plenamente satisfecho con la ducha, salió del cuarto de baño envuelto precariamente en una blanca toalla que hacía resaltar aún más su bronceada piel, para dirigirse al dormitorio y elegir atuendo.
Escogió unos pantalones de pinzas de un color plateado tenuemente brillante y una camisa negra de cuyo cuello dejó abiertos los primeros botones. Jamás se recogía el pelo, le encantaba el aire peligroso y ferozmente atractivo que le daba a su rostro. Unos zapatos negros sin florituras conformó perfectamente, su vestimenta de aquella noche.
Se giró para admirarse detenidamente frente al espejo. Convino que estaba magníficamente
preparado y salió al encuentro de la noche.
CAPITULO 4
Como fuera que la luna anterior no había llegado a ir al lugar que tenía pensado, encaminó sus
pasos directamente para llevar a cabo su propósito.
Llegó sin dificultad a la estación de autobuses que le llevaría a la zona donde se encontraba el local y se acercó a las taquillas para obtener el ticket de viaje. Después sin más ceremonias aguardó religiosamente su turno en la cola de viajeros que había frente al poste del autobús noctámbulo N-69. Rió por lo bajo por la ironía.
Paseó su mirada por cada uno de los personajes, a cual más variopinto. Era impresionante como la noche, cambiaba a las personas y no solamente a James, en el sentido más literal de la frase. La Luna daba cabida bajo ella a millones de seres extraños que llevaban una vida muy diferente a la diurna, y por lo general, más acorde con sus verdaderos deseos. Seguro que cada uno tenía su propia historia, a saber cual más interesante y retorcida.
Su mirada recayó sobre la mujer que le precedía en la fila. Aunque no podía verle el rostro, por su físico calculó que debía contar con unos 35 años aproximadamente. Iba ataviada impecablemente con un vestido de tirantes color vino que se ajustaba deliciosamente a sus curvas. Una melena negra, larga y rizada, caía en cascada por su espalda, rozando con sus puntas el principio de un trasero prieto. Las piernas largas y hermosas terminaban en unos zapatos de tacón altos del mismo tono que el vestido. ¿Qué historia o secretos guardaría?
Cómo si la mujer hubiera notado su exhaustivo escrutinio volvió la cabeza para mirarle ligeramente. Héctor interceptó unos ojos color miel y captó una mirada de apreciativa aceptación, en la que le pareció entrever incluso deseo y a la que él correspondió con una pícara y atractiva sonrisa.
-Da gusto ver que todavía y a estas horas hay personas que mantienen los cánones de elegancia –le
felicitó ella.
-Gracias.
-Me pregunto si su sastre tan solo toca la vestimenta masculina, me gustaría que me facilitara su
dirección.
-No creo que lo necesite –contestó Héctor eludiendo contestar aquella pregunta. Él encargaba sus
ropas a través de una nota donde explicaba claramente lo que necesitaba y que dejaba a James, en
realidad era el sastre de James el que sin hacer preguntas realizaba los pedidos diligentemente-. Está
claro que su profesional también realiza su trabajo a la perfección.
-Gracias me alegra que le guste lo que ve –contestó la fémina con voz sensual-. Pero era simple
información profesional. Me dedico a esta rama de los negocios.
Héctor captó enseguida una posibilidad de llevarla a su terreno y sintió una punzada de excitación
ante tal idea. Desde luego tenía muy claro que aquella mujer no sólo estaba interesada en su ropa.
Su dorada mirada no dejaba de acariciarle el cuerpo de arriba abajo.
-En ese caso. Estaría encantado de facilitarle los datos que guste siempre que acepte tomar una copa
conmigo –volvió a sonreír alzando una ceja.
-Nada de eso –contestó la mujer con voz suave- yo le invitaré, mi oficina está aquí cerca. –continuó
mientras se humedecía ligeramente los labios-. Si quiere acompañarme, allí podré tomar las notas
que me ofrece y hacer las gestiones pertinentes para ponerme en contacto con él, mientras tomamos
algo ¿qué le parece? Por cierto mi nombre es Alexia.
-Yo soy Héctor, será un verdadero placer acompañarla. –Desde luego que lo sería, él se encargaría
de que así fuera y ahora tenía claro que ella también lo haría. Lo demás podía esperar a otro
momento. En su naturaleza no entraba la posibilidad de no aceptar algo que se le ofrecía tan
fácilmente, además la mujer era exquisita.
Mientras caminaban no dijeron ni una sola palabra más. Héctor tenía muy presente qué tipo de
hembra le acompañaba. Durante mucho tiempo se había topado con mujeres así, tan ávidas como él
por obtener placer. Sabía sin lugar a dudas lo que ocurriría en aquella oficina y sintió como su
miembro se erguía ante la anticipación de lo que estaba por venir.
No le había mentido. Enseguida llegaron a su destino. De su pequeño bolso de mano extrajo una
llave y la introdujo en la cerradura. Debido al nivel de excitación que en aquel momento le poseía, a
Héctor aquel gesto se le antojó endemoniadamente erótico.
-Sígueme –le dijo Alexia.
Lo condujo por una serie de laberínticos y desabitados pasillos, mientras delante de él, su larga
melena se mecía al compás de sus caderas que se contoneaban exóticamente. Notó como la palma
de sus manos ya ardían casi tanto como su verga, por la necesidad de tocar aquellas curvas. Con
aquellos movimientos de pasos seguros, ella le estaba seduciendo y eso le agradó sobremanera.
Sabía que debía estar tan excitada como él y casi pudo oler el dulzón y picante aroma del sexo
femenino.
Nada más traspasar la última puerta y sabiendo de antemano que no sería rechazado, la sujetó por
un brazo y tiró de ella fuertemente. Sus pechos chocaron contra el potente tórax. Sus miradas se
cruzaron destilando un deseo incontrolable y sus bocas se encontraron rápidamente. Sedientos y
ávidos de deseo los labios de ambos juguetearon y se mordieron hasta casi el dolor. Las ansiosas
lenguas se entrelazaron en una intrincada lucha por el poder, ahondando y explorando cada rincón,
mientras pugnaban por respirar.
Héctor clavó sus dedos en el duro trasero de Alexia y la apretó contra sí. La dureza del masculino
sexo se clavó en el bajo vientre de la mujer que gimió internamente y se apretó contra él un poco
más, haciendo que Héctor sintiera un estremecimiento de placer insatisfecho.
-Mmmm, estás bien dotado. –susurró con voz ronca y anhelante- prometedor.
-Te gustan grandes ¿eh?
Alexia enterró sus manos entre la espesa melena del hombre mientras hundía de nuevo su lengua en
aquella cavidad húmeda y placentera respondiendo con aquel gesto afirmativamente.
Las manos de Héctor subieron por la hermosa espalda femenina hasta encontrar el principio de la
cremallera que cerraba el vestido y la bajó sin más ceremonias para después ir en busca de los finos
tirantes, mientras que Alexia le devoraba ya la piel expuesta de su pecho y conseguía deshacerse de
la camisa masculina.
La mujer se giró, momento en que el vestido cayó a sus pies, dejándola completamente desnuda
excepto por los finos zapatos de tacón, después se acercó a él de espaldas para recostarse contra el
cuerpo deHéctor, acariciando apretadamente su trasero contra la dura verga de éste. Con un rugido
de aceptación frente a la ausencia de ropa interior y el íntimo gesto que despertaba en él su lado más
salvaje, la rodeó con los brazos, uno para estrujarle un pecho posesivamente y el otro para enterrar
la mano entre el pequeño triangulo de negro bello, mientras clavaba sus dientes en el hueco de su
hombro.
Alexia dejó escapar un placentero gemido al notar la perfecta dentadura del hombre rasgándole la
delicada piel a la vez que sentía la presión en uno de sus pezones que Héctor infringía entre dos
dedos y echando los brazos hacia atrás logró colarlas entre ellos para tratar de desabrocharle los
pantalones y liberar así la potente y dura verga de su acompañante.
Él adivinó sus intenciones y adelantándose al movimiento de Alexia, la empujó rápidamente hasta
el escritorio más próximo, colocándole una mano fuertemente sobre la espalda para mantenerla así.
A Alexia, aquella acción brusca más que enfurecerla, acrecentó su deseo. Por fin, había encontrado
alguien a su altura, alguien que comprendía y ponía en práctica el nivel sexual que ella siempre
buscaba y trataba de obtener aunque con un resultado anodino en todas sus relaciones debido a que
sus acompañantes varones, obnubilados por su belleza trataban de impresionarla con suaves y
delicados placeres obviando que así le gustaría ser tratada. Naturalmente ella no les daba una
segunda oportunidad. Su naturaleza salvaje necesitaba un encuentro más primario, más animal y
sonrió con perversa satisfacción y anhelante anticipación mientras notaba como la fría superficie de
la mesa se calentaba rápidamente con el contacto de su piel.
Héctor se deshizo del resto de su ropa y la abandonó en el suelo olvidándose de ella en el mismo
acto. Sin apartar ni por un instante la mano de la tersa espalda de la mujer, que la mantenía en la
posición que él deseaba, se acuclilló para tener el sexo femenino a su entera disposición.
-¿Esto te gusta eh zorrita? –formuló la pregunta sin esperar respuesta. –No hace falta que digas
nada, tu sexo responde a mi pregunta silenciosamente. Se ve brillante, húmedo e hinchado.
Esperándome, deseando ser invadido.
-Oh sí, fóllame, méteme la polla hasta que me duela.
-Tranquila mala pécora –se carcajeó- vas demasiado deprisa, todo a su debido tiempo –sonrió
pícaramente mientras paseaba la punta de uno de sus dedos desde el tobillo de la mujer hacia arriba,
hacia el lugar que irradiaba calor. –Lo haré, pero sólo cuando formules la petición entre gritos de
deseo, –siguió con su avance trazando un círculo en el sensitivo lugar detrás de las rodillas– sólo
cuando casi no seas capaz de articular las palabras necesarias para hacerlo, -siguió acariciando la
parte interna de los largos y torneados muslos sintiendo como la piel se erizaba a su paso- sólo
cuando los jadeos de placer te impidan casi respirar, -se acercaba inexorablemente a aquella cavidad
suavemente aterciopelada rodeada por negros rizos, que le tentaba irremediablemente –sólo
cuando…- hundió dos dedos dentro de ella arrancándole ya un lastimoso gemido- me lo supliques
con cada centímetro de tu cuerpo.
Comenzó entonces un ritmo lento, pausado, alternando las caricias con pequeños toques allí donde
los mojados pliegues se unían. Alexia disfrutó de cada pequeño embate. No se resistió y se relajó
para acaparar cada una de las sensaciones que le producía aquella anhelada experiencia. Héctor
continuó con los movimientos, penetraba con su dedo hasta donde su longitud le permitía para
retroceder después lentamente hasta desenterrarlo del todo y contornear el pequeño botón de placer
de Alexia. El clítoris estaba duro y erguido, como su propio sexo, brillante por la tensión de la piel,
pugnando por ser atendido. Unos pequeños golpecitos y esta vez introdujo dos dedos dentro de la
mujer. Por dentro la sintió arder y ávido de probarla paseó la lengua por sus propios labios,
humedeciéndolos para el banquete.
Con los dientes mordisqueó las caderas de la mujer adaptándose al movimiento que ésta ejercía en la búsqueda continuada de los dedos que él le ofrecía. Siguió raspando con sus dientes suave y sensualmente los duros y perfectamente redondeados glúteos de Alexia, cada vez apretando un poco más, tomando en cada bocado una porción más de bronceada carne hasta que llegó al final de su columna y al centro de su trasero, donde comenzaba la hermosa abertura que escondía su sexo. Sólo entonces retiró los dedos y un pequeño quejido de inconformismo escapó de los labios femeninos.
Héctor volvió a humedecerse los labios y acto seguido paseó la punta de su lengua por la abertura sexual de Alexia que jadeó placenteramente y arqueó su columna todo lo que pudo para ofrecerle un acceso más fácil. Sus largas y hermosas piernas formando una uve invertida perfecta y en el centro de esa uve, el goloso festín de Héctor. Sediento de aquel dulce y picante licor que lo inundaba, se lanzó gozoso para embriagarse con su sabor, adueñándose del montículo que lo coronaba y succionándolo entre sus labios. Alexia gritó de placer pidiendo más. Héctor dejó que su lengua jugara con cada pliegue, con cada rincón de aquel jugoso manjar de los dioses y se emborrachó de la esencia femenina. La penetró con la lengua, una, dos, tres veces para volver a mordisquear el clítoris. Alexia se retorcía alocadamente contra su boca, exigiendo que siguiera con aquella invasión, clamando por la satisfacción que cada oleada de placer le prometía, llegando al límite del orgasmo que Héctor no le ofrecía pues se retiraba cada vez que lo intuía.
Sólo entonces Alexia notó que la mano que la sujetaba había abandonado su puesto vigía y ahora la tomaba por las caderas, aprovechó la situación decidiendo que ella también quería jugar a aquel juego. Sin previo aviso, levantó una de sus piernas y la pasó rápidamente por encima del hombre quedando de frente, con él a sus pies. Aquella visión le produjo un inmenso placer que nada tenía que ver con lo físico. Enredó las manos en la larga y abundante cabellera masculina y lo instó a que se irguiera para situarlo, ahora ella con brusquedad, apoyado en la mesa. Se apoderó de su boca y pudo paladearse a sí misma, sintió el sabor almizcleño de su sexo en los labios y lengua de Héctor mezclado con el propio sabor del hombre.
Enredó aún más los dedos entre el pelo y tiró hacia atrás, consiguiendo una buena panorámica del poderoso cuerpo masculino.
-Eres impresionante, un auténtico espécimen en peligro de extinción.
-No imaginas cuanta razón tienes –rió Héctor ante la verdad que escondían esas palabras.
Alexia paseó sus ojos a lo largo de aquel hermoso hombre que tenía ante sí y la certeza de que lo tenía a su entera disposición hizo que un nuevo reguero de húmedo placer bañara su dilatado sexo mientras se relamía de anticipación. Lamió, mordisqueó y saboreó los potentes pectorales coronados por amarronados y puntiagudos pezones que succionó a voluntad, para más tarde dedicarse a los músculos del abdomen mientras notaba la punta del miembro varonil clavándose en sus senos y acariciándole todo el pecho y la garganta mientras ella emprendía el camino de bajada hacia el comienzo del rizado bello púbico. Atrapó entre sus dientes pequeñas porciones de piel mientras rodeaba la zona hasta hacerse con los testículos del hombre, que al contacto con los
blancos dientes se erizaron de excitación. Enmarcó la sensitiva zona con ambas manos, colocándolas extendidas a ambos lados y dio rápidos lametazos a la juguetona y rosada punta del miembro. Héctor siseó de placer dejando escapar el aire entre los apretados dientes. Con la lengua comenzó a rodear el bamboleante glande, alargando la caricia y el placer del hombre, mientras poco a poco cerraba la mano entorno al duro y satinado tallo para mantenerlo en la posición deseada. Con la punta de la lengua lamió desde el extremo hasta la base del miembro para después introducirse en la boca la bolsa de piel, la succionó sabiendo que eso le produciría muchísima satisfacción a su compañero y emprendió de nuevo el regreso para efectuar la misma acción, esta vez, a lo largo de todo el duro tallo. Ayudándose con la mano se apoderó del sexo masculino, introduciéndolo en su
boca y volviéndolo a sacar tan sólo para comenzar otra vez. Tan bien dotado estaba que ni aún así consiguió abarcar toda su longitud y se excitó aún más pensando en el momento en que la penetrara, mientras chupaba y lamía el miembro viril.
Héctor se deleitó con cada nuevo embate oral de la mujer, sintiendo como la lengua femenina acariciaba su dolorida y excitada lanza, dejando salir de su garganta gruñidos de intenso placer. Su zorrita, sabía lo que se hacía, sin duda tenía práctica en la felación y mientras gozaba de tan intenso placer su mente imaginó a aquella misma mujer haciendo lo mismo con otro hombre, imagen que lo excitó aún más. Si dejaba que aquello continuara acabaría corriéndose en su boca. La idea le pareció muy sugerente y la consideró por unos instantes pero recordando la promesa que le había hecho no podía dejarse llevar soltando todos sus diablos.
Aprovechando un momento en que Alexia paró en su incesante caricia, la tomó por la cabeza y la levantó.
-Mi turno –dijo.
La tumbó sobre la mesa frente a él, con el trasero en el mismísimo borde de la superficie y doblándole las rodillas, colocó sus pies a ambos lados para tenerla completamente abierta a él.
Usando su miembro como si de un puntero se tratara, dibujó con el cada uno de los recovecos del sexo de la mujer, acariciando cada rincón como anteriormente había hecho con la lengua, dando pequeños golpecitos con su verga en el brillante e inflamado clítoris, arrancando gemidos de placer de su compañera. Cuando los incesantes jadeos y la tensión de los músculos le indicaron que estaba de nuevo al límite de llegar a la cumbre, Héctor tan sólo se limitó a dejar la punta de su sexo en la entrada misma de la vagina, mientras con una mano atormentaba los pechos llenos de la mujer y la otra la dedicaba a acariciar la suave zona por debajo de aquella estrecha entrada al pasillo del éxtasis.
-No… –susurró Alexia entre jadeos mientras se retorcía deseosa de encontrar aquello que deseaba.
-¿No? –sonrió- ¿no qué?
-No…. te pares… ahora.
Héctor sabía perfectamente lo que pedía. Pero aquel juego de poder le gustaba especialmente. Y para hacerla sufrir un poco, más que para darle placer, accedió a la petición tan sólo por un momento. Introdujo su verga suave y lentamente, sintiendo como aquella ardiente y resbaladiza funda de terciopelo se ajustaba a él perfectamente centímetro a centímetro. La mujer tensó los dedos de las manos mientras cerraba los ojos y apretaba los dientes de puro placer. Más una vez dentro volvió a retirarse al punto de partida y esperó.
-Maldito cabrón –siseó Alexia completamente al borde de los nervios, por todos los diablos estaba apunto de estallar. – ¡Fóllame!
Lanzando una risotada, Héctor se hundió de nuevo en ella esta vez de una furiosa embestida y el grito de placer de Alexia llegó a sus oídos como cántico de sirenas. Tomándola por los muslos con una fuerte mano para afirmar mejor la posición, se enterró en ella una y otra vez, aumentando el ritmo gradualmente mientras que con el pulgar de la otra acariciaba el ya mortificado clítoris. Alexia movía su pelvis adaptándose al movimiento impuesto por el hombre, bailando así la antigua danza del placer mundano, sintiendo espasmos que nacían en los más profundo de su ser y subían por toda su columna hasta perderse en el abismo de su cerebro como un chisporroteo. Por fin el liberador orgasmo llegó a ellos, envolviéndolos al principio en calor, un calor líquido que los inflamó por completo hasta estallar en el despertar de un volcán.
Durante unos instantes tan solo las respiraciones agitadas fueran dueñas indiscutibles del lugar.
Poco a poco los latidos fueron recuperando el ritmo habitual y Héctor se retiró de Alexia para que pudiera incorporarse. Ésta levantó el cuerpo hasta conseguir apoyarse sobre las manos, dejó caer las piernas para cerrarlas lentamente sintiendo un pequeño pero placentero dolor en las ingles y miró a su acompañante con ojos de pura satisfacción. Héctor comprendió perfectamente aquella mirada y no pudo reprimir un sentimiento de orgullo masculino.
Tomó su ropa del montón abandonado en el suelo y comenzó a vestirse ante la atenta mirada de la mujer. Tan sólo cuando hubo acabado, Alexia se puso en pie a su lado y succionó ligeramente uno de sus pequeños pezones para después tomar su propio vestido y colocárselo por la cabeza
rápidamente.
-¿Qué hay de esa copa? –preguntó Héctor- Vayamos, yo invito.
-De acuerdo.
CAPITULO 5
Eligió un pequeño club nocturno, poco frecuentado, donde se acomodaron uno frente al otro e
hicieron sus pedidos.
-Eres una mujer muy bella.
-Gracias –dijo Alexia moviendo aquellos sensuales labios.
-Y muy sexy.
-Tú tampoco te quedas corto.
-¿Tus encuentros sexuales siempre son así?
-¿A qué te refieres?
-Vamos no te hagas la tonta, sé qué te ocurre y lo incómodo que resulta. El rollo que soltaste acerca
de que te facilitara la dirección de mi sastre estuvo muy bien. Aplaudo la inventiva en una mujer.
Supongo que encontrar un macho que te sacie no debe ser trabajo fácil.
-¡Ahhh! –suspiró satisfecha- pero tú lo has hecho muy bien. –prosiguió mientras con el pie descalzo
acariciaba la zona sexual de su acompañante por debajo de la mesa. –tanto que no me importaría
volver a probarte.
El íntimo gesto agradó sobremanera a Héctor que ya empezaba a reconocer en su cuerpo las
primeras señales inequívocas del deseo. El miembro respondió automáticamente endureciéndose y
provocándole un agradable cosquilleo en el bajo vientre.
-Sabes como excitar a un hombre. –aquel cumplido arrancó una sonrisa de orgullo a Alexia- Creo
que me correré aquí mismo –le susurró.
-Que desperdicio ¡Dios no quiera que ocurra! –sonrió ella pícaramente.
-Creo que Dios no tiene nada que ver conmigo. Te espero en el servicio querida.
Alexia entendió y volvió a calzar el pie dentro del fino zapato mientras miraba como la imponente
figura de Héctor se dirigía hacia el pasillo donde se hallaban los aseos, clavando la mirada en el
estrecho y bien formado trasero.
Observando a su alrededor notó que nadie reparaba en su presencia y aprovechó la ocasión para seguirlo. El aseo masculino, alicatado en un tono azul eléctrico muy de moda, aparentaba estar desierto a excepción de Héctor que la esperaba apoyado en la puerta de entrada a uno de los compartimentos cerrados, dispuestos uno al lado de otro.
Pero nada más lejos de la realidad. Héctor era consciente de que en el compartimiento de al lado había alguien. Intuía la presencia de otra persona, que debió recluirse allí cuando escuchó los pasos de la mujer. Podía haber conseguido hacerle salir antes de que Alexia hiciera su aparición pero simplemente el hecho de saber que alguien los oiría, le produjo un tremendo y oscuro placer que no deseaba negarse. Estaba seguro que el hombre permanecería allí escondido y disfrutaría tanto como él. La perversa naturaleza humana unida a la curiosidad insaciable lo mantendría encerrado en su escondrijo y sucumbiría a autosatisfacerse mientras los escuchaba gemir.
-Las damas primero. –le dijo mientras abría la puerta de uno y con un gesto de la mano le indicaba
que entrara.
-Gracias, eres todo un caballero. –le dijo Alexia pasando a su lado y rozándole el mentón con la
punta de sus dedos.
-Seguro que no todo el mundo opina lo mismo. –respondió sonriendo diabólicamente pensando en
su invitado y mientras cerraba la puerta a su espalda.
Alexia se apoderó de la sugerente boca de Héctor nada más se encontraron encerrados, hundiendo su lengua en él hasta el límite de su longitud. Héctor emitió un suave gemido de aceptación y respondió entrelazando la suya y apretando el cuerpo femenino contra su erección. Pasó sus manos por los costados de aquellas estupendas curvas para agarrar el final del vestido y fue alzándolo poco a poco hasta descubrir las caderas.
-¿Siempre andas por ahí sin bragas? –le preguntó con voz ronca en beneficio de aquel que los
escuchaba.
-Ajá –afirmó ella.
-Una costumbre deliciosa. –siseó pasándole la lengua por los labios, saboreándola.
-Y muy cómoda –sonrió ella mientras gozaba de los pequeños mordiscos que Héctor le daba en los
labios, queriendo atrapar ella también los suyos.
-Sin duda.
Alexia comenzó a manipular los pantalones del hombre para liberar la dura protuberancia que
amenazaba con hacerlos estallar.
Héctor hundió los dedos entre los muslos de la mujer, haciéndolos resbalar a lo largo de toda la
abertura.
-Con solo notar la humedad de tu entrepierna recuerdo su sabor –le susurró pero lo suficientemente
alto como para que el hombre escondido le oyera.
A esas alturas supuso que ya debía estar con la oreja pegada al fino panel que hacía la separación de
los aseos privados. Volvió a tomarla por las caderas con fuerza y la levantó para abrirla a él
apoyando la espalda de la mujer contra aquel mismo panel. Acabando él mismo de liberar su
dolorido sexo, lo clavó dentro de ella arrancándole un sonoro gemido. Alexia disfrutaba de aquellos
embates fuertes y rudos y en respuesta contrajo los músculos de la vagina para proporcionarle más
placer a su amante.
-¡Oh nena! Estaría así hasta el fin de los días. –dijo mientras salía y entraba del cuerpo de la mujer.
-¡Sí mi amor! –gimió Alexia- házmelo así, fuerte, déjate ir.
Héctor dio rienda suelta a todos sus demonios y la poseyó brutalmente, hundiendo su falo en ella con ferocidad mientras jadeos guturales llenaban la estancia, dando fe de la pasión incontrolada.
Notaba las manos de Alexia rodeándole fuertemente el cuello, amarrada a él, fundiéndose con su cuerpo con la misma intensidad animal, igualando el deseo de obtener el uno del otro el máximo placer sexual.
Alexia disfrutó con cada uno de los bestiales embates de Héctor dejando que el placer le recorriera
todo el cuerpo, sintiendo pequeñas descargas eléctricas en todas las terminaciones nerviosas.
Los jadeos se hicieron más entrecortados debido a la respiración agitada. El orgasmo la encontró por segunda vez aquella noche, arrebatador, demoliendo todo sentido de la realidad.
Héctor gozó de los espasmos musculares que recorrieron el cuerpo de Alexia, y que conseguían presionar todavía más su sexo dentro de ella, mientras oía disimulados, entrecortados y ahogados gemidos que provenían del compartimiento contiguo. Completamente orgulloso dejó que su propio climax le encontrara y con un rugido que podía atribuirse más a lo que realmente era que a un ser humano, se corrió satisfecho.

CAPITULO 6

Había pasado toda la mañana intentando mantener la mente ocupada y sobre todo rezando, orando por su alma inmortal si es que aún le quedaba alguna. Le pedía a Dios una y otra vez, un perdón por todas las abominaciones que aquel desalmado cometía con su cuerpo relegándole a él a algo incluso más horrendo que el olvido.
¿Cuantas veces se había preguntado, desde que aquello duraba, cómo de qué manera le había encontrado aquel Laster o Héctor o como demonios se llamara? ¿Habría sido un desafortunado giro del destino o simplemente alguna fechoría cometida contra Dios nuestro Señor sin ser consciente de ello? Aunque ahora, tenía la esperanza de poder encontrar la respuesta a aquella pregunta que le martirizaba y corroía continuamente.
Sentado en una erguida silla y con la Biblia entre las manos, lanzaba cortas pero abundantes miradas hacia la pequeña mesita auxiliar donde reposaba el teléfono y su reloj de pulsera alternativamente. Si no se daban prisa en llamarle no le daría tiempo de ir en busca de la información que le era tan vital y después volver antes de que su cuerpo cambiara.

-Vamos por Dios ¡suena! –murmuraba entre dientes mirando el aparato. Entonces algo que el día anterior había desechado como un pedazo de papel sin importancia volvió a captar su atención.
Se levantó siguiendo un impulso inexplicable, dejando la Biblia sobre la misma silla donde había estado sentado, y se acercó hasta la mesita auxiliar para recoger aquel recorte.
Era un pedazo de la hoja de un diario, una de las que incluían anuncios extravagantes e incluso escandalosos. Pero uno en particular había sido redondeado con una fina línea roja.
“Moon Light Sex Club. Ven a cumplir tus más oscuros deseos”.
Aquello era demasiado, pensó James, completamente airado. Incluso se permitía ahora el lujo de gastarse el poco dinero del que disponía para… oh, no quería ni pensarlo. Arrugó con furia el recorte y lo lanzó con la fuerza que le proporcionaba la rabia contenida durante años.
En aquel mismo instante como si Dios hubiera notado su ira, el teléfono sonó llamándolo al orden.
-¿Dígame?
-¿El sacerdote James?
-Sí, yo mismo.
-Usted ya sabe quién soy. No hacen falta más señas.
-Desde luego –asintió al teléfono reverentemente como si su interlocutor pudiera verlo.
-Suponemos que recibió la nota ¿es así?
-Desde luego, así fue. Precisamente por ello es de vital importancia que me permitan entrar en los
Archivos reservados.
-Créame que su solicitud ha sido muy discutida pero Dios está de su parte sin duda, tiene usted el
permiso de su excelentísimo.
-¡Oh! Gracias, gracias –repitió- Hágale llegar a su excelentísimo mi más sincera y eterna gratitud.
-Así lo haré.
Nada más cortar la comunicación, James se dirigió presto a la salida. No había razón para retardar
más la solución de todo aquello que le estaba destruyendo por dentro, si es que había alguna. Tenía
que saberlo. Si existía una sola posibilidad de poder escapar de aquella tortura debía intentarlo por
todos lo medios.
Bajó los escalones de dos en dos mientras miraba su reloj de pulsera e intentaba calcular de cuanto tiempo disponía, cuando por poco arrolla en su alocada carrera a una de las antiguas vecinas del edificio. Ésta, más sorprendida por la actitud del cura que por el encontronazo, se santiguó automáticamente varias veces mientras James, sin parar de correr le pedía mil perdones.

Volvió a dar gracias a Dios cuando al salir al exterior, vio un taxi libre que se acercaba y lo llamó con energía. El coche consiguió hacer la parada a unos dos metros de donde él se hallaba y James recorrió la distancia a toda velocidad. Mientras abría la puerta y se acomodaba dio la dirección deseada al conductor y este encogiéndose de hombros reanudó el camino, internándose en el tráfico de la ciudad. El interior del coche olía a tabaco y sudor, y James arrugó la nariz inconscientemente.

-Siempre pensé que aquella zona industrial estaba abandonada. –comentó el taxista que le miraba por el retrovisor.
-Sí, digamos que prácticamente así es –respondió James nervioso, no debía revelar más de lo
debido. Aquel emplazamiento de su orden era secreto y así debía seguir.
-¿Los caminos del señor son insondables? –preguntó el taxista con humor.
-Exacto. –respondió James.
Viendo que el sacerdote no era muy dado a la conversación, el conductor decidió dejar de intentar entablar con él un diálogo distendido y se limitó a realizar su función sin mediar palabra. James se sintió aliviado y agradecido por ello, las verdades a medias siempre le habían parecido mentiras.
Después de varios minutos que se le antojaron horas llegaron a su destino. James pagó religiosamente la factura y salió del vehículo sin esperar el cambio.
Esperó pacientemente delante de la nave aparentemente desierta, a que el taxista desapareciera de la vista antes de accionar el mecanismo de llamada oculto. A los pocos minutos una pequeña chapa corroída por el óxido se abrió hacia un lado haciendo un ruido muy desagradable. Un par de ojos grises aparecieron, mirando sin expresión.
-Soy el padre James.
La trampilla volvió a cerrarse emitiendo el mismo chirriante sonido y se escuchó como la persona que le había mirado con aquellos ojos casi desprovistos de color manipulaba una cerradura.
Por fin la puerta se abrió lo suficiente para que James pudiera entrar. Ante sí tenía a un monje cubierto por entero con una túnica de color incierto, debido al desgaste producido por el uso continuado, y que con las manos escondidas en las mangas opuestas y la cabeza gacha, comenzó a caminar delante de él. James sabía que no conseguiría información alguna por parte de aquel monje pues todos los que allí encontrara habían hecho voto de silencio.
Lo condujo a través de escaleras, siempre descendiendo, para después atravesar largos pasillos subterráneos y mal iluminados, donde el aire apenas era respirable.
Después de mucho caminar y de giros continuados, aquel largo pasadizo se abrió a una enorme sala excavada en la tierra hacía siglos y que albergaba los Archivos reservados.
Durante el trayecto en el taxi, había tratado de imaginar como sería aquella sala pero todas las posibles ideas no se acercaban en lo más mínimo a la realidad. La había imaginado bella, bien iluminada, con hermosas mesas talladas en maderas nobles, sin embargo, se encontró con una estancia basta y totalmente desprovista de adorno alguno. Las paredes eran la tierra que formaba aquel inmenso agujero. Las mesas no eran más que tablones con patas mal clavadas y que amenazaban con desplomarse. La iluminación estaba compuesta básicamente de velas que ardían desprendiendo un humo grisáceo que llenaba el ambiente mal ventilado, y que le hacían lagrimear
debido al escozor que le provocaba en los ojos.
El monje que le había conducido hasta allí, le miró y sin más se retiró a una de aquellas mesas.
James observó a su alrededor pero no vio ninguno más de ellos.
Decidido, se dirigió hacia un pequeño atril donde reposaba un enorme y viejo libro con las tapas de cuero ya cuarteado y algo gastado por el uso, suponiendo que sería el registro que le daría la clave
para dar con el archivo que le interesaba.
Pasó las hojas hasta dar con la letra L. Con su dedo índice pasó una por una cada línea escrita a
mano con una hermosa letra floreada, hasta encontrar la referencia al archivo y leyó: “Libro de los
Demonios: página 236. Entrada 4698”
Sin más dilación se encaminó hacia los estantes que contenían dichos libros y rápidamente localizó
el que le interesaba. Con mucho cuidado lo extrajo y lo colocó sobre una de las mesas. Las tapas,
realizadas en piel, mostraban unos grabados dorados haciendo florituras que a la luz de las velas
parecían tener vida. Tocando éstas tan sólo con dos de sus dedos, abrió el libro y buscó la página
indicada. Enseguida dio con la entrada 4698.
“Laster. Demonio errante de origen germano. Se apropia de las almas cándidas para aparecer vivo
las noches de Luna llena y se alimenta de placer terrenal.
Método de exortización y fórmula: Durante la transición, cuando el demonio comienza a
abandonar el cuerpo que ocupa, nunca antes, exortizar con la formula antigua, “En el nombre de
Dios, abandona este cuerpo y no vuelvas”. Así se hará carne”.
James, algo contrariado por la poca información recibida, leyó la entrada repetidas veces. Incluso
intentó buscar al azar alguna referencia más a aquel demonio en entradas posteriores, sin ningún
éxito.
Algo decepcionado volvió a cerrar el libro, esta vez sin demasiado cuidado y el ruido que produjo se le antojó una queja. Nada más hacerlo el monje volvió a acercársele para acompañarlo a la salida.
El aire del atardecer lo saludó y James agradeció aquella ligera brisa que despejó y aclaró sus ideas, infundiéndole valor. Decidió que si tan sólo aquella información tenía, debía ser suficiente para
conseguir sus propósitos.

CAPITULO 7

De nuevo James había elegido aquel sillón para darle la bienvenida a la Luna llena y por lo tanto a él. Había que reconocer que era un animal de costumbres. Se dirigió hacia al baño para tomar una ducha sin pensar en nada más que gozar del placer que le producía sentir el agua resbalar por su cuerpo. Como siempre, el aseo estaba completamente limpio y aceptablemente equipado, no desde luego como lo dejaba él.
Unos minutos más tarde entró en la habitación y observó que las braguitas que había robado a Rose permanecían, bien dobladas sobre una de las sillas que ocupaba un rincón.
-James, James, James –comentó sonriendo- el orden pudo más que tu repulsión. –y rió con ganas.
Rebuscó entre su ropa y eligió para aquella noche un vaquero lavado a la piedra y una camisa blanca de la que dejó abierta los primeros botones, mostrando así por la abertura parte de sus potentes pectorales.
Al cruzar la puerta saliendo de la habitación, le llamó la atención una pequeña bola de papel
abandonada cerca de la pared opuesta. Le extrañó aquel desliz frente a la obsesión por el orden y la
pulcritud de James y se acercó a curiosear.
Nada más dar los primeros pasos reconoció el pequeño papel arrugado.
-¿Qué te ha ocurrido James?¿Te molesta saber que gracias a mi te diviertes?
Todavía sonriendo mientras negaba con la cabeza se dirigió hacia la puerta. Una pequeña luz roja parpadeante en el teléfono le advirtió que había un mensaje en el contestador. La curiosidad pudo más que él y lo descolgó. Esperó unos segundos y comenzó la grabación.
-“Padre James. Soy el Padre Prior de la Orden de los Guardianes. Tan sólo quería informarle que teniendo en cuenta su insistencia en visitar los archivos referentes a Laster, lo más rápidamente posible, puede usted hacerlo esta misma tarde. Le estarán esperando”.
La ira que en aquel momento se apoderó de Héctor le impidió por unos segundos decir nada. Aquel
mequetrefe estaba metiendo las narices donde no le llamaban. Con las manos apretadas a los
costados y los puños tan cerrados que cada uno de los nudillos se tornaron blancos por la tensión
lanzó un rugido furioso que hubiera hecho temblar al más valiente de los hombres.
-¿Pero como te atreves James? ¿Acaso piensas que eres lo suficientemente fuerte para vencerme? –
gritó- ¿Qué te crees que eres James? ¿Te crees con suficientes pelotas para enfrentarte a mi? Eres un
mierda. Un colgado que ha llegado a creerse sus propias mentiras. ¡Dios nos salvará! –se mofó-
Vives en un mundo de fantasía James, no es real. No tienes ni idea de lo que estas haciendo y te
advierto que pagarás por tu osadía.
Una vez descargada temporalmente parte de su ira salió del apartamento dando un portazo. El
fresco aire nocturno le devolvió parte de su control y de su predisposición a buscar entretenimiento.
Recordó con evidente placer que aquella noche iría al lugar al que había intentado llegar sin éxito
por dos veces. Encaminó sus pasos de nuevo con el objetivo fijado en aquella parte del cuerpo que
rige el deseo.
El intermitente letrero rojo era prácticamente la única iluminación de aquella angosta callejuela. Le parecía increíble que aún en aquel siglo, las zonas donde la riqueza era evidente también hubiera un hueco considerable a la decadencia. Después de todo la predisposición humana parecía no avanzar a la par con la ciencia y la tecnología.
Aunque no vio individuo alguno en los alrededores. Supuso que el lugar estaría concurrido por la gran cantidad de coches, evidentemente caros, que habían aparcados cerca del local en cuestión.
Aún cuando el ser humano disponía de inconmensurables fuentes de satisfacción, le agradó saber que seguía buscando el summun de placer en la gloria del sexo.
Unas grandes puertas de cristal teñido de negro franqueaban la entrada. Posó su mano sobre la lisa y
fría chapa metálica atornillada al cristal y empujó con suavidad.
Entró dando un paso y dejando que la puerta volviera sola a su lugar. No vio a nadie. Una luz
ligeramente azulada iluminaba la recepción, y arrancaba pequeños destellos del mismo tono al
mobiliario, negro en su mayor parte, para después ir decreciendo en intensidad hasta casi
desaparecer por completo en el pasillo que comenzaba a su espalda.
-Bienvenido al Club Moon caballero –una seductora voz femenina le saludó desde atrás. Se giró
para contemplar a una estupenda mujer, elegantemente ataviada con un vestido negro de gasa
semitransparente y desprovista de cualquier prenda interior. – Soy Madam Boubie. Por favor,
acompáñeme.
La siguió por el pasillo deleitándose con el movimiento de su trasero mientras notaba como su
miembro se endurecía. Llegaron a una gran sala redonda, tenuemente iluminada aunque lo
suficiente para no perder detalle.
En las paredes que delimitaban la estancia, se habían construidos pequeños escenarios donde, parejas, tríos, e incluso grupos, practicaban juegos eróticos sin descanso para distracción del personal. Clientes de ambos sexos, que disfrutaban de la visión y de los placenteros gemidos que los protagonistas emitían y que no conseguían ser solapados por la suave música de fondo. Un mostrador central, rodeado de pequeñas mesas redondas y éstas a su vez de redondos sofás, habían sido pensados para que la visibilidad de aquellos escenarios fuera la mejor y no se limitara a solamente uno.
-¿Es la primera vez que nos visita? –le preguntó con curiosidad genuina. Lástima que especimenes
así no llegaran más a menudo, pensó.
-Efectivamente, así es. –contestó Héctor.
-Bien. –sonrió mirándolo enigmáticamente- Este es el área… social, por llamarlo así, si lo que busca
es tan sólo compañía y una copa.
-Ajá –la animó a seguir con una sonrisa.
-Y al final de la sala, justo al lado contrario de donde estamos ahora, encontrará la puerta que da
acceso a la zona de “privados”.
-Interesante y dígame Madam Boubie –dijo acercándose más a ella y pasando un poderoso brazo
por su cintura- ¿a usted en qué zona la encontraré?
-Parece un hombre de recursos. Seguro que se le ocurrirá algo.–le susurró, y el cálido aliento le
produjo una agradable sensación en la entrepierna.- Y ahora, si me disculpa.
La miró son ojos de depredador aún cuando volvía a sumergirse en la oscuridad del pasillo,
siguiendo el movimiento de las fantásticas curvas de aquella mujer. Una danza, sin duda estudiada,
para captar la atención del más despistado de los hombres y hechizarlo por completo.
Volvió a enfrentar la sala y sin más dilación se adentró en ella dirigiendo sus pasos hasta el
mostrador central. El camarero, solícito, se apresuró a presentarle la copa que había pedido para
después volver a sus quehaceres.
Apoyado en la barra y llevándose el pequeño vaso a los labios, los empapó en el dulce licor que
paladeó dejando que impregnara con su azucarado sabor toda su boca. La suave erección que había
comenzado en el pasillo siguió su curso con la visión de aquellos hermosos cuerpos que gozaban
del sexo en los públicos cubículos de la pared.
Cuerpos que se arqueaban en busca de satisfacción, rostros que reflejaban placer unos y tremenda frustración otros, pero sobre todo, jadeos y gemidos por doquier. Estaban pensados para toda clase de clientes. Entre ellos, había parejas femeninas, parejas masculinas, tríos donde predominaban mujeres u hombres, grupos semejando orgías. Y dentro de éstos, distintos niveles en la pugna por la búsqueda del éxtasis, englobando incluso el sado más exquisito, en algunos empleando materiales metálicos y otros con látigos y fustas de satinada piel. Animados por el ambiente, incluso se podía disfrutar de improvisadas escenas de sexo en los sofás, protagonizadas por los clientes que se habían dejado llevar por uno de los instintos más básicos.

CAPITULO 8

Aún con su copa en la mano optó por visitar la zona de “privados”. Cruzó la estancia hasta encontrar la puerta indicada y la traspasó para encontrarse de nuevo en un amplio pasillo enmoquetado, esta vez, algo más iluminado y decorado en tonos rojos y dorados. A ambos lados, se sucedían nuevas puertas. Al lado de cada una de ellas, un pequeño receptáculo de cristal transparente informaba sobre la accesibilidad según los deseos de los ocupantes. Así, se podía encontrar letreros con la leyenda “Completo” “Vacío” o “Acceso abierto”. Optó por dar a conocer su presencia abriendo una de las puertas de esta última categoría.

Un par de mujeres completamente desnudas, enfrentadas y arrodilladas sobre una cama en el centro de la habitación, se deshacían en caricias. Una pelirroja y una morena de cabello y piel, apenas
prestaron atención a la interrupción. Héctor las observó con evidente satisfacción y cerró la puerta
tras él después de girar el cartel a “Completo”.
Se acomodó en un cómodo sillón situado a un lado, para gozar del espectáculo que ambas hembras
ofrecían mientras terminaba su copa.
A medida que el licor disminuía, el deseo en él aumentaba ante la visión de aquellos dos bellos
cuerpos, acariciándose íntimamente. Las mujeres, sonriendo con malicia, se besaron entrelazando
las húmedas lenguas mientras frotaban delicadamente con una mano el sexo de la otra y con la
mano libre manoseaban sus pechos mientras lanzaban pícaras miradas hacia su silencioso
espectador.
Héctor brindó por ellas, levantando su copa y vaciándola de un trago. Cuando se inclinó para dejar
el vaso en el suelo, ambas mujeres fueron a su encuentro.
Desde atrás una de ellas le besó en la boca, buscando con la lengua cualquier gota de licor que
hubiera quedado adherida a sus labios.
-Soy Sophie –dijo después de saborearle.
Mientras la pelirroja, se dedicaba a introducir las manos por la abertura de su camisa y comenzaba a
desabotonarla.
-Yo soy Marie.
-Es un honor, más tarde seguramente será un placer –comentó Héctor con humor.
Entre ambas consiguieron hacer desaparecer la blanca prenda en poco tiempo, que cayó en el suelo
olvidada al instante.

En los ojos de sus acompañantes leyó el deseo que les producía la visión de su bien moldeado torso. Cuatro femeninas manos le acariciaron ávidamente cada uno de los fuertes músculos, mientras que las manos de Héctor comenzaban a conocer la piel de la bonita pelirroja que tenía delante. Ésta, delgada pero con acentuadas curvas le sonrió aceptando de buen grado las caricias masculinas mientras comenzaba a trabajar sobre el cierre de sus vaqueros.
Unos segundos más tarde, la hermosa y voluptuosa morena le indicaba con un pequeño empujón que se levantara, mientras que la otra, le tomaba de las manos para dirigirle a los pies de la cama. Allí, y entre las dos, terminaron de desvestirle, liberando así de su prisión la potente erección de Héctor, y ahogando una exclamación de placer ante la visión completa de aquel increíble cuerpo masculino.
Tumbándolo sobre la cama y colocándose una a cada lado, lo reverenciaron con caricias, besos y roces hasta que ya no distinguió entre las manos, las pieles o los cabellos. Lamieron, mordisquearon y pellizcaron a placer todas las zonas sensibles. Héctor se sentía completo, aquel lugar cumplía con las expectativas que se había creado.
Se sentía como un Dios pagano, pletórico y homenajeado. La dicha que sentía era como un afrodisíaco que le impelía a la necesidad de recibir cada vez más. Cada centímetro de su cuerpo se había convertido en un punto erógeno, cualquier leve toque le hacía estremecerse de placer. Las mujeres lo notaron y sonrieron satisfechas. Hector pensó que había llegado la hora de tomar el control de la situación y disfrutar impartiendo él las pautas.
Héctor miró a la morena y sonrió con aquella sonrisa felina que declaraba abiertamente sus intenciones y sin más preámbulos la tumbó sobre las sábanas. Sophie sonreía a sabiendas de que aquel hombre la cubriría sin más. Pero esa no era la idea que Héctor tenía en mente, primero deseaba disfrutar de aquellos hermosos y henchidos pechos. Colocándose a horcajadas sobre ella, los besó y lamió, succionó ambos pezones duros como pequeñas piedrecitas. Después, con ambas manos los envolvió y los acarició masajeándolos. Héctor cambió de posición, con la mujer debajo de su cuerpo, colocó sus rodillas algo más arriba, justo por debajo de los brazos femeninos y Sophie entendió enseguida lo que el hombre se proponía.

Ayudada de sus manos, juntó ambos senos en el centro de su pecho envolviendo con ellos el sexo
de Héctor. Éste contento por la rápida respuesta de la mujer comenzó a balancear su cuerpo,
entrando y saliendo de aquella improvisada funda. Sophie contemplaba su rostro con ojos vidriosos
por el deseo y levantando la cabeza, acarició con su lengua la huidiza punta del miembro masculino
que se escondía una y otra vez tras la barrera de sus senos. El placer que Héctor sintió fue
escandalosamente prohibido para mentes sensibles, pero para él, fue el más exquisito gozo creado
por la humanidad y se dejó llevar cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás.
Sintió que su crisis estaba cerca y colocando las manos a ambos lados de la cabeza de Sophie,
abandonó sus pechos para recorrer su cuerpo con la punta de su pene hasta llegar al sexo de la
mujer, donde se clavó de un fuerte empujón. Lo sintió palpitar, húmedo y abrasador a su alrededor y
allí dió rienda suelta a sus demonios con una potencia como la mujer jamás hubiera soñado. Los
gritos de placer de ambos no tardaron en hacerse patentes llenando la habitación.
Cuando su respiración se estabilizó lo suficiente y sin abandonar el cuerpo de Sophie clavó sus ojos
en la mujer de su izquierda, Marie, la preciosa pelirroja quién le devolvió la mirada cargada de
caliente expectativa.
Tomó uno de su pechos y chupó su pezón, tirando levemente hacia él mientras encaminaba una de
sus manos hacia el húmedo y resbaladizo sexo femenino. Con el dedo índice elevó la piel que
cubría el pequeño botón que escondía y comenzó a infringir suaves toquecitos con el pulgar hasta
conseguir que la protuberancia fuera tan evidente que ya no hizo falta sujetar el suave caparazón.
Hizo la caricia más extensa y trazando círculos a su alrededor, los gemidos le indicaron que Marie
gozaba plenamente. Con un brillo de malicia asomando a los masculinos ojos, introdujo la punta del
dedo índice en el estrecho agujero de su prieto trasero y la garganta de Marie comenzó a cantar el
más dulce de los sonetos guiada por la partitura que dibujaba su orgasmo.
Después se relajó sobre la cama con ambas mujeres a su lado que aún respiraban trabajosamente
pero Héctor aún no había terminado con ellas. Durante las dos noches anteriores había estado
reprimiendo el deseo de llegar a aquel lugar donde el sexo era la única ley.
Tomando a ambas por la nuca las acercó a él, la morena a su boca para besarla profundamente y la
pelirroja a su sexo para gozar de la humedad de sus labios en aquella ardiente zona. Saboreó el
interior de Sophie, enlazando su lengua con la de ella en un baile frenético, mientras sentía como
Marie trabajaba golosamente con su entrepierna. Héctor dedicó una de sus manos a acariciar el sexo
húmedo y caliente de la morena, introduciendo los dedos en su interior mientras ésta seguía
adentrando la lengua en su boca a la vez que emitía pequeños gemidos. Con la otra mano encerró
uno de los pechos de la pelirroja, que se encontraba su derecha y que en aquel momento introducía
el duro tallo envolviéndolo con la tersura y suavidad de sus labios.
Los jadeos de la voluptuosa fémina le indicaron que estaba apunto de entrar en su crisis y Héctor
retiró los dedos para evitarlo mientras que indicaba a la otra mujer que se irguiera un poco. Ambas
entendieron y cambiaron de posición.
Franqueándolo con sus piernas, la estupenda pelirroja se empaló en el brillante miembro y la
hermosa morena le ofreció la abertura de su sexo. Héctor comenzó a satisfacerlas a ambas a la vez,
paseando su lengua por los ardientes pliegues rosados de Sophie, saboreando la miel de su secreto
escondite, arrancándole gemidos de enloquecido placer, al tiempo que Marie cabalgaba
rítmicamente sobre sus caderas proporcionando a ambos placer sin límites, sintiendo dentro de ella
cada centímetro de duro deseo masculino.
La lujuria consiguió borrar de las mentes de los tres amantes cualquier pensamiento racional. Gritos
declarando satisfacción, jadeos y gemidos, se hacían ecos unos de otros, mientras se unían en el
ritual erótico que abrumaba los sentidos, aumentando el nivel de excitación hasta el borde mismo de
la locura. El común orgasmo llenó la habitación de éxtasis acústico, un canto antiguo como la tierra
que los dejó completamente exhaustos.
Dejó pasar unos minutos, las mujeres habían caído en un ligero y placentero sueño y aprovechó ese
momento para vestirse. Se dirigió silenciosamente hasta la puerta y lanzándoles un imaginario beso
salió sobradamente satisfecho. No cambió el cartel de nuevo, pensó que ellas mismas decidirían si
habían tenido suficiente, aunque imaginó que así habría sido y con una sonrisa dibujada en su
hermosa boca se encaminó hacia la puerta que delimitaba aquella área privada del resto del local.
CAPITULO 9
Miró su reloj de pulsera, faltaban aún varios minutos para la salida del sol. Estupendo, el tiempo
justo que necesitaba para dirigirse allí donde tenía pensado, James se llevaría una gran sorpresa,
pensó con perverso placer.
Antes de abandonar la mal iluminada callejuela se giró y echó otro vistazo al parpadeante letrero
rojo y sonrió mientras rememoraba los placeres de los que había gozado aquella noche que ya había
calificado como soberbia.
Cuando había traspasado la gran puerta maciza, en la sala social todo seguía más o menos igual que
lo había dejado a excepción de nuevas caras entre los clientes y nuevas e inquietantes exhibiciones
en los pequeños escenarios. Había descansado unos minutos en un taburete de la barra mientras
saboreaba una nueva copa de licor. Después, completamente repuesto, había cruzado la sala hasta
situarse de nuevo al comienzo del pasillo que llevaba a la salida. Como había calculado Madame
Boubie no tardó en hacer acto de presencia. Había sabido desde el principio que se sentía atraída
por él pero como regente del local no podía ofrecerse tan libremente, así que consideró que lo más
apropiado era demostrarle directamente sus intenciones. Sonrió recordando el diálogo que había
mantenido con la hermosa mujer.
-Le he visto salir de la zona privada. Espero que todo haya sido de su entera satisfacción.
-Indiscutiblemente así a sido. –le había contestado con una sonrisa enfrentando aquella enigmática
mirada.
-Perfecto. ¿Ya se marcha? –había preguntado ella con un deje de tristeza en la voz.
-¿Acaso tiene algo más que ofrecerme? –le había dicho rodeándola con un fuerte brazo por la
cintura y atrayéndola hacia él.
-Nunca se sabe. Siempre podría sorprenderle. – había comentó pícara notando la protuberancia del
sexo masculino.
-¿Porqué no lo intenta?
-¿Cree que sería prudente de dejara mi local sin atención sólo para pasar unos minutos con usted?
-Su trabajo nada tiene que ver con la prudencia ¿no es así?
-Ciertamente así es. ¿Pero cree que después de haber sucumbido a los placeres terrenales en la zona
privada aún le quedan fuerzas para enfrentar un nuevo encuentro? ¿Me pide que abandone mi
puesto por gozar de ciertas atenciones que ya han sido satisfechas según usted “indiscutiblemente”?
¿Tanto se valora? –aunque el duro bulto que notaba apretado contra su bajo vientre era la respuesta
sobrada a tantas cuestiones.
Recordó que, tras una casi imperceptible puerta detrás de la recepción, entraron a un pequeño
almacén de bebidas. Nada más volver a cerrar, Héctor había tomado a la Madame por detrás y había
estrujado los pechos de la mujer con brusquedad.
-Desde que te vi entrar supe que eras especial.
-No imaginas cuanto –le había dicho introduciéndole la lengua en el oído para después
mordisquearle el cuello.
Habían mantenido un encuentro rápido y casi violento, al nivel que los dos habían buscado y
deseado. Se estremeció de nuevo recordando lo que aquella mujer conseguía hacer con su boca y
sintiendo una ligera reminiscencia del sabor femenino en la suya se relamió de gusto. Sonrió ante la
respuesta que él le había dado después, hundiéndose en ella bruscamente, sin darle ocasión a más
juegos, llegando hasta el final de su más escondido rincón, la había poseído brutalmente y ella había
gozado gritando su nombre y clavándole las uñas en su trasero.
-Desde luego ha sido soberbia –recalcó entre murmullos –Aunque tú no lo apruebes –dijo
dirigiéndose a su eterno compañero- Que forma más tonta de acercarse a Dios, James. Negarte a ti
mismo la perfecta comunión entre un hombre y una mujer. La verdad, jamás he entendido esta
beatífica posición tuya, sobretodo conociéndote como te conozco, y si quieres que sea sincero…
creo que Dios tampoco. ¿Acaso no fue Jesús, su hijo el que dijo, amaos los unos a los otros? –
terminó riendo a carcajadas.
El taxi le dejó cerca de la zona industrial, en la falda de la montaña a la que él se dirigía. Caminó
durante un buen tramo a paso decidido, ascendiendo hasta dejar atrás cualquier rastro de
civilización. El manto de oscuridad que cubría el cielo ya había empezado a retirarse para dejar
paso a cierta luminosidad. En unos pocos minutos aparecerían por el horizonte los primeros rayos
anaranjados y brillantes. Casi era el momento y Héctor así lo esperaba.
Cuando llegó a la cima de la montaña aún avanzó unos cuantos pasos más hasta situarse justo en el
medio de la pequeña explanada. No sabía muy bien qué esperar, la última vez que intentaron acabar
con él no había sido de aquella forma. No había sido desde el mismo cuerpo sino otro el que lo
instó a abandonar el que poseía. Además el sanador de almas era un novato recién salido del cubil y
no conocía las antiguas formulas. De aquella pudo escapar. No es que tuviese miedo, James no era
tan fuerte como él, de eso estaba seguro.
Por lo general enfrentaba la transformación dormido y pasaba el trance sin notarlo siquiera, pero
aquella mañana debía permanecer alerta. Atento a cualquier mínimo cambio para poder estar
prevenido ante cualquier inconveniencia. Desde luego James no poseía su poder pero sí contaba con
una buena dosis de terquedad, algo que no debía tomarse a la ligera.
Una suave brisa comenzó a soplar y jugueteó con algunas hebras del negro cabello. Los primeros
rayos ya intentaban lamer el cielo, se giró para encararlos y enfrentar la batalla que estaba apunto de
comenzar.
Uno de los brillantes brazos del redondo y luminoso astro se abrió por fin paso hasta él. Un fuerte
latigazo en la espina dorsal, que le demudó el semblante, fue la primera señal de que todo
comenzaba. Después el cabello comenzó a retraerse, haciéndose cada vez más corto. Héctor rugió,
apretando los dientes y cerrando los puños con fuerza, se resistió a que James tomara posesión del
cuerpo.
-¡No! ¡No dejaré que lo hagas! –gritó Héctor.
-No puedes hacer nada –habló James por su misma boca- conozco tu nombre y ahora sé como
vencerte.
De nuevo otro latigazo de dolor lo hizo doblarse en dos, agarrándose los costados con fuerza. Todo
el cuerpo temblaba por el poder que las dos almas intentaban poner de manifiesto.
-Eres imbécil James, imbécil hasta extremos irrisorios. ¿Cómo crees que me vencerás? ¿Ayudado
por el poder de quién? ¿De Dios? ¡AAAhhhh! –gritó de nuevo, sentía como si le estuvieran
machacando la columna y atravesando el cerebro con una fina y larga aguja.
-¡Él me guiará y me dará fuerzas!
-¡Él no te quiere entre sus filas James, estás más loco de lo que pensaba! ¡Crees tus propias
mentiras! Piensa James, recuerda lo que eres en realidad. Sabes tan bien como yo que ya te repudió
una vez y no volverá a acogerte en su seno James ¡Jamás!
Por un momento pareció que Héctor había conseguido hacer entender a James algo que parecía no
querer admitir o que en su locura había olvidado. Pero tan sólo fue eso, un instante fugaz, pues un
nuevo ataque a sus entrañas le indicó que seguiría luchado.
-¡Tú eres el equivocado Héctor, o Laster, o como diablos te llames, Él es amor y como tal actúa! ¡Él
es el perdón! Él es la piedad y sabrá entender, verá en mis actos la bondad y comprenderá que se
equivocó para rectificar después. Soy un hombre de fe.
-¡Él se reserva su amor, su perdón y su piedad para la humanidad James! ¿es que no lo has visto a lo
largo de tantos siglos? –preguntó jadeante- ¿Tu andadura como inmortal no te ha enseñado nada?
¿O lo has olvidado? ¡Tú no eres humano James! No lo eres al igual que yo no lo soy. Tan solo eres
un pobre demonio trastornado. ¡No naciste James! ¡No tienes carne propia! Un maldito golpe del
destino quiso que ambos ocupáramos este cuerpo casi moribundo. ¡Eres tan depravado como yo,
con la diferencia de que yo sí sé quién soy!
-¡Mientes! –gritó James encolerizado.
Los espasmos musculares se acrecentaron, los rasgos faciales comenzaron a adquirir las
características que James quería en aquel físico tan maltratado a lo largo de los años. Notaba como
Héctor se revolvía con todas sus fuerzas intentando por todos los medios no dejarle paso.
-¡En el nombre de Dios, abandona este cuerpo y no vuelvas! –gritó James- ¡En el nombre de Dios,
abandona este cuerpo y no vuelvas! ¡En el nombre de Dios, ….! –intentó gritar de nuevo pero un
fuerte dolor le hizo tragar sus palabras.
Sintieron como si todo el cuerpo fuera atravesado por la brillante y ardiente luz del sol, lacerándolo,
quemándole hasta las mismísimas entrañas.
-¡Nooooooooooooooooooooooo!
EPÍLOGO
El despertador tocó a su hora. Un vistazo en el calendario le indicó que efectivamente era Domingo.
Después de una rápida ducha, se vistió y cubrió la ropa con una negra sotana. Miró su reloj de
pulsera. No había tiempo para un ligero bocado matutino. Debía darse prisa, sus feligreses le
esperaban.
El brillante sol le saludó cuando salió a la calle atestada de gente que se dedicaba a su descanso
dominical. Sonrió con placer y comenzó a caminar.
Había tenido que permanecer en cama durante unos días para poder recuperarse por completo del
tremendo encuentro de aquella dichosa mañana en la que por fin había tomado el control
definitivamente, y se sintió pletórico al poder disfrutar del paseo.
Tan solo unos pasos más y se encontraría a los pies de la escalinata de la pequeña Iglesia. Un
escalón tras otro, ascendió y penetró en la santa casa de Dios.
El suelo brillaba y reflejaba los finos rayos de sol que se filtraban por las cristaleras coloreadas
dando un ambiente casi festivo a la sala. A ambos lados del pasillo central los bancos de madera
tallados ya estaban ocupados por los asistentes a la eucaristía que le miraban disimuladamente
mientras avanzaba en silencio.
Tomó posesión del pulpito y dando unos leves toquecitos en el micrófono comenzó su discurso.
-Queridos hermanos, bienvenidos a esta vuestra humilde Iglesia. Comenzaremos esta fiesta católica
dominical tomando conocimiento de lo ocurrido los últimos días. Supongo que todos han echado en
falta la inestimable ayuda del padre James, afortunadamente él se encuentra ahora en profunda
meditación con Dios Nuestro Señor –habló mientras alzaba los ojos hacia arriba por unos instantes-.
Yo soy el padre Héctor y espero me ofrezcan el mismo cariño, amor, y amistad que a mi antecesor.
Por supuesto estaré muy contento de escucharlos, atender sus inquietudes y guiarlos lo mejor que
sepa. Las puertas de esta casa están abiertas para todos ustedes y aquellos que lo necesiten.
Héctor sonrió abiertamente al público que le miraba complacido.
-Y ahora, sin más dilación, les comunicaré que mi empeño y batalla personal para esta comunidad
será el llevar a buen término la relación con los jóvenes. Esos eternos descarriados que ofrecen sus
almas y sus cuerpos al demonio en el acto carnal, trayendo al mundo pequeños seres inocentes que
pagan por los actos de sus padres y madres. Por ello, estoy más que dispuesto a guiarles en las
tentaciones carnales.
Carnal. ¡Cómo le gustaba esa palabra tan llena de significado para unos y con tan poco para otros!
Sobre todo para James, un James que habiendo estudiado las escrituras no supo interpretarlas. Un
James que cometió el error de convertir en carne al demonio que compartía el cuerpo poseído. Un
brillo de feroz satisfacción asomó a sus ojos imaginando que nuevas formas de gozo les mostraría a
aquellos jóvenes.
Carpe Sexum. Carpe Noctem. Y ahora también Carpe Diem.
FIN

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