Conciencia muerta

PRÓLOGO
DIARIO DE JOHN LANYON. 7 DE NOVIEMBRE DE 2009.
VUELVO A MIRARLA. A través de la lente todo parece menos real,
la retina no recibe la frescura del aire y, aunque es casi imperceptible,
es posible notar una sutil diferencia en las tonalidades para unos ojos
entrenados como los míos.
Sentado en un banco a una distancia sufi ciente para evitar
ser descubierto, observo el ritual que celebra diariamente: bocadillo,
trago de agua, bocadillo, trago de agua, un par más y listo. Recoge
la botella ya vacía de contenido y la lanza al contenedor de reciclaje
como una buena samaritana. Los niños corretean a su alrededor,
incitándola a que se una a su juego. Sí, ¿por qué no? Ella accede con
risas y dulces miradas y, durante los minutos que restan para que
termine el recreo, se une a los saltos o carreras de los infantes. La sirena
del colegio da por terminada la media hora de descanso. Ayuda
a los más pequeños a formar una fi la ordenada y entran.
Ajusto el objetivo para aumentar la imagen antes de que se
pierda tras los muros de ladrillo. El rubio del cabello y el azul pacífi –
co de sus ojos almendrados, le dan la apariencia de un ángel terrestre
que hubiese venido para terminar con los males que azotan a la
Humanidad. Hasta llevaba el nombre de uno de ellos, un arcángel.
Pero nada más lejos de la realidad.
Conozco su secreto. El misterio que ni ella misma comprende.
Y aún así, desde la distancia, me siento profunda e irremediablemente
enamorado. ¡Que Dios me perdone!
Recojo despacio y metódicamente mis bártulos. Necesito descansar
unas horas, la noche llegará pronto y con ella el trabajo más
pesado. Debo estar vigilando su pequeño apartamento para asegurarme
que apaga las luces, contar los minutos precisos mientras espero
que el sueño la atrape y llevar a cabo el plan trazado.
Podría acelerarlo todo, arriesgar el trabajo de investigación y
seguimiento que he realizado y hacerme con ella durante el día.
No, no, eso sería una estupidez.
Repaso mentalmente y con deleite cada uno de los pasos. Es
mejor esperar a que duerma para dar el golpe, necesitaré unos minutos
antes de trasladarla para borrar mis huellas y prepararlo todo.
Desde su propio ordenador enviaré las notas necesarias para que no
la echen de menos.
Pronto, muy pronto, le revelaré algo que cambiará para siempre
la percepción de bondad que tiene de sí misma. Llenaré las lagunas
de su mente, las horas vacías, los minutos muertos de la conciencia.
Ella negará todo cuando surja de mis labios, llorará y suplicará
para que la libere. Seré su abogado del diablo y, aunque aún no sé si
lo conseguiré, trataré de ayudarla sin tener que llevarme su alma.
«Tendré cuidado», he musitado a la nada.
Todo está preparado con cautela y mesura, pero no puedo
dejar de sentir el nervioso hormigueo en la parte alta del vientre. Sé
que saldrá bien. Debe salir bien. Pero no puedo dejar que escape…,
otra vez.
CAPITULO 1
ANTES DE HACER LAS MANIOBRAS necesarias para aparcar
el coche en el patio trasero de la casa y justo a dos metros de la esquina,
mis traidores ojos volaron hasta su ciega fachada de frontón
triangular. La madera de la puerta, ahora restaurada y olvidados los
tiempos en los que se mostraba ajada y sombría, guardaba la estética
original sin aldaba ni campanilla, pero volvía a relucir bajo la luz de
los faros. Quizá fuera la anticipación por lo que me proponía realizar;
quizá el conocimiento de que una investigación, que había durado
décadas y se había llevado la vida de muchos, estaba por terminar; o
sólo quizá fue la visión del edifi cio; pero a aquellas altas horas nocturnas
y conociendo los acontecimientos relacionados con el lugar,
sentí cómo se me erizaran los vellos de la nuca.
Centrando mi atención de nuevo en lo que me traía entre manos,
aceleré lo necesario y giré el volante, acusando el doble bache
al entrar en el terreno ajardinado. No era momento de volver la vista
al pasado, sino de afrontar el presente con valor y determinación.
Tenía que salvarla.
Después de parar el motor, corrí hasta la puerta trasera de la
casa y la abrí antes de volver al coche para hacerme con el cuerpo
de Gabrielle y llevarla hasta la planta superior. La ascensión por los
escalones fue algo más problemático de lo calculado, pero logré alcanzar
el último sin que ella sufriera daño alguno. La dejé sobre la
cama que había preparado especialmente para ella muy despacio.
Cometí el error de mirarla y creí que mis piernas fl aqueaban al volver
al coche para recoger los bultos que había traído conmigo, después
de asegurar bien la cerradura de la celda.
Me encontraba ya de vuelta y sentado tras el escritorio que
había acomodado a unos metros de la jaula, cuando noté que había
abierto los ojos y me miraba intensamente, con una sonrisa torcida
en los labios.
—¿Señorita Utterson? —probé.
No contestó. Se limitó a seguir clavándome sus pupilas, sin
mover ni un milímetro la postura sobre el colchón. Me santigüé muy
afectado por aquella mirada cargada de un odio ancestral. Pasados
varios minutos, pareció decidir que necesitaba algo de ejercicio y se
levantó para pasearse a lo largo del espacio enrejado.
—Uno, dos, tres, cuatro y cinco —contó sus pasos ligeros y ágiles.
Giró sobre sus talones y volvió a contar—. Uno, dos, tres, cuatro
y cinco —suspiró, surgiendo de entre sus labios un rugido extraño y
se sentó de espaldas a mí—. ¿Crees que esto es digno de un Lanyon?
¿Raptar a una pobre chica de ciudad, una sencilla profesora con una
vida consagrada a enseñar modales a los pequeños y meterla entre
rejas? —negó con la cabeza—. ¿Sorprendido? ¡Sí, te he reconocido!
Todos tenéis facciones muy similares. Si el pobre doctor supiera en
lo que os habéis convertido…
—No he raptado a Gabrielle —me defendí.
—Claro —respondió arrastrando la palabra—, soy yo quien
te interesa, ¿no es así? Como a los demás que vinieron antes que tú,
justo después de la muerte de tu antepasado. Pero, cometieron errores.
Después de tantos años sin que me molestarais… ¿Cometerás tú
también alguno? —preguntó girando el rostro para ofrecerme una
sonrisa que pretendía ser amable, pero que por el contrario, resultó
más bien grotesca.
—Te he estudiado en profundidad.
—Por supuesto. Crees que lo sabes todo sobre mí.
—Y tú crees que podrás burlarme.
—¿Acaso no lo hecho durante años…, siglos?
—Aprendo de los errores.
—Encomiable
Volví a prestar atención a mis anotaciones, en ellos y del puño
de otro Lanyon muy lejano en el tiempo, se me advertía que no hablara
demasiado con el sujeto. Ese era uno de los graves errores que
había mencionado.
Ese ser, el que ocupaba el cuerpo de Gabrielle en ese momento,
era endiabladamente astuto. Había jugado en el pasado creando
la necesidad de saber, originando el deseo de profundizar en lo
desconocido y mis predecesores habían caído en la trampa oyendo
sus palabras. Yo no sería otro más en la interminable lista negra de
suicidios y asesinatos.
—Al menos veo que has sido más original que los otros —se
encogió de hombros mirando a su alrededor—. ¿Dónde han ido a
parar el espejo y el armario con puertas acristaladas y los seis cajones
interiores? Jamás se me hubiera ocurrido que alguno me trajera
a la casa de mi padre.
—No me tomes por idiota, él no fue tu padre. Henry Jekyll no
te creó. Sólo fue otra marioneta más en tus manos.
—¿Dudas de lo que cuenta la historia? —preguntó con los ojos
como platos. ¿Acaso le había sorprendido de verdad?
—Sé que la historia se contó como tú quisiste que fuera contada
—de nuevo su rostro cambió y me ofreció una sonrisa displicente—.
He de reconocer que actuaste de un modo muy inteligente.
Pero no contaste, en aquellos entonces, con los avances tecnológicos
que tendríamos en el futuro. Descubrí tu farsa gracias a ellos. Lo que
deberías preguntarte en lugar de dudar de mis conocimientos históricos,
es si también descubrí la forma de acabar contigo.
Pude comprobar cómo la duda hacía mella en su seguridad,
frunció el ceño y lanzando un último gruñido, se tumbó sobre el
colchón. En poco tiempo la respiración de la mujer fue regular. Se
había dormido.
Sonreí satisfecho. Había ganado el primer round, había conseguido
vencer el primer obstáculo, logré que sintiera miedo y que se
retirara. Tomé aire profundamente y volví a mis notas, era más que
probable que aquella noche no volviera a saber nada de él.
CAPITULO 2
EL GRITO DE LA MUJER pidiendo auxilio fue lo que me despertó
en las primeras horas de la mañana. Aunque era necesario aparecer
ante ella para calmarla lo antes posible, tuve que emplear un par de
minutos para vestirme adecuadamente. Ofrecerle una imagen correcta
era importante y conseguiría darle un poco de seguridad en
una situación tan compleja, ella no lo notaría pero su subconsciente
sí lo registraría y obraría en consecuencia.
—¡Socorro! ¡Ayúdenme! ¡Por favor! —gritaba a la vez que lloraba
cuando crucé la puerta que separaba las habitaciones.
—Cálmese —le dije sin alzar la voz—, cálmese, por favor.
—¿Quién es usted? ¿Por qué estoy aquí? —las lágrimas le surcaban
el rostro y, la locura temporal al verse encerrada en un sitio extraño,
demudaban su semblante. Aún así, la belleza de sus rasgos había
vuelto a ella en cuando volvió a ser dueña de sus pensamientos.
—Yo la traje.
—¿Por qué? ¿Qué quiere? ¿Qué pretende? ¡Si es dinero, sepa
que no lo tengo. ¡Se ha equivocado de persona! —los dedos con
los que rodeaba los barrotes habían perdido el tono rosado de la
carne.
—No quiero dinero.
—¡Oh, Dios mío! ¡Va a matarme! —aterrada caminó un par de
pasos hacia atrás, tropezando con la cama.
Me dolía el corazón al verla sufrir tanto, así que me apresuré
en contestar.
—No, no, no. Tampoco pienso hacer eso —negué con la cabeza
para imprimir más veracidad a mis palabras. Al menos intentaría
por todos los medios de que no fuera así, sólo que por el momento,
era mejor para ella no saber nada de ese tema.
—¡Me buscarán, notarán mi falta, llamarán a mi casa y no me
encontrarán! ¡La policía…!
—Ya me encargué de atar los cabos convenientemente. Su familia
piensa que está de viaje extraescolar y en su trabajo creen que
ha tenido que salir repentinamente a cuidar de su madre porque ha
caído enferma. ¿Ve?, incluso he traído la ropa que usted hubiera necesitado
en caso de realizar esos viajes —le hice notar la presencia
de las mochilas—. Nadie va a buscarla.
—¿Qué hago aquí?
—Si deja de gritar y se sienta, responderé a todas sus preguntas
—yo mismo hice lo propio y volví a pedírselo, esta vez señalándoselo
con la mano y de un modo cortés—. Se lo prometo.
Aún con renuencia se sentó sobre el colchón e intentó controlar
el hipo que le había producido la histeria momentánea.
—¿Tiene un pañuelo? —solicitó con la respiración presa
de la congoja y evitando que pudiera verle el rostro con evidente
embarazo.
—Por supuesto —extraje uno, de los cajones de mi escritorio
y me acerqué para ofrecérselo—. Aquí tiene.
Apenas si echó el vistazo necesario para localizar el tissue y
alargando la mano con temor se hizo con él sujetándolo con dos dedos,
evitando si quiera rozarme.
—Gracias.
Esperé el tiempo necesario a que se recompusiera, si es que
era posible teniendo en cuenta su situación. La comprendía perfectamente
y sabía la cantidad de horrores que pasaban por su mente
en ese momento; la angustia, el miedo y la tremenda impotencia que
la embargaban. Por eso, debía ser muy cuidadoso en lo que tenía que
explicarle. Lo más probable es que me tomara por loco, lo cual sería
aún peor para ambos. Necesitaba que confi ara en mí para que, después,
cuando llegara el momento de la verdad, colaborara conmigo
en todo lo que le pidiera. Sólo eso podría salvarla.
—Se llama usted Gabrielle C. Utterson, ¿verdad?
—Así es.
—Trabaja como pedagoga infantil en una escuela elemental.
Prácticamente dedica cada hora de sus días a ese trabajo, le gusta,
lo disfruta y se siente bien realizándolo; educando a los niños en la
ética, la moral, los modales…
—Sí.
—Todo en su vida ha sido perfecto. Es hija única de unos padres
amorosos y ha sido cuidada y mimada siempre. Usted se ha
benefi ciado de ello y a la vez ha ofrecido ayuda y amor a sus padres
en todo momento —hice una pausa y vi como asentía—. Hasta hace
aproximadamente…, seis meses.
»Empezó como vagos momentos de distracción en los que
perdía la conciencia de cuanto la rodeaba. No le dio demasiada importancia
atribuyéndolo al hecho de que trabajaba demasiado y se
tomó unos días de descanso para terminar con el estrés. Sin embargo,
no consiguió que esos lapsus temporales desaparecieran sino que
han ido a más. Generalmente ocurre de noche, cuando duerme. Se
ha dado cuenta que sus sueños se han vuelto extrañamente vívidos,
hasta el punto de despertarse alguna vez en lugares a los que jamás
se acercaría en caso de ser poseedora de sus actos.
—En mi familia hay casos de sonambulismo.
—Puede ser, pero usted jamás lo ha padecido. ¿Qué me dice sobre
sus pérdidas de conciencia repentinas mientras está despierta?
—¿Narcolepsia? —intentó—. ¡Oh Dios mío!, no lo sé —sollozó
hundiendo el rostro entre las manos.
—Si usted misma creyera que se trata de un trastorno del sueño
hubiera acudido a un especialista, sin embargo no lo ha hecho. Yo
sí sé qué le ocurre y puedo terminar con esa pesadilla.
—¿Y por eso me ha encerrado aquí? ¿Me ha sacado de mi
casa, drogándome y me mantiene presa en esta jaula? —acusó entre
lamentos.
—Cuando me deje explicarle la realidad de lo que le sucede
comprenderá que jamás hubiera venido conmigo por propia voluntad.
No puedo dejar que lo que usted padece siga prolongándose
en el tiempo como lleva ocurriendo desde hace siglos. Su cuerpo
encierra un mal, señorita Utterson, un mal que ha logrado burlar a
todos cuantos han tratado de terminar con él. Pero esta vez no tendrá
escapatoria, lo sé todo sobre él y he comprobado, esta misma
noche, que me teme.
Las emociones que traslucían los ojos de Gabrielle eran un torrente
constante de estupor, terror y dolorosa incapacidad por hacer
algo que la sacara de allí. Encogida sobre sí misma, apoyaba los codos
sobre sus propias rodillas mientras sujetaba ante ella el pañuelo
de papel.
—Es importante que me escuche y comprenda que no deseo
hacerle ningún daño, señorita Utterson. No soy un malhechor, pero
es necesario mantenerla encerrada pues nunca se sabe cuando…
—¿Cuándo qué?
—Trataré de explicarle lo que le ocurre, de la mejor forma
posible. Pero he de decirle que probablemente su primera reacción
será no creer ni una sola palabra hasta que le muestre las pruebas
evidentes de lo que le diré a continuación —me aclaré la garganta
antes de empezar—. Esta casa, donde nos encontramos, perteneció
a Henry Jekyll, Doctor en Medicina, Doctor en Derecho y miembro
de la Royal Society. A su muerte, acaecida en extrañas circunstancias,
la heredó Gabriel J. Utterson, de quien usted es descendiente.
—¿Por eso me ha traído aquí? ¿Pretende obligar a mi familia
a que se la venda?
—No, señorita Utterson, mis padres compraron esta casa a su
familia cuando yo escasamente había cumplido un año. Mi nombre
es John Lanyon, descendiente del Doctor Hastie Lanyon y colega a
su vez de ambas eminentes personalidades, el Doctor Jekyll y el señor
Utterson. Dígame una cosa, ¿conoce usted la historia de cómo
esta casa pasó a las manos del notario Utterson?
—No.
—Corría el siglo diecinueve cuando Henry Jekyll creyó haber
descubierto algo que cambiaría el curso de la humanidad; la separación
de lo que conocemos gracias a Freud como el «yo» y el «ello»,
el bien y el mal que habita en cada ser humano y que componen la
naturaleza del hombre, en dos entidades completamente distintas.
Como era un hombre, que a la luz pública, gustaba de ser un modelo
de seriedad y convencionalismo tal y como había sido educado
y que, sin embargo, poseía unos deseos ocultos e irrefrenables que
para la sociedad de aquel tiempo llegaban a ser vergonzantes, ante él
se elevaba la fabulosa posibilidad de la redención para la conciencia.
O como ya se citó en su confesión: «El injusto se iría por su camino,
libre de aspiraciones y de los remordimientos de su más austero gemelo;
y el justo podría continuar seguro y voluntarioso por el recto
camino en el que se complace, sin tenerse que cargar de vergüenzas
y remordimientos por culpa de su malvado socio». ¿Me sigue?
—Sí.
—Este cambio se producía injiriendo una poción realizada con
una mezcla de sustancias semejantes a la sal cristalizada y una tintura
líquida de color rojo sangre. Tras la ebullición del compuesto y
una vez adquiría el color verde acuoso adecuado, Jekyll la tomaba y
su alter-ego, Hyde, emergía de su cuerpo, sumiendo al primero en
la total inconsciencia.
Gabrielle notó el especial énfasis que puse en mis últimas
palabras y levantando el rostro me dijo: —Yo no he tomado nada,
ninguna pócima ni sustancia extraña, excepto la que usted me ha
administrado.
—Lo sé. Sólo trato de contarle lo sucedido en su versión pública,
la verdad es otra muy distinta. Pero déjeme continuar.
Ella asintió.
—Jekyll estaba extremadamente satisfecho con su descubrimiento.
Tanto que, como cualquier humano que descubre la panacea
de un mal, abusó demasiado. La malicia, encarnada en Hyde, cada
vez era más fuerte, cada vez más enérgica e impulsiva y actuaba con
la seguridad que ofrecía el anonimato, pues cuando la alarma del
peligro sonaba, sólo tenía que acudir a la pócima y volver a ser el
infl uyente, respetado e inocente Jekyll. El problema es que el buen
Doctor conocía de las andanzas de Hyde y comprobó tristemente
que el descubrimiento aunque magnífi co en sí mismo, en la práctica
no era completamente inocuo. Trató de frenarlo dejando de beber la
pócima, pero Hyde volvía, aun sin la toma, llevando su maldad hasta
el extremo y matando a un hombre, un miembro del Parlamento: Sir
Danvers Carew, de la forma más cruel y violenta. Sus transformaciones
cada vez eran más incontrolables y obligaban a su creador a
tomarlas con más asiduidad para tratar de mantener la forma original,
la imagen de Henry Jekyll, en lugar del asesino y buscado por la
justicia Edward Hyde.
»El compuesto original de sustancias que almacenaba llegaba
a su fi n y cual no fue su sorpresa al descubrir que las mezclas solicitadas
posteriormente no producían el efecto deseado. Fue entonces
cuando decidió que no podía seguir sosteniendo aquel gran secreto
que pesaba tanto sobre su alma y que tenía que hacer algo al respecto.
La idea del suicidio comenzó a rondar por su cabeza.
—¿Se mató?
—Así es. Pero antes de morir, una carta fue escrita para su
amigo y notario Utterson, el que encontró su cuerpo pocos segundos
después, junto con un nuevo testamento donde le legaba todas
sus propiedades.
—Pero lo que no entiendo es, ¿que tiene usted que ver con
todo esto? ¿Qué tengo que ver yo misma?
–Lo entenderá rápidamente. Como le he explicado, justo después
del asesinato, Henry Jekyll, quien conocía la autoría del crimen
por una nota que Hyde le había dejado y en la que además, afi rmaba
tener una vía de escape, ya se encontraba en una compleja situación.
Si al principio era necesaria la pócima para ser Hyde, en aquel momento
sucedía justo lo contrario. Este hecho le impedía moverse con
libertad tanto por la calle como en su propia casa y era de vital importancia
poder llegar hasta el laboratorio para obtener los elementos
que componían la fórmula. Así, una noche en la que su cuerpo mostraba
el físico de Hyde, envió una carta al doctor Hastie Lanyon, antes
un buen amigo, solicitándole un favor de vida o muerte. Lanyon,
actuó tanto por la curiosidad como por la imposibilidad de ignorar el
desespero que trasmitía la misiva de Jekyll, accediendo a cumplir con
lo que le pedía. Fue él mismo en persona a recoger el cajón donde se
guardaban las sales y la tintura, para llevarlas a su casa y entregarlas,
a media noche, a un individuo enviado por el doctor.
»Por supuesto y como ya imaginará, fue Hyde quien acudió en
busca del cajón y también quien escribió aquella desesperada carta,
su vía de escape como la había llamado, para tomar la pócima y volver
a aparecer como Jekyll.
»Mi antepasado murió una semana después aquejado de terribles
pesadillas que atormentaron su mente y la poca vida que le restaba.
La terrible visión de la transformación lo acosó hasta el último
aliento. Pero antes de morir, escribió una carta al notario Utterson
donde le explicaba todo lo sucedido. Lo que no es de dominio público
es que escribió otra más, una dirigida a su propia familia donde
solicitaba que no se perdiera el conocimiento que en ella exponía y
quién era el responsable de cuanto había ocurrido.
—Pero Hyde murió con Jekyll, su creador. Se suicidó, usted
lo ha dicho.
—Sí, he dicho que se suicidó, pero Hyde nunca fue la creación
Jekyll. Henry Jekyll jamás logró separar las dos conciencias del hombre.
Únicamente Hyde utilizó artimañas para hacérselo creer.
—¿Qué está queriendo decirme, John?
—Edward Hyde, según el nombre con el que lo bautizó Jekyll,
es lo que se conoce como un Ekimmu, un feroz espíritu sumerio.
Necesita ocupar un cuerpo vivo para existir y éste ha desarrollado la
facultad de trasladarse mediante el contacto, de ahí que sea necesario
que usted permanezca encerrada. Su nombre signifi ca literalmente
“lo que es arrebatado” y basta con que entre en una casa para producir
la muerte a todos sus habitantes si así se lo propone. Por eso
es necesario frenar su avance.
»En un principio, calculo que debía ocupar el cuerpo de alguno
de los ofi ciales del farmacéutico al que Jekyll encargó su fórmula y
vio en aquel medio una formidable manera de cambiar de anfi trión.
Así, cuando el doctor recogió los sobres que contenían las sales, se las
arregló para tocarlo y poseerlo. Fue muy hábil y paciente para darse
a conocer aparentando que Jekyll había logrado descubrir lo que
llevaba tantos años estudiando. Pero, como a todo diablo, le perdió
el disfrute y las libres correrías.
»Cuando, llegado el momento, la persona que había poseído
empezó a tener serios remordimientos y a pensar en el suicidio, realizó
el mismo ardid que ya le había salvado el pellejo una vez. Escribió
una carta, la carta que recibió tu antepasado, el notario Utterson, en
la que Jekyll confesaba cuanto había experimentado. Supo prever
la reacción de Utterson, que correría a ayudar a su amigo de tantos
años igual que Lanyon lo había hecho. De ese modo, antes de que el
corazón de Jekyll cesara de mantener el cuerpo vivo, pudo pasar a un
nuevo ocupante, heredando además todas las posesiones de éste.
»Hace ya décadas, hasta mí llegó la carta de mi antiguo familiar,
el mismo Hastie Lanyon así como las notas escritas por un puñado
de descendientes que trataron de terminar con el Ekimmu y
que murieron en el intento. No todos probaron, eso es cierto, es un
asunto que asusta y que muchos prefi rieron ignorar y creer que sólo
eran una sarta de mentiras. Ya sabes, una de esas oscuras historias de
familias antiguas. No obstante cumplieron con el cometido de hacerla
llegar al siguiente portador del apellido Lanyon.
»Así, ha ido saltando de tu familia a la mía durante años. Ahora
eres tú quien lo albergas en tu interior.
CAPITULO 3
NADA MÁS TERMINAR MI RELATO, Gabrielle se desplomó
hacia atrás sobre el colchón. Su cuerpo se convulsionó ligeramente
y volvió a incorporarse. Pero ya no eran los dulces ojos celestes de
la mujer los que me miraban. El rostro, antes bello y aún surcado de
lágrimas, ahora era el fi ero refl ejo de la maldad.
—Compruebo que has hecho los deberes, jovenzuelo —su voz
sibilante todavía llevaba impreso un ligero recuerdo del femenino
tono de Gabrielle.
—Así es. Ya te lo advertí. Yo también compruebo cierta difi cultad
en ti para hacer daño. Ya no haces padecer tanto a tus anfi triones,
¿quizá sea porque has perdido fuelle?
—La verdad es que me desagrada enormemente no hacerlo,
pero para ser sinceros, es la mejor forma de conseguir que el cuerpo
me dure más tiempo. Ya sabes…
—Sí, supongo que es un engorro tener que mudarse tan a menudo
—respondí sin sentimiento.
Hyde sonrió con humor, aunque aquella muestra de emoción
jamás conseguiría llegar a ser humana. La visión me produjo un escalofrío
que me recorrió la espina dorsal de arriba abajo.
—Y dime…, ¿cómo piensas terminar conmigo?
—¿De verdad crees que te lo voy a decir? Te creía más inteligente,
esa pregunta demuestra que no lo eres.
—No me culpes por intentarlo —se encogió de hombros—.
Está bien, ¿qué quieres? ¿Cuál es tu precio?
—No estoy en venta —respondí enfadado.
Un estruendo espantoso que pretendía ser la risa irrumpió en
la habitación.
—¡Todo el mundo tiene un precio! —Exclamó alzando los brazos
teatralmente para continuar empleando un tono de voz mucho
más bajo y atractivo a los oídos—. Todos los humanos, incluso aquel
con los valores más altos, tienen algún secreto escondido, algo que
desea, un anhelo silencioso que ni siquiera intenta llevar a la realidad
por temor o simple inhibición. Vamos, joven Lanyon, no me creo que
no pueda tentarte con nada.
Tratando de no demostrarle ningún sentimiento, resoplé audiblemente
y volví a mi mesa.
—Si no quieres escucharme a mí…, quizá sí a ella —comentó
provocándome—. Vamos mírame. ¿Sabe ella que en tu interior la
llamas por su nombre? Gabrielle. Qué bien suena, ¿verdad? Sé como
la observaste durante la noche mientras dormía, casi pude sentir el
olor de tu excitación —dijo ronroneando mientras pasaba las manos
por sus pechos con lascivia.
Sí, la deseaba. La deseaba tanto que me dolían las mismas
entrañas.
—Venga John, podrías tomarme, estoy dispuesta. Tú nunca
has sido un mojigato, ¿verdad? Ambos lo sabemos —se levantó agarrándose
a los barrotes—. Podrías hacer lo que quisieras conmigo,
gozarme hasta quedar exhausto y nadie lo sabría. Dar rienda suelta
a tus instintos— ofreció abriendo las piernas y levantándose el fi no
jersey que la cubría para tirar del sujetador y descubrir los senos.
La imagen de su piel me tentó hasta sentir que mi cuerpo ardía
por la necesidad de tocarla. Cuántas veces la había soñado. Cerré
las manos en un puño y bajé la cabeza; avergonzado, reprimiendo la
fuerte atracción y utilizando toda mi voluntad en ello. La excitación
era tal que dolía.
—John…, ven a mí. Te necesito —murmuró y esta vez, la voz
que usó era tan parecida a la real…— ¿Cómo puedes hacerme sufrir
así?— jadeó antes de volver a hablar retomando el tono más duro
de Hyde y consiguiendo que la mirara—. Vamos John, tengo a esta
muñequita caliente y húmeda sólo para ti—. ¡Dios, había metido la
mano bajo sus braguitas y…!
¡No!, no podía dejar que hiciera eso con ella. Abrí el cajón donde
guardaba una jeringuilla con tranquilizante.
—¡Basta! —grité—. ¡Basta, hijo de puta! ¡No la toques!
—Vamos, para poder usar eso tendrás que acercarte y ambos
sabemos que no tienes agallas para hacerlo. Perderías tu gran
oportunidad.
—Tienes razón, pero si me marcho de la habitación tus dardos
tampoco podrán dar en diana —y dicho esto, me marché cerrando
la puerta con fuerza.
CAPITULO 4
YA EN LA ESTANCIA CONTIGUA caí de rodillas frente a la
imagen del Cristo. <<¡Perdóname!>> Recé por la salvación de mi
alma y la de Gabrielle. Recé suplicando el valor necesario para continuar
con la difi cultosa empresa que el Señor me había encomendado.
<<Escucha mis plegarias>>. Lloré amargamente pues sabía
que mi voluntad fl aqueaba, me había enamorado de ella y el señor
no admitiría tal ofensa. Había pecado de soberbia al creer que podría
salvaguardar mi alma.
Cuando al fi n logré serenarme, varias horas después, cuando
ya el día había pasado y la oscuridad volvía a reinar en la tierra, tomé
la decisión más difícil pero acertada de mi vida. Colgaría los votos,
pero antes, terminaría con lo que había empezado. Era necesario.
Preparé todo sobre una bandeja y cargué con el desfi brilador
externo. En última instancia, volví para tomar entre las manos la palabra
de Dios y no pude reprimir acariciar sus lomos, desgastados
por el uso y los años, con una mezcla de cariño y gran tristeza.
Al entrar en la habitación, encontré de nuevo la hermosa pero
apagada mirada de Gabrielle. El desconsuelo se encontraba instalado
en su semblante como un pesado velo negro que, sin embargo, no
lograba ocultar del todo la belleza angelical de la mujer.
—Le he traído algo de comer —dije mostrándole el bocadillo
y una botella de agua, poca abundancia para una última cena—, aléjese
un poco y se lo dejaré dónde pueda alcanzarlo.
Me fue imposible no contemplar una vez más, cómo daba
buena cuenta de la comida, tal como había hecho tantas veces durante
los últimos meses. Pero la situación era muy distinta e incluso
sus movimientos, destilaban la pesadumbre que sentía crecer en su
interior.
—Debo, antes de explicarle lo que he de hacer, mostrarle el
video donde podrá comprobar la veracidad de mis palabras —dije
una vez hubo terminado de comer y, como si del verso de un hechizo
se tratara, Gabrielle buscó con los ojos la ubicación de la cámara
—. Está allí —señalé el minúsculo piloto rojo—. La conectaré a mi
portátil y podrá verlo y oírlo todo.
—Ha vuelto a ocurrir, ¿verdad? Volví a perder la noción de la
realidad.
—Así es.
—Tengo miedo. No sé si quiero verlo.
—Es preciso que lo haga señorita Utterson…
—Llámeme Gabrielle, por favor.
—Está bien…, Gabrielle. Debe verlo, es necesario para que
comprenda la complejidad de este problema que tiene que ser erradicado.
Necesito de su confi anza y total colaboración en esto.
Conecté la cámara y la puse a reproducir desde el principio
para mostrarle lo que ocurrió nada más llegar a la casa: cómo ese espíritu
maléfi co ya había hablado por ella antes de que pudiera tener
conciencia de dónde se encontraba. La sorpresa y horror en su rostro
me demostró a las claras que no sería necesario que viera cómo,
en las últimas horas, el monstruo había abusado de ella de aquella
abominable forma, no era preciso avergonzarla. Suspiré aliviado y
paré el video antes de que pudiera ser testigo de ello.
—¿Qué tengo que hacer? —Las lágrimas volvían a correr por
sus mejillas.
—Lo primero; confi ar en mí. No se preocupe por nada, cuando
todo esto acabe abriré esa celda y volverá a ser libre de hacer lo
que desee. Pero no puedo prometerle que será fácil.
—No, supongo que no.
—Debo… —titubeé—. Tengo que inducirle un coma para terminar
con él administrando la extremaunción. Después la reanimaré
—añadí rápidamente enseñándole el desfibrilador
El llanto se volvió más desconsolado y doloroso.
—¿Y si no lo consigue? ¿Y si muero?
—Eso no pasará, se lo prometo.
—¿Es usted médico? ¿Cómo puede asegurármelo?
—No soy médico. Soy sacerdote, pero sé manejar este aparato,
lo he hecho otras veces ayudando como auxiliar en accidentes.
—¡Dios mío! —exclamó con intensa angustia.
—Dios no permitirá que muera. Y yo tampoco.
—¡No! ¡No quiero hacerlo! ¡No voy a hacerlo! —gritó presa
del histerismo, revelándose.
—No lo entiende, Gabrielle —dije sufriendo en mi interior lo
mismo que ella sentía—. Si no lo hace, morirá en un par de meses
con toda seguridad. El Ekimmu agota su cuerpo, consume sus energías,
su salud.
Pasé las manos por mi rostro con fuerza, reprimiendo el deseo
de sacarla de allí y consolarla, tomarle la mano y darle mi palabra de
que no pasaría nada, proporcionarle el apoyo que exigía la situación.
Los humanos estábamos habituados a la cercanía. El contacto, una
caricia, una palmada de amigo en el hombro, era mucho más importante
de lo que creíamos. Y el Ekimmu lo sabía.
Caminé hasta donde era seguro para ambos.
—No sé qué puedo hacer o decirle para que sepa que estoy
de su lado. Comprendo perfectamente lo que siente, Gabrielle, pero
únicamente puedo asegurarle que no dejaré que sufra ningún mal por
nada del mundo. Yo… —nuestras miradas se cruzaron—. Como ya
habrá imaginado llevo mucho tiempo observándola. He tenido que
hacerlo para asegurarme que no me equivocaba de persona. Y en ese
tiempo Gabrielle, la he conocido como persona.
»Cuando tomé los votos lo hice como alguien que había perdido
la fe en la humanidad y buscaba algo más alto que pudiera devolverme
parte de esa esperanza. No me arrepiento. El sacerdocio me
ha dado muchas satisfacciones además de ofrecerme la oportunidad
de adquirir los conocimientos que ahora necesitaré para ayudarla. Y
también, la ha puesto en mi camino. Nunca estaré lo sufi cientemente
agradecido por esto.
—¿Qué…? ¿Qué está intentando decirme? —Gabrielle se había
secado las lágrimas con el dorso de la mano y me miraba con
aquella dulzura de la que sólo ella era capaz de ofrecer.
—Que la amo, Gabrielle. Ha sido usted la que me ha devuelto
las ganas de creer en las personas. Usted, con sus actos y su bondad,
es la responsable de que vuelva a pensar en que el mundo tiene una
oportunidad. Usted, Gabrielle, es el ángel piadoso que se preocupa
por el bienestar de cuantos la rodean sin importarle nada más.
Déjeme ser yo ahora quien la cuide. Si de algo estoy seguro, es que
daría mi vida por la suya si fuera necesario.
Ella se levantó en silencio, mirándome con valor y resolución.
Creía en mí, pude verlo en sus ojos, en su alma.
Di las gracias a Dios misericordioso interiormente y colocándome
los guantes de látex, cogí la jeringuilla que la llevaría a las puertas
de la muerte mientras rezaba un padre nuestro. La última oración
que formularía como hombre de Dios.
Se acercó a los barrotes para facilitarme la tarea, sabía que no
podía tocarla, no antes de terminar con el aberrante espíritu que la
poseía.
Cuando ya el líquido terminaba de entrar en su torrente sanguíneo
sus ojos cambiaron.
—¡No dejaré que termines conmigo tan fácilmente! —prorrumpió
con ira la voz del Ekimmu, tocando mi mano.
—Sí. Lo harás —dije mientras me retiraba y él comprobaba
aterrado que no había conseguido realizar la transmutación pues mi
piel estaba cubierta y protegida por el guante.
Con los ojos muy abiertos se agarró el cuello e intentó herirla,
pero el cuerpo ya respondía al agente inyectado. Pasados pocos minutos
cayó sobre el colchón completamente laso, casi inerte.
Sólo entonces, tomé la estola para posarla sobre mis hombros
como tantas veces había hecho y la copa de plata que contenía el
agua bendita para acercarme a ella.
Debía darle reposo al alma maldita para que pudiera abandonar
este mundo, cruzara las puertas del cielo y encontrar la paz.
—In nomine Patris et Fillii et Spiritus Sancti…
EPILOGO
DIARIO DE GRABRIELLE C. UTTERSON. 7 DE NOVIEMBRE DE 2012
LO MIRO, SONRÍO Y VUELVO A MIRARLO. Enfoco bien y la
lente se acerca para capturar la hermosa imagen. No puedo creer
que hayan pasado tres años tan rápidamente. John sonríe, toma la
pequeña manita de Henry y presiono el botón. El temporizador empieza
su cuenta atrás.
Corro al brazo libre, alzado con una promesa de cobijo eterno.
Lanzo un beso a nuestro hijo y acaricio al padre.
Todo está bien. Miro al cielo mientras John deja al bebé sobre
su cuna. Me abraza y me siento segura y fuerte, capaz de enfrentar
cualquier contratiempo.
Me muestra la pantalla donde puede verse la fotografía tomada.
La fachada ciega de frontón triangular y, bajo ella, una familia.
Mi familia.
Revuelvo el pelo de mi esposo y le dedico una sonrisa de esas
que tanto le gustan. Ya he dejado de preguntarme qué hubiera sido
de mí si él no me hubiera encontrado, si no me hubiera liberado de
aquella conciencia muerta.
Le amo, el me ama. Todo está bien.
Jezz Burning

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